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Me acerqué a
la Plaza de la República Dominicana -lugar donde De Juana asesinó a 12
personas- para agregar mi pequeño grano de arena al espontáneo homenaje
que los españoles estamos rindiendo a las victimas del terrorismo.
Mientras colocaba mi ramo de flores -lo cual era francamente difícil, ya
que no cabía ni un alfiler-, observaba el incesante goteo de personas
que de alguna manera u otra, honraban la memoria de las victimas. Unos
ponían unas flores, otros encendían velas, muchos, con serena
indignación, rodean el espontáneo monumento, leyendo los carteles y
comentándolos entre ellos. Entre todos, se estaba, en vivo, configurando
un monumento, acicalado cordialmente, por esa multitud de personas
anónimas.
Estando yo allí, observé a un señor que rodeaba con armoniosa
periodicidad el parterre e iba cuidando que las velas no quemasen las
flores, enderezando los carteles caídos y, en definitiva, estaba atento
a todo lo que allí acontecía. Visto desde fuera, parecía tener como
misión vigilar el buen mantenimiento y disposición de las cosas.
Entablé conversación con él, le comenté que había ido a dejar flores y
lo entrañable que me resultaba este monumento que los ciudadanos de
Madrid estábamos construyendo, y aún más entrañable me resultaba la
peregrinación continua que el mismo estaba concitando.
Y.. usted ¿Ha venido a dejar sus flores?, le pregunté. ¡No hija no!,
vengo dos veces al día, a velar por la dignidad.
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