{"id":94,"date":"2005-02-23T10:23:25","date_gmt":"2005-02-23T09:23:25","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/?p=94"},"modified":"2018-02-09T13:44:27","modified_gmt":"2018-02-09T12:44:27","slug":"58-domingo-por-la-tarde","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/?p=94","title":{"rendered":"58. Domingo por la tarde"},"content":{"rendered":"<div class=\"pdfprnt-buttons pdfprnt-buttons-post pdfprnt-top-right\"><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F94&print=pdf\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-pdf\" target=\"_blank\" ><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/canal-literatura.com\/certamen\/wp\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/pdf.png\" alt=\"image_pdf\" title=\"Ver PDF\" \/><\/a><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F94&print=print\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-print\" target=\"_blank\" ><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/canal-literatura.com\/certamen\/wp\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/print.png\" alt=\"image_print\" title=\"Imprimir contenido\" \/><\/a><\/div><p style=\"text-align: justify;\">Domingo por la tarde. Ella sentada en su sill\u00f3n favorito, un gran sill\u00f3n orejero que permanece paciente, siempre a la espera de que ella se acople en \u00e9l con desparpajo, con el descaro de sentarse de la manera menos ortodoxa,<!--more--> de medio lado, con la cabeza apoyada en una de sus grandes orejas, las piernas colgando de un brazo y la espalda a medio camino, en ese hueco que queda entre el brazo contrario y el respaldo almohadillado. Ella anidada all\u00ed, sintiendo el abrazo del gran sill\u00f3n que no dejar\u00e1 que se marche hasta pasado un buen rato, hasta que haya conseguido impregnarse de su esencia lo suficiente para poder esperar sin dolor, lleno de ella, a que llegue el pr\u00f3ximo domingo en que quiera volver a cobijarse entre sus brazos.<br \/>\nAll\u00ed reposa, con un libro en una mano y una copa de ron en la otra, mientras el aire se llena de palabras pronunciadas en otro idioma, tan conocido por ella, de rimas portuguesas cantadas por una voz melodiosa y dulce al ritmo de bossa nova. La sensualidad de la m\u00fasica y el tintineo espont\u00e1neo y alternativo de los cubitos de hielo al chocar, acallan el leve sonido del viento y la lluvia al otro lado de los cristales, que s\u00f3lo filtran la justa cantidad de luz gris\u00e1cea para poder leer.<br \/>\nS\u00f3lo de cuando en cuando aparta su mirada so\u00f1adora y nost\u00e1lgica de esas p\u00e1ginas para beber un poco, esa mirada que s\u00f3lo pueden tener los que sue\u00f1an recordando cosas que nunca sucedieron para los dem\u00e1s, pero que siempre suceden detr\u00e1s de sus ojos. Es cuando se produce el milagro del beso, un beso con sabor a ron, cuando sus labios se abren para albergar el borde del vaso y las papilas de su lengua se llenan del sabor dulz\u00f3n del l\u00edquido que inunda su boca, sintiendo el contraste del fuego del alcohol traspasando su garganta y el fr\u00edo del hielo que choca accidentalmente con sus dientes. Entonces cierra sus ojos y se deja llevar por esa sensaci\u00f3n casi prohibida en la que, por unos segundos, su cuerpo se rinde al juego er\u00f3tico de ser pose\u00edda por un elemento ajeno. Y le gusta, y se gusta, y se regodea en el placer.<br \/>\nElla no lo sabe, pero todas las cosas la aman. Mientras permanece all\u00ed, leyendo con la inocencia de la ignorancia, cualquier cosa matar\u00eda por ser sill\u00f3n, o libro, o vaso, para que ella la tocara, la mirara, la besara. Incluso afuera, la lluvia quiere estar m\u00e1s cerca de ella, y cientos de gotas suicidas se aplastan contra el cristal con la \u00faltima ilusi\u00f3n de mirarla desde una posici\u00f3n privilegiada, mientras resbalan cayendo en lenta agon\u00eda con el \u00fanico triunfo de contemplarla durante unos segundos antes de desaparecer. Las que son capaces de esperar el momento oportuno, se lanzan en connivencia con el viento s\u00f3lo en esos instantes en los que ella bebe, provocando una lluvia de gotas kamikazes que chorrean sobre el cristal al ver el brillo de sus labios humedecidos, y ya no se deslizan, se derriten si la suerte quiere que antes de llegar a su fin su lengua aparezca fugazmente en un relamido casual. Entonces, sobre el cristal mojado, se evaporan en un suspiro sabiendo que no hay mejor manera de morir.<br \/>\nNo, no lo sabe, pero a su alrededor todas las cosas est\u00e1n pendientes de ella, tan concentradas que nada se atrever\u00eda a moverse ni a producir sonido alguno que pueda romper esa estampa perfecta, que ninguna tendr\u00eda la osad\u00eda de quebrar el encanto que se produce cuando ella entra en la habitaci\u00f3n. Y as\u00ed permanecen todo el tiempo, inmutables, atentas a la brisa embriagadora que provoca el balanceo de su mano al pasar de p\u00e1gina, a la suavidad de sus dedos enred\u00e1ndose en su cabello, a su mirada fija en el papel, a la s\u00faplica de que levante su vista y se pose en alguna de ellas. Inalterables, incluso el cristal de la ventana que soporta estoicamente el fr\u00edo y la humedad, empapado hasta los huesos, procur\u00e1ndole la luz que necesitan sus ojos, protegi\u00e9ndola del viento y la lluvia, esperanzado de que, al menos por unos segundos, sus dedos dejen de juguetear con su pelo y se posen en \u00e9l acarici\u00e1ndole con las yemas, y dejar de sentir as\u00ed la crudeza de estar a la intemperie. O quiz\u00e1 sean sus ojos, quiz\u00e1 ella en alg\u00fan momento inesperado quiera mirar a su trav\u00e9s, si la tormenta consigue con estruendoso descaro llamar su atenci\u00f3n. Ah\u00ed permanece, como todas las cosas, pero tal vez sufriendo m\u00e1s, tan fr\u00edo y mojado, aguantando la respiraci\u00f3n con la sola esperanza de que la casualidad haga realidad el anhelado deseo de que ella quiera tocarle con sus dedos o atravesarle con su mirada.<br \/>\nNada puede, nada quiere romper el influjo, la magia que surge con su estancia solitaria e \u00edntima en la habitaci\u00f3n. S\u00f3lo ella. Y es cuando ella empieza a moverse m\u00e1s de lo normal, cuando se aparece inquieta e inc\u00f3moda por estar tanto tiempo quieta, sentada en el mismo sitio, cuando todas las cosas aparentemente inertes se ponen a temblar, sabedoras de que ha llegado la hora. La luz que entra por la ventana es ahora tan tenue que apenas se puede ver algo sin forzar mucho la vista. Se acab\u00f3 la copa de ron, y el libro ya no resulta interesante para sus ojos cansados. Todas las cosas que est\u00e1n entre esas cuatro paredes saben que es cuesti\u00f3n de segundos que ella se levante y, aunque quisieran pedirle a gritos que no se fuera, no pueden hacer nada por evitarlo. Ella es tan libre que ni siquiera sospecha que algo pueda depender de su propia existencia, que esas cosas existen porque ella es y existe. Nunca podr\u00eda imaginar que toda la habitaci\u00f3n queda en vilo al m\u00e1s m\u00ednimo amago suyo de salir de all\u00ed. Y, cuando por fin se levanta, todos sus gestos, todos sus movimientos, el parpadeo m\u00e1s breve, es observado en silencio, minuciosamente, con tristeza, pero con adoraci\u00f3n, por todas y cada una de las cosas que habitan all\u00ed y que, por nada del mundo, podr\u00edan perderse los \u00faltimos momentos que ella les regala antes de marchar. Y es en su andar de puntillas de sus pies descalzos donde la alfombra encuentra consuelo, llev\u00e1ndola casi en volandas para que no sienta el fr\u00edo y la dureza del suelo. Y se tapa los ojos para no ver m\u00e1s all\u00e1 de sus piernas, sonroj\u00e1ndose por el sentimiento de culpabilidad que le producen esos pensamientos con tintes obscenos que fluyen siempre al sentir la caricia de sus pasos, la suavidad de sus pies desnudos al hundirse en ella mientras camina. De hecho todos cierran los ojos para intentar sentir con mayor intensidad el aire sutil que desprende con su movimiento, un aire perfumado con la esencia de cada poro de su piel. Y algunos creen volar, levantarse de donde est\u00e1n posados llevados por esa ligera y casi imperceptible brisa. Y otros derraman l\u00e1grimas, como el reloj, que siente la impotencia de no haber podido retenerla un poco m\u00e1s a pesar de haber hecho trampas con su tic-tac de m\u00e1s de un segundo, ama\u00f1ando as\u00ed el transcurso del tiempo, haci\u00e9ndolo mucho m\u00e1s lento. Y la ven alejarse, subir cada pelda\u00f1o, m\u00e1s bella a\u00fan en movimiento, m\u00e1s deseable a\u00fan cuando se va. Y aunque ella no pueda o\u00edrlo, todas y cada una de las cosas que est\u00e1n ah\u00ed, algunas aparentemente in\u00fatiles, todas aparentemente sin vida, susurran mientras la ven alejarse: \u201cte amo\u201d, \u201cte amo\u201d, \u201cte amo\u201d&#8230;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Domingo por la tarde. 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