{"id":110,"date":"2005-02-25T15:50:26","date_gmt":"2005-02-25T14:50:26","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/?p=110"},"modified":"2018-02-09T13:52:18","modified_gmt":"2018-02-09T12:52:18","slug":"73-paso-de-cebra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/?p=110","title":{"rendered":"73. Paso de cebra"},"content":{"rendered":"<div class=\"pdfprnt-buttons pdfprnt-buttons-post pdfprnt-top-right\"><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F110&print=pdf\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-pdf\" target=\"_blank\" ><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/canal-literatura.com\/certamen\/wp\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/pdf.png\" alt=\"image_pdf\" title=\"Ver PDF\" \/><\/a><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F110&print=print\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-print\" target=\"_blank\" ><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/canal-literatura.com\/certamen\/wp\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/print.png\" alt=\"image_print\" title=\"Imprimir contenido\" \/><\/a><\/div><p style=\"text-align: justify;\">-Ya sabes. Tres noches seguidas como m\u00e1ximo. Una cama limpia, dos comidas calientes. No se puede m\u00e1s. Como t\u00fa, ya ves, hay un mont\u00f3n. Despu\u00e9s puedes probar en los de San Juan de Dios. En Santa Clotilde, s\u00f3lo una comida al d\u00eda; por la noche tienes que buscarte el alojamiento por tu cuenta. Lo siento, hombre, es lo que hay por ahora.<!--more--><br \/>\nY el hombre, porque su nombre, ahora \u2013perdido todo- , poco importa ya, toma el paquete de cigarrillos que el otro le alarga un poco avergonzado. Siempre ocurre igual cuando alguien arriba por primera vez a este varadero de desesperanza que es el Albergue para Transe\u00fantes de San Nicol\u00e1s. Vidas a la deriva, restos de naufragios personales que cada nueva oleada deposita en la puerta. Aqu\u00ed, un madero podrido, con guijarros de concha adheridos a su superficie entre los que crece un musgo pardo de algas. Otras veces son trozos en los que el agua todav\u00eda no ha completado su labor de devastaci\u00f3n. Se distinguen zonas con la pintura descascarillada y alguna letra a\u00fan es legible. Pero sabe que lo que no consigui\u00f3 la mar lo har\u00e1n ahora los d\u00edas de sol despiadado, la brisa de sal, la voracidad de los insectos.<br \/>\nPor eso, a cada explicaci\u00f3n con su rosario de direcciones que marcan otras tantas estaciones de viacrucis, etapas en una carrera en la que no hay ninguna meta, no puede evitar cierta incomodidad. Quiere dar a sus palabras un aire de provisionalidad; como si esta situaci\u00f3n fuera a ser algo eventual, un accidente en la vida del reci\u00e9n llegado. Que luego todo volver\u00e1 a encauzarse y a recobrar una normalidad que, en ocasiones, nunca existi\u00f3. Pero basta con mirarles las caras para saber cu\u00e1ndo alguien ha claudicado, cu\u00e1ndo ha decidido dejar de dar est\u00e9riles y agotadoras brazadas para abandonarse a la deliciosa sensaci\u00f3n del morir diario, del disolverse cotidiano en la marea gris de la renuncia.<br \/>\nDe modo que evita los ojos del hombre mientras le tiende el paquete de Ducados. Gesto in\u00fatil, porque el hombre tampoco le mira a \u00e9l. Se guarda el tabaco en el bolsillo, asiente con la cabeza, se da la vuelta y procura no arrastrar los pies hasta haber doblado la esquina.<br \/>\nA las ocho se abre el comedor. A las once se cierra el albergue. El que no llegue a tiempo se queda en la calle. Hay muchos que prefieren dormir bajo cartones y mantas pringosas, en un portal o callej\u00f3n, bajo una escalera, en cualquier sitio donde dos trozos de pared ofrezcan un \u00e1ngulo, como un grotesco remedo de portal de Bel\u00e9n de pl\u00e1stico barato dispuesto a modo de decorado de cine por un director amante de la simbolog\u00eda de Bu\u00f1uel, antes que sujetarse a la disciplina de unos horarios impuestos. Son los bohemios de la miseria.<br \/>\nPero nuestro hombre, no. A\u00fan no se ha liberado del ritmo met\u00f3dico que impone el reloj. Hora de levantarse, de comer, de dormir. Acomodar las necesidades al comp\u00e1s de unos engranajes que giran y no saben de deseos, emociones, urgencias. Est\u00e1 reciente en \u00e9l el tiempo en que hab\u00eda algo que hacer en cada momento. Mientras pueda conservar los h\u00e1bitos, la rutina de su vida anterior, siente que no est\u00e1 todo perdido. Que a\u00fan puede esperar que las agujas del reloj giren en un movimiento imposible.<br \/>\n&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En el otro extremo de la ciudad, el chico, cuyo nombre tampoco importa porque a nuestros ojos de lector es uno m\u00e1s de los que forman la fauna suburbana, sale de su casa con un portazo. Un lev\u00edsimo forcejeo con la madre, aliviada al verle partir; unos billetes que guarda con dificultad en el bolsillo del vaquero, tan ce\u00f1ido que parece el traje sin luces de un torero adolescente del asfalto. Ha quedado con la panda en un descampado junto a un bloque de viviendas y un colegio con varios cristales reventados a pedradas.<br \/>\n-\u00a1Esta noche vamos a quemar Montejo! \u2013 se dicen. Y el nombre de la ciudad importa tan poco como el de sus ciudadanos, porque Montejo es una cualquiera de estas barriadas como cuartos trasteros donde la gran ciudad amontona todo lo que afea sus c\u00e9ntricas avenidas, resplandecientes en sus escaparates de joyer\u00edas caras y boutiques de firma.<br \/>\nPero dicen \u201cvamos a quemar Montejo\u201d con una alegr\u00eda feroz, con un deseo de tomar posesi\u00f3n de ella destruy\u00e9ndola, como el ni\u00f1o que afirma su poder de individuo sobre el juguete cuyo mecanismo no domina.<br \/>\nUn porrito para ir cogiendo el puntillo. Alguien saca una botella y beben a morro por turno.<br \/>\n-\u00bfLas has tra\u00eddo?<br \/>\n&#8211; Aqu\u00ed est\u00e1n. Hoy, diez pa c\u00e1 uno. Pero aqu\u00ed estamos ya mu fichaos. Vamos a \u201cE-motion\u201d.<br \/>\n-T\u00edo, \u00bfqu\u00e9 dices? T\u00e1s pirao. Ah\u00ed no nos dejan entrar ni de co\u00f1a.<br \/>\n&#8211; Ya veremos. Y pirao tu puto padre, si lo conoces.<br \/>\nY con decisi\u00f3n echa a andar hacia un coche desconocido; alg\u00fan pardillo de fuera que esa tarde habr\u00eda hecho mejor en no perd\u00e9rsele nada por el barrio.<\/p>\n<p>&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El hombre camina aprisa. No conoce bien la ciudad, apenas reci\u00e9n llegado a ella. Su deambular lo ha llevado m\u00e1s lejos de lo que pensaba. Cuando pregunt\u00f3 la hora, comprendi\u00f3 que perder\u00eda la cena y, si no aligeraba, la posibilidad de dormir bajo techo. Antes, mientras andaba, ha repasado por en\u00e9sima vez su vida, como esos que cuentan su experiencia ante el famoso t\u00fanel. Pero no como una pel\u00edcula proyectada a c\u00e1mara r\u00e1pida. Se ha demorado en cada plano, intentando buscar d\u00f3nde estuvo el error. Y se da cuenta \u2013siempre se dio cuenta, en realidad-, de que toda ella ha sido una gigantesca equivocaci\u00f3n.<br \/>\nPero ahora s\u00f3lo piensa en llegar a tiempo. Se imagina acurrucado en cualquier estaci\u00f3n de Metro, sin afeitar, las ropas malolientes, con las miradas de la gente que resbalan sobre \u00e9l como si fuera un objeto inexistente.<br \/>\n&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En el coche van realmente cabreados. En efecto, no los han dejado entrar en la discoteca. Han cambiado insultos con los porteros y un amago de ponerse flamencos en un rid\u00edculo esfuerzo por salvar la honrilla. Cuatro figurillas enjutas, embutidas en vaqueros taurinos, contra dos africanos que, juntos, casi compon\u00edan una tribu. El \u201cLili\u201d ya lo vaticin\u00f3, pero no se le ocurre abrir la boca para el cl\u00e1sico \u201cTe lo advert\u00ed\u201d. Lo malo es que la noche se les ha ido en dar vueltas con el coche; las pastillas casi intactas (cada uno se ha tomado dos para animarse, entre trago y trago). Pero a ver qu\u00e9 le dicen ma\u00f1ana al \u201cPelanas\u201d cuando les pida cuentas. Los va a tratar de vainas.<br \/>\nDe vez en cuando el chico escupe una frase para desahogarse. Su repertorio l\u00e9xico no es muy extenso, pero lo suple la intensidad que da a su entonaci\u00f3n. \u201cVa unos negros de mierda\u201d. \u201cVaya mierda\u201d. \u201cQu\u00e9 mierda\u201d. \u201d\u00a1La vida es una mierda y&#8230;!\u201d Se detiene a tiempo pues iba a completarla con \u201cY nosotros otra mierda\u201d. Y la convicci\u00f3n le duele. Desde peque\u00f1o se dio cuenta: cuando ve\u00eda en la tele familias unidas de pel\u00edcula americana, que nunca dan un pescoz\u00f3n a sus hijos; cuando no consegu\u00eda aprender a leer y escribir como la mayor\u00eda y aquellos garabatos de la pizarra parec\u00edan burlarse de \u00e9l. S\u00f3lo en el grupo de sus iguales se siente algo, con un prestigio labrado a fuerza de actitudes chulescas y algunos actos de vandalismo light.<br \/>\nPero no puede bajar la guardia ni tolerar que se le r\u00edan en las barbas. Por eso ha estado a punto de tirar de navaja ante los gorilas. Pero un ramalazo de sensatez lo detuvo. Su padre le dec\u00eda: \u201cCuando un t\u00edo saca una navaja, no es pa guardarla como la sac\u00f3. \u00bfMe oyes?\u201d<br \/>\nEl recuerdo humillante de su retirada le sigue escociendo todav\u00eda. Se acercan a un paso de peatones. Un hombre mal vestido ha iniciado el cruce.<br \/>\n&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El hombre atraviesa la avenida solitaria con toda la prisa que le permiten sus pies rendidos. Ahora es verdad que se queda sin cama. Pese a ello, no se detiene. Necesita llegar y ver la puerta cerrada. Aminorar el paso ser\u00eda una rendici\u00f3n de antemano, el primer escal\u00f3n en una serie de claudicaciones. Un coche se aproxima. Si no refrena su marcha, llegar\u00e1 hasta \u00e9l en el segundo tramo de la v\u00eda, pero debe hacerlo, ya que el sem\u00e1foro est\u00e1 en verde para el peat\u00f3n.<br \/>\nEsos jovenzuelos impacientes est\u00e1n tocando el claxon. De forma vaga intuye que ceder en sus derechos de paso, consentir que unos chiquillos est\u00fapidos y gritones le hagan detenerse es bajar otro pelda\u00f1o m\u00e1s hacia la indignidad total. As\u00ed que alza la barbilla en actitud desafiante y sigue su marcha cansina hacia la acera. (\u201cTienen que pararse\u201d).<br \/>\n&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El chico ve cruzar al hombre. Los hombros vencidos, la cabeza gacha, el aspecto desali\u00f1ado. Por un momento, atraviesa su telara\u00f1a de alcohol, \u00e9xtasis y rabia la imagen de su padre. Un fracaso de hombre que toda la vida estuvo humill\u00e1ndolo, intentando afirmarse a su costa. Le invade una ira sorda. (\u201c\u00a1P\u00e1rate, imb\u00e9cil!\u201d).<br \/>\nY por un momento tambi\u00e9n, tiene la fugaz visi\u00f3n de s\u00ed mismo, en la madurez, como otro fracaso humano, como tantas veces les ha o\u00eddo decir a sus maestros, a sus padres, a sus vecinos: \u201cVas a ser un desgraciao\u201d..<br \/>\n(\u201d\u00a1P\u00e1rate. Mierda!&#8230;\u00a1Que te parees!\u201d&#8230;)<br \/>\nAmbos cierran los ojos.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">Fin<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>-Ya sabes. Tres noches seguidas como m\u00e1ximo. Una cama limpia, dos comidas calientes. No se puede m\u00e1s. Como t\u00fa, ya ves, hay un mont\u00f3n. Despu\u00e9s puedes probar en los de San Juan de Dios. En Santa Clotilde, s\u00f3lo una comida al d\u00eda; por la noche tienes que buscarte el alojamiento por tu cuenta. 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