Terraza 

Inmaculada Sánchez Ramos 

Me asomo a mi angosta terraza en la que tengo una suerte de pequeño y mediterráneo  jardín y, en el silencio de la misma, a la hora de la siesta, a la hora de la calma chicha, cuando la lengua se pega al paladar, con el regusto de recién comido, cuando la somnolencia nos domina y nos mece dulcemente, cierro los ojos y recuerdo con toda nitidez episodios concretos, muy concretos, de mi niñez.

 

Con el olor a jazmín me llega a la memoria el recuerdo infantil de la fabricación de colonia. Colonia que procurábamos elaborar mi hermana y yo y que nunca conseguimos llevar a  cabo, pero con renovada energía lo intentábamos de continuo. Recortábamos, del jazmín de la entrada, o mejor dicho, arrancábamos torpemente, sus flores que sumergíamos en alcohol dentro de un bote de cristal.  Escondíamos este mejunje y al cabo de unos días aquello desprendía un hedor insoportable. Y vuelta a empezar, nunca lo conseguimos. No recuerdo quién fue quien nos dijo que este era el método que nunca fructificó, si bien la actividad nos sirvió para matar muchas horas del estío.

 

Girando un poco la cabeza me tropiezo con el aroma a azahar, fresco y limpio, profundo y penetrante.  Aroma éste que no era propio de mi lugar de veraneo, Requena, si bien me recuerda a las excursiones que hacíamos a la playa, para todo el día, sí sí, para todo el día. Aquello si que era una movida, cargábamos los coches como si nos fuéramos a la guerra, bocatas, la nevera de hielo con bebidas, los salvavidas, los cubos y las palas para hacer castillos. Íbamos en el coche, con las ventanillas abiertas por las que penetraba este olor profundo peculiar y muy característico de los naranjos. Olor que se entreveraba con el del mar, el del salitre y la brea. En el camino siempre había alguno que se mareaba, y el viaje era, como decirlo, el pollo padre, los setenta kilómetros a los chiquillos se  nos hacían eternos. ¡Por fin llegábamos! y comíamos y nos empachábamos a jugar, a bañarnos hasta salir arrugados,  bajo una luz intensa y digna del mejor de los cuadros de Sorolla, y la imaginación vagaba mientras construíamos castillos de arena a modo de torres sarracenas, por otro lado, tan propias del lugar. Y volvíamos de regresos a casa con arena y sal hasta  los tuétanos, con la piel reseca, agotados de todo un día de actividad frenética. Cuando llegábamos nos bañaban y, la verdad, se agradecía, nos ponían guapos, para estar con los mismos primos que habíamos estado todo el, día y jugábamos en el jardín con ese tan característico e inolvidable, para mí, aroma a boj. Arbusto de boj que, naturalmente, nunca falta en mi angosta y mediterránea terraza.       

 

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