Fue esperanzador, consolador y grato compartir bonhomía con un millón de
personas. El cuatro de junio de 2005 en la manifestación que acompañó a
las víctimas del terrorismo, se respiraba honradez por todos los poros.
Hubo gente, mucha gente de bien, de la que llamamos buena gente. Entre
esa interminable marea humana de personas uno sentía que estaba entre lo
más granado de la sociedad.
Había personas de todas las procedencias de España- por cierto muchos
catalanes-; había víctimas del atentado del 11M, como Laura Jiménez que
compartía cabecera con Irene Villa o Ángeles Domínguez, presidenta de la
Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11M, junto con victimas de
atentados de ETA; y ¿por qué, no decirlo? buena gente procedentes de
todas las ideologías. Si, si, no se me escapa que pueda extrañar esta
última idea, pero esto es lo que ví, esto es lo que viví.
Todas esas personas dijeron alto y claro dos cosas. La primera de ella,
fue poner de manifiesto que la sociedad civil no puede ser secuestrada
ni debe estar maniatada. La segunda de ellas, fue dejar nítido, como el
agua, que esta misma sociedad civil no quiere ser chantajeada por ETA y
que la paz no se subasta.
Estarán conmigo que a nadie sensato, por muy dialogante que sea, se le
ocurriría proponer negociar con los violadores para que dejen de violar
o, por ejemplo preguntarse, ¿por qué no negociamos con aquellos que
maltratan a sus compañeras para que dejen de hacerlo, o lo que es más
laxo, si muestran la voluntad de no volverlo a hacerlo?.
El cuatro de junio en Madrid, se respiró honradez, se percibió
altruismo, saltó a la vista la magnanimidad, se olió la nobleza, se
anheló la integridad y en definitiva se pidió que se llevara a la
práctica la reflexión de Confucio “Gobernar significa rectificar”.
Publicado en: 2005-6-15