14. Quiromancia

“El destino baraja, y nosotros jugamos”.
Arthur Schopenhauer

Algunos disparos se escucharon lejanos, más allá de la alameda, y las esposas de varios coroneles del III Reich se asustaron y dieron un saltito en sus asientos. En ese abrir y cerrar de ojos sobresaltado, Malpartida echó un vistazo a las líneas de su mano, sonrió seguro, cambió la carta por la que tenía escondida en la muñeca izquierda y acabó su número. Los aplausos en el teatro silenciaron a los fusiles. Pero la tranquilidad no duró mucho tiempo.
-¡Es imposible que ya estén aquí! –gritaron por las últimas filas.
El jefe de sala señalaba su reloj, el final de la actuación, pero el mago continuó, extendió los brazos y se subió las mangas. Siguió jugando al engaño y se concentró en ases, tréboles, comodines. Bajó las escaleras del escenario, iluminado con azules y con tan sólo una silla, una mesa y un gramófono. Las mujeres lucían collares, los hombres adornaban sus solapas con esvásticas y cruces negras. Y Malpartida miró la palma de su mano, las líneas cambiaban sin avisar; de un día a otro se había alargado la del destino, atravesaba la palma verticalmente de arriba abajo y había rayado una división enérgica.
-¿Quién es este loco? –escuchó preguntar.
Los disparos vinieron rebotando por el camino de la alameda y sonaron tan cercanos que los asistentes se levantaron de sus asientos y comenzaron a inquietarse en exceso. El mago tuvo que llamarles la atención, gritar al orden. Regresó al escenario y les convenció con un alemán descarado que los disparos no eran nada diferentes a los que siempre habían escuchado, porque el país en el que estaban era guerrero, amante de la lucha, y siguió con que la entrada al teatro estaba rodeada por agentes y tanques, todo el camino desde la carretera hasta allí, y que si las sirenas no habían sonado era porque no había peligro alguno.
El gramófono comenzó a funcionar. Picas y corazones luchaban en las manos de Malpartida para hacer de ese discurso delirante un juego. O quizás al revés, porque a veces Malpartida tenía la oscura sensación de adentrarse en una zona de pleno delirio, donde las cartas abandonaban sus caras juguetonas confirmando una historia imposible, un juego de abismales proporciones. Con la cantante de ópera tirando del espíritu alemán hacia arriba, se quedaron amarrados al espectáculo y olvidaron los disparos.
Por la mente del mago pasó la estrechez de las calles de su ciudad, repleta de enanas esperando en los portales y clubes abiertos para acoger entre luces rojas espectáculos asombrosos, hasta que chillaban las salvas de los antiaéreos y la guerra despertaba con su miedo, sus muertos y sus portales incendiados. Los dedos corrían entre las cartas, cogió tres, tiró el resto. Las señoras afinaron la vista, atentas.
-Jesús también fue un ilusionista, sí un ilusionista, como yo lo soy, como cualquiera de ustedes puede serlo –explicaba Malpartida, y añadió lo de la multiplicación de los panes y los peces como ejemplo para que el público riese y se diera gusto buscando alternativas simbólicas entre panes, peces y otras baratijas de la realidad.
Enseñó las cartas que tenía y volvió a contarlas: una, dos, tres. Sopló en ellas y, quién sabe cómo, comenzó a sacar y sacar cada vez más, las multiplicó en treinta, en sesenta, y las lanzó al auditorio ganándose a los coroneles y sus esposas.
-¡Silencio!
Paró la música, no había nada más que el movimiento de las piezas de oro y los galones de los asistentes. Se contuvieron los gritos y las muecas. El auditorio miraba al techo. Tan sólo el dorado y grana de la decoración de la marquesina. La espera duró unos instantes. Después llegó el tam-tam, como un tableteo de disparos, tambores de guerra acercándose por la alameda. Tras ello el revuelo y el refregar de trajes nervioso, algunos señores levantados de sus asientos, con los anteojos caídos y llevando la mano instintivamente a sus pistolas. Cada vez era más cercano el sonido, el tam-tam entrando por cualquier agujero de la puerta de la entrada, colándose en el teatro y rebotando entre columnas, el tam-tam insistiendo.
El jefe de la sala revoloteaba por el anfiteatro, no sabía qué hacer. Miraba su reloj impaciente, a los ojos vidriosos del público, paseaba adelante y atrás, una y otra vez, hasta que su ayudante fue y le susurró algo en el oído; entonces miró a Malpartida y le hizo un gesto claro: el espectáculo debía acabar. El mago alzó los brazos. Les animó a levantarse de los asientos y elevar los brazos al cielo. Los más reticentes tardaron, pero al final la corriente de brazos en alto comenzó en las primeras filas, fue un capitán el que inició el movimiento, extendiéndose a los demás por temor a no hacer lo mismo que un oficial… Los altos mandos, sus esposas, y más atrás soldados privilegiados y operarios formaron una montaña de brazos.
-El alemán siempre fue un gran pueblo, poderoso. No hay que temer nada aquí –convenció Malpartida.
En un número fantástico, dijo que allá arriba había un diablo que sabía hacer bien las cosas y que miraran sus manos porque él -y mientras lo proclamaba ejecutaba la trampa- había recibido el regalo de dos cartas, y bajó las manos y las enseñó. Los demás hicieron lo mismo pero no encontraron nada en sus manos, y el malestar gruñó en las bocas de los asistentes. El mago hizo un gesto al ayudante del jefe de sala y éste tiró de una palanca. Cayeron miles de cartas desde el techo, junto a las cartas lo hicieron esvásticas de papel que revolotearon por las cabezas de una forma peculiar, en espiral, bautizando al público. Entonces las risas y los aplausos.
-Ahora miren la palma sus manos, ¡ya! –insistió el mago.
Los que lo hicieron vieron unos surcos ininteligibles. Los demás se sentaron en los asientos cansados de tanta pantomima, aguardando.
Malpartida revivió el sonido de los aviones repasando su ciudad, un sonido punzante que se instalaba en el oído y penetraba poco a poco con una insistencia permanente, horadando y horadando, hasta que se montaba sobre los recuerdos. Después, el retumbo de los motores, las bombas y el correr precipitado, las cartas cayéndose en un charco y el mismo agujero de siempre para ocultarse hasta que pasara el tiempo necesario, la espera. Los asistentes miraron al techo atemorizados.
-¡Bombarderos! –gritaron.
El mago escuchó los motores en el cielo, y no pudo evitar agacharse en un instinto bien aprendido desde hacía tiempo. Un instante tan sólo, después se levantó de un salto y puso de nuevo el gramófono a sonar. La diva alemana más alta que nunca subía sus graves, todos sus agudos chillaban sin compasión, se mezclaban con los gritos del mago.
El público ya había abandonado su localidad y vagaba por el anfiteatro alarmado, insultando y vigilando que las pistolas estuviesen cargadas por si acaso, miraban fijamente la puerta de entrada… Los más atrevidos: soldados, coroneles, capitanes y tenientes, formaron una línea que se situó delante de la puerta; los demás esperaban a los pies del escenario agarrados con pasión a sus mujeres y chocando de vez en cuando, para afirmar su valía, sus talones con fuerza en el suelo. Mientras tanto, Malpartida, había buscado algún despistado con pistola y lo había encontrado.
Le abordó y comenzó a estirar el arma del cinto de ese teniente, simulando una broma, hasta conseguirla. Con ella en la mano derecha, hizo que todos callaran y mirasen al escenario, rompiendo el orden que desde un principio algunos ingenuos intentaron crear. Les gritó que escuchasen bien, que no sabían lo que decían ni había nada para alarmarse más arriba del techo porque “los otros” nunca llegarían allí. Pistola arriba, pistola abajo, seguía sosteniendo que no eran bombarderos, motores de aviones quizás, pero no bombarderos, aviones sin más. Porque ellos no lo podían saber, solamente presumían, y por esa regla de tres podían ser miles de nubes rugiendo, o miles de demonios, pero nada de bombarderos, porque no había nada de bombas, eso estaba claro.
De forma brusca, llegó la calma. El mago se arrodilló y llevó la pistola a su cabeza.
-Un último truco –anunció a voz pelada. La cantante de ópera mientras tanto rompía las cuerdas vocales en un afinado inaudito.
El tam-tam regresó más fuerte que nunca, acercándose por el camino de la alameda un sonido ronco, continuo. Pero nadie se arriesgó a moverse, seguían controlando los movimientos del mago, el último número.
Les hizo levantar de nuevo los brazos, la diva chillando, el tam-tam, el toc-toc de las ametralladoras comenzando a retumbar allá afuera y quitándole poco a poco yeso a la pared, al techo, cayendo la pintura con cada golpe, tam-tam y disparos, los grillos cantando en la noche y raspando sus patas en sus alas, el rugir de los mil demonios acercándose violentamente, caminando impasible por el camino que llevaba al teatro, eliminando con una llama violenta a todos los agentes que guardan el camino, cada vez más cerca.
Agarró con fuerza la pistola y apuntó al gramófono. Antes de que decidieran los coroneles y oficiales que lo importante no estaba allí sino fuera, apretó el gatillo. Una vez, otra y otra. Una vez, otra y otra. Entre disparo y disparo esperó unos segundos que parecieron vidas infinitas para un público embobado. Hizo callar la ópera. Y cuando creaba la tensión precisa, el tiempo necesario de espera, volvía a apretar. Así hasta repasar todo el cargador.
-Ahora miren la palma de sus manos –les dijo riendo al acabar.
En aquel momento, el final de la actuación. La puerta de la entrada derribada. Militares americanos entrando en el teatro. La sorpresa paralizando al III Reich allí reunido. Más metralletas de más soldados americanos entrando por la puerta, refulgiendo, encañonando el aire viciado del teatro. El mago saludando a los americanos. Los americanos golpeando a los alemanes y llevándolos con los brazos en la espalda. Los americanos estrechando la mano de Malpartida, celebrándolo, dándole de fumar, repartiendo cigarros: uno para ti, otro para mí, mientras Malpartida aceptaba, algo cansado y burlón.
Algún alemán atrevido, ya en retirada, se miró la palma de la mano. Y vio como la línea de la vida se acortaba en un juego siniestro.