{"id":163,"date":"2005-03-04T16:05:17","date_gmt":"2005-03-04T15:05:17","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/?p=163"},"modified":"2018-02-09T00:42:59","modified_gmt":"2018-02-08T23:42:59","slug":"122-sabados-de-ida-y-vuelta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/?p=163","title":{"rendered":"122. S\u00e1bados de ida y vuelta"},"content":{"rendered":"<div class=\"pdfprnt-buttons pdfprnt-buttons-post pdfprnt-top-right\"><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F163&print=pdf\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-pdf\" target=\"_blank\" ><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/canal-literatura.com\/certamen\/wp\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/pdf.png\" alt=\"image_pdf\" title=\"Ver PDF\" \/><\/a><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F163&print=print\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-print\" target=\"_blank\" ><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/canal-literatura.com\/certamen\/wp\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/print.png\" alt=\"image_print\" title=\"Imprimir contenido\" \/><\/a><\/div><p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Entr\u00f3 al supermercado, como otros s\u00e1bados, ya avanzada la tarde, y respir\u00f3 con placer el fresco aire climatizado que la envolvi\u00f3 desde su ingreso al gigantesco edificio. Tom\u00f3 un carro de los m\u00e1s grandes y dud\u00f3 si le alcanzar\u00eda para toda la mercader\u00eda, porque har\u00eda compras para una semana entera.<!--more--> Los ni\u00f1os estaban con el padre en el club y no le causar\u00edan problemas, como aquella vez que Tom\u00e1s rompi\u00f3 los frascos de dulce, o cuando se extravi\u00f3 Pamela, o el desparramo de frutas rodando por el piso que causo Facundo.Comenz\u00f3 a recorrer las g\u00f3ndolas con tranquilidad, como si se tratara de un paseo y, como al descuido, colocaba los productos envasados en el carrito. \u201cTres de at\u00fan&#8230; dos de pulpos&#8230; pat\u00e9 de ganso&#8230; champi\u00f1ones&#8230; los palmitos para Augusto&#8230; \u00bfd\u00f3nde est\u00e1 la salsa golf?&#8230; algunas sopas instant\u00e1neas&#8230; las cajas de cereales importados para los chicos, los M\u00fcslix&#8230; \u00a1\u00bfpara qu\u00e9 carajo le pondr\u00e1n di\u00e9resis a las palabras?!\u201d, murmur\u00f3 irritada, y estruj\u00f3 con fuerza una caja y la dej\u00f3 en el estante. Sigui\u00f3 recorriendo. Tomaba los productos y los observaba haciendo girar la mano, como quien examina la superficie de una manzana antes de morderla y, si les daba el visto bueno, los colocaba en el canasto sin prestar atenci\u00f3n al precio.<br \/>\nEn el puesto de pescados, mientras calculaba la capacidad del freezer para hacer el pedido de pejerreyes, salmones y mariscos, ante la mirada expectante del vendedor, record\u00f3 los otros pescados, los que com\u00eda cuando viv\u00eda junto al r\u00edo; all\u00ed s\u00f3lo pod\u00eda aspirar a bagres, s\u00e1balos o, en el mejor de los casos, alguna boga, que com\u00edan pese a las advertencias del gobierno sobre la poluci\u00f3n de esas aguas. Hizo la compra sin contemplar las cantidades, casi con apuro, como para tapar el recuerdo, y pidi\u00f3 que lo enviaran directamente a la caja en el momento de abonar, para que no perdiera fr\u00edo. Pas\u00f3 al sector l\u00e1cteo y arras\u00f3, casi indiscriminadamente, con distintos tipos de quesos, varios litros de yogur y leche vitaminizada, flanes, postres, manteca y margarina. Poco despu\u00e9s, cuando coloc\u00f3 las cajas de dulces y las mermeladas, comenz\u00f3 a preocuparse por acomodar bien la mercader\u00eda, porque ya hab\u00eda cargado m\u00e1s de la mitad del carrito y todav\u00eda le faltaba pasar por la panader\u00eda, elegir los vinos, carnes, pastas, fiambres, art\u00edculos de limpieza y perfumer\u00eda y regalos para los ni\u00f1os y Augusto. Nada deb\u00eda faltar en su hogar; nunca m\u00e1s privaciones, pens\u00f3, y esa vez no pudo evitar que regresara la imagen de El Tortuga, con sus veintid\u00f3s a\u00f1os, m\u00e1s de una d\u00e9cada atr\u00e1s, y la suya, cuando pese a su apellido espa\u00f1ol era La Gringa -apodo t\u00edpico para las rubias naturales de cualquier origen en los barrios suburbanos poblados de morochos criollos o inmigrantes de pa\u00edses vecinos-, bes\u00e1ndose a la salida del colegio nocturno, poco antes de su inicio sexual, que se dio en un bald\u00edo durante el festejo del A\u00f1o Nuevo; y el casamiento de apuro a fines de ese verano en que no se present\u00f3 a ninguno de los ex\u00e1menes de las materias que adeudaba del cuarto a\u00f1o y que marc\u00f3 el fin de los sue\u00f1os de amor y grandeza que desde peque\u00f1a le hab\u00edan alentado las telenovelas de la tarde y la pila de revistas de actualidad que dej\u00f3 en su cuarto, al que nunca volvi\u00f3 tras el reproche y la dura pelea con sus padres, que no fueron al casamiento, y a quienes asegur\u00f3, al alejarse definitivamente del hogar, que triunfar\u00eda en la vida y nunca regresar\u00eda al humilde barrio. Y nunca lo hizo: Luego de convivir con sus suegros hasta poco despu\u00e9s del inevitable aborto espont\u00e1neo, cuando ya la relaci\u00f3n con \u00e9stos era insostenible, debieron ir a la incipiente villa miseria que se estaba formando junto al r\u00edo. La municipalidad los oblig\u00f3 a dejar el puesto de venta de baratijas en la feria callejera porque no ten\u00edan habilitaci\u00f3n, y El Tortuga se dedic\u00f3 entonces al cirujeo por la costa. S\u00f3lo su orgullo y verg\u00fcenza le impidieron volver con sus padres y \u00fanicamente por eso permaneci\u00f3 en la casilla, junto a \u00e9l, con su creciente resentimiento. En cada anochecer sent\u00eda una profunda repugnancia al ver la encorvada figura de su marido que regresaba tirando del carro de madera, que se tambaleaba sobre dos viejos y desparejos neum\u00e1ticos, con desperdicios para seleccionar y vender; sensaci\u00f3n que aumentaba m\u00e1s tarde, cuando esa figura se encorvaba sobre su cuerpo en medio de sus ruegos para que no la dejara nuevamente embarazada porque ser\u00eda imposible mantener un hijo en medio de tanta pobreza, aunque en realidad la espantaba la sola idea de que El Tortuga pudiera ser el padre de un hijo suyo. Ella colaboraba con la econom\u00eda hogare\u00f1a lavando y planchando ropas de las familias adineradas de la zona alta, m\u00e1s all\u00e1 del terrapl\u00e9n, cruzando la avenida; las que adem\u00e1s les regalaban ropa vieja y algunos art\u00edculos hogare\u00f1os usados. Apil\u00f3 las bolsas de pan y galletitas cuidadosamente sobre otros envases y algunos pollos deshuesados que ya superaban el borde del carro, que se mov\u00eda pesadamente pero con suavidad sobre los lubricados ejes, sin que ella tuviese que esforzarse para seguir recorriendo. Al pasar por la fruter\u00eda hizo espacio para poner bananas, manzanas, c\u00edtricos, un anan\u00e1, higos&#8230; \u201c\u00a1No, higos no! -se dijo tras leer el cartel con el precio del fruto-, detesto las palabras con hache!\u201d. Se dirig\u00eda a las cajas cuando hizo la \u00faltima compra, en la g\u00f3ndola de art\u00edculos de tocador: su champ\u00fa, con manzanilla, especial para cabellos rubios; el mismo con que se hab\u00eda lavado la cabeza en un balde la tarde que cambi\u00f3 su vida, cuando tras mirarse el espejo reflexion\u00f3 que pese a todo era rubia, joven, y a\u00fan ten\u00eda buena figura, y tom\u00f3 la trascendental decisi\u00f3n. Al d\u00eda siguiente se puso un liviano vestido de verano y sandalias, se pint\u00f3 con restos de cosm\u00e9ticos, todo -como el champ\u00fa- regalado por sus clientes, y sali\u00f3 a buscar trabajo. Augusto, uno de los directores de la empresa que hab\u00eda publicado el aviso, le dijo, tras una f\u00e1cil prueba de dactilograf\u00eda, que el puesto era suyo; esa misma noche y las siguientes la llev\u00f3 a cenar y a compartir su departamento, para finalmente acercarla a su hogar, aunque sin entrar a la villa. Pocos d\u00edas despu\u00e9s, sin previo aviso, abandon\u00f3 a El Tortuga para siempre y se instal\u00f3 definitivamente en la casa de su ex ef\u00edmero jefe y amante y se convirti\u00f3 en su mujer, y desde entonces no us\u00f3 m\u00e1s ropa regalada ni debi\u00f3 trabajar. Sonri\u00f3 al recordar la felicidad de los nacimientos de Facundo, Pamela y Tom\u00e1s, y las nuevas amistades, y los viajes, autom\u00f3viles, embarcaciones y la vida lujosa con que hab\u00eda so\u00f1ado de peque\u00f1a y a partir de entonces era una realidad.<br \/>\nSe ubic\u00f3 en una de las largas filas frente a las cajas y, un momento despu\u00e9s, le pidi\u00f3 al joven que estaba detr\u00e1s de ella que le cuidara el lugar mientras iba a buscar algo que olvid\u00f3 comprar; \u00e9l asinti\u00f3 y ella agradeci\u00f3 con una amable sonrisa sin separar los labios. Camin\u00f3 entre varias g\u00f3ndolas y sali\u00f3 del supermercado por el otro extremo, exactamente a noventa y seis cajas de distancia. Afuera sinti\u00f3 que la noche, pesada y h\u00fameda, se le pegaba al cuerpo y le preocup\u00f3, porque empezar\u00eda a transpirar. Al llegar al estacionamiento se descalz\u00f3 y camin\u00f3 sobre el c\u00e9sped que lo bordeaba; le gustaba sentir el suave verde bajo los pies, que se le mojaron al cruzar la calle; continu\u00f3 varias cuadras por las veredas parquizadas a\u00fan h\u00famedas y olientes a tierra mojada tras el riego vespertino hasta que atraves\u00f3 la avenida, donde comenzaba el oscuro terrapl\u00e9n al final del cual se distingu\u00edan las tenues luces; all\u00ed se calz\u00f3 nuevamente los zapatos blancos, porque ya no hab\u00eda c\u00e9sped sino pasto crecido, y basura, que aumentaban a medida que descend\u00eda hacia el caser\u00edo junto al r\u00edo; eran preferibles los zapatos que le regal\u00f3 la viuda de Est\u00e9vez, que le apretaban, antes que alguna cortadura infecciosa; se oli\u00f3 las axilas y temi\u00f3 haber transpirado la blusa de la se\u00f1ora de Su\u00e1rez, o la falda, que deb\u00eda entregar al d\u00eda siguiente, lavadas y planchadas, como lo ven\u00eda haciendo desde hac\u00eda muchos a\u00f1os. Se apresur\u00f3 porque Susana, la hija mayor, quiz\u00e1s habr\u00eda salido como siempre, por ah\u00ed, y el m\u00e1s peque\u00f1o, Juancito, estar\u00eda mojado y sucio, llorando solo en la casilla, y si El Tortuga hab\u00eda regresado con los dos del medio, que los s\u00e1bados lo acompa\u00f1aban en la recorrida por los basurales, y no la encontraba en la casa se pondr\u00eda furioso, como hab\u00eda ocurrido un mes antes, y le pegar\u00eda nuevamente, aunque nunca tanto como aquella vez cuando descubri\u00f3 que varios d\u00edas hab\u00eda salido a escondidas a buscar trabajo y sospech\u00f3 algo sobre su relaci\u00f3n con alguien que una noche, tarde, la acerc\u00f3 hasta la avenida en un moderno coche blanco, y entonces la golpe\u00f3 por primera vez, la llam\u00f3 puta y le escupi\u00f3 en la cara en medio de la paliza en la que ella perdi\u00f3 un diente que le borr\u00f3 para siempre su anterior sonrisa abierta. Afortunadamente no se enter\u00f3 que despu\u00e9s ella quiso irse con Augusto, quien la esquiv\u00f3 varias veces y luego ni siquiera accedi\u00f3 a incorporarla a la empresa, como se lo hab\u00eda prometido, porque \u00abmentiste, nena, no terminaste el colegio secundario, como pusiste en la ficha, y adem\u00e1s yo no puedo tener una secretaria que es mala dactil\u00f3grafa, se come las haches y no sabe qu\u00e9 son las di\u00e9resis\u00bb.-<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Entr\u00f3 al supermercado, como otros s\u00e1bados, ya avanzada la tarde, y respir\u00f3 con placer el fresco aire climatizado que la envolvi\u00f3 desde su ingreso al gigantesco edificio. 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