108. Para Salvarte

Esclerosis múltiple. Blasfemó en voz baja y sin mirar al cielo. No lloró ni apretó los puños.

Esclerosis, degeneración irreversible. Múltiple, sin escapatoria. Poco a poco el cuerpo se independiza de la mente hacia el desorden. Al final, una asimetría de piernas y de brazos y de bocas y de gestos: el descontrol.
Todas las explicaciones que el médico acababa de darle – tan didácticas, como si hablaran de otro – ya las había leído antes. Dentro de cinco años, quizás, un tratamiento para mermar un poco el caos. Quizás. El efecto sería válido en personas menores de cuarenta años. Él tenía entonces cuarenta y tres.
Cuarenta y tres años.
Ya más de ocho con Laura.
Con Laura.
Irrumpes en mi vida una noche al final de un verano. Te acuerdas. Irrumpes. Los dos recordamos el nombre de la estación de trenes de la ciudad y el número del andén, y el ángulo recto de las manecillas, a norte y este, flechas enemistadas, en un reloj cariado, cara boba de luna sintética. Las tres en punto de la mañana. Eres la primera que abre la puerta, el tren tambaleándose aún tras la frenada, la primera en bajar las escaleras, ágil, a pesar del enorme maletón -¿de dónde vienes?-, sonriente, despeinada, núbil. Los dos nos miramos, serenos -tú luchando con tu pesado equipaje, yo quemándome los dedos con la pava del cigarro-, y ya sabemos que desde ese momento todo lo anterior es pasado.
Enredado en el crucigrama de tu chaquetón a cuadros, busco una excusa para aproximarme a ti, y me encuentro con tu cara tan cerca, con tus ojos de cobre y tus labios sin prisa preguntando la hora. A mí.
No me sorprendo de encontrarte porque te espero. Simplemente agradezco la voz sensual de la locutora que acaba de anunciar la llegada de tu tren – su frase resuelve la ecuación de mi existencia-, y, aunque aún no te conozco, ligo tu olor – perfume desde entonces – con el de todas las estaciones de trenes del mundo.
Desde que se vieron, supieron, todo lo anterior era pasado. Y se borraron del mundo reciente – remoto, de repente -, para refugiarse en un universo recién inventado, íntimo y excluyente; necesario, inevitable.
Al principio nos escribíamos cartas, postales y poemas. Nunca quedábamos con nadie. Pocas veces hablábamos de la tesina que entonces me ocupaba, casi nunca de tus exámenes de final de carrera. Nuestros temas favoritos eran la literatura y el silencio. Clandestinos y felices, bebíamos vino tinto sentados en la cama de tu habitación, permitiendo sólo la presencia de John Coltrane en nuestras vidas. Nos dábamos masajes con aceite de almendras y luego nos resbalábamos uno contra otro, prescindiendo de la inconveniencia de las palabras.
Alguna vez tú querías mirar al cielo. Yo no me negaba, pero prefería el delicado universo de tu mirada, el verde oscuro de tus ojos eviternos.
Buscábamos la penumbra de los cines, los crepúsculos de los parques, la decadencia tibia de los portales. Nos amábamos. Siempre evitábamos hablar del futuro.
Recuerda ahora el primer día, la primera noche, con Laura, pero la resume, como otras veces, en aquella foto en blanco y negro: la playa gris y vacía, Laura corriendo hacia él, el pelo enredado al viento, sonriendo y empezando ya el abrazo.
Puesta de sol en la playa oscura y desierta del norte; tú paseas desnuda por la orilla del mar, y al percatarte de que te tengo encuadrada para la foto, niegas con los brazos pero ríes, te dispones a venir hacia mí para quitarme la cámara, gritas algo que no oigo o no recuerdo; entonces yo disparo. Así te tengo ahora en el recuerdo, bella, desnuda y sonriente.
Ocho años.
Ocho años con Laura.
Recuerda aquel viaje. No llegamos a Galicia. Seducidos por Asturias, allí nos quedamos todo el tiempo, acampados en la playa de Barayo, dejándonos acariciar los cuerpos por el sol, la brisa y nuestros dedos, esperando las noches para amarnos, gozosos y clandestinos en aquel zulo de labios, piernas, lenguas y besos, con el mar de fondo, de invitado celoso a la orgía de nuestros muslos, de nuestros brazos, de nuestros cuellos.
Laura. Esclerosis múltiple. Y siento más tu vida que mi muerte.
Sentada en la misma terraza, cerca de mí, una chica muy joven me observa, me sonríe con la mirada, casi me saluda. No la conozco. Quizás haya encontrado algún atractivo en el gesto de la muerte en mi cara.
Ocho años. Laura, la serenidad que proporciona la seguridad frágil del que ya siempre se siente para ella.
Laura: prolongación imprescindible de mí mismo.
Hoy se siente peor que ayer. Quizá sólo sea una concentración de recelos acumulados que se espesan en una misma hora, con tal densidad, que solidifican en profunda amargura, en dolor.
No se pregunta si quiere llorar.
Quiere no pensar en nada. Tumbarse en la cama, huir, dormirse, desaparecer.
Llueve.
Llueve. Es sábado por la tarde. Vuelves a casa chorreante y contentísima. Te han dado un papel en La cantante calva de Ionesco. Te seco el pelo con una toalla. No paras de hablar, apasionada y risueña. Estás feliz. Y yo de verte así. Te quito la ropa. Te desabrocho los botones de la camisa; el sujetador, también empapado, se pega a tus pechos y resalta los pezones oscuros. El vecino toca con su violín Las cuatro estaciones. La habitación está en penumbra. Yo también me desnudo. Te abrazo por detrás y mi pecho calienta y seca tu espalda fría y húmeda. Tus senos caben en mis manos. Entusiasmada, continúas con tu verbo incontinente, Ionesco, Beckett, el teatro del absurdo. Yo te sigo, divertido y excitado. Deslizo mis labios por el tobogán de tu cuello hasta el hombro. Y allí me quedo un rato, haciéndote cosquillas con la lengua, frotándome contigo cuerpo a cuerpo, certificando el rumor de tus latidos que mido sin números con las yemas de mis dedos. Baja fácil la cremallera de la falda. Te tumbo en la cama. Tus labios saben a lluvia o a tormenta. Te huelo desnuda, sin tocarte y sin prisa, las caderas, el vientre, los muslos por dentro. Se apaga el violín. Nos besamos.
Esclerosis múltiple.
Recuerda. Recuerdas: Una vez te dije “a veces tus muslos tiemblan como el segundero de un reloj descompasado”. Eso te dije, “a veces tus muslos tiemblan”. Ahora mis manos también a veces tiemblan, provocando una ira sin norma de ondas diminutas.
Ahora mis manos tiemblan.
Urdió fácil el plan, necesario y cruel. Lo ejecutó maquinalmente, fatal, sin fisuras, con la rabia y la resignación que a veces nos provoca lo inevitable. Salidas nocturnas, llamadas telefónicas fingidas, preguntas sin respuestas. Cartas o fotos antiguas rescatadas y aireadas. Si Laura lloraba, él miraba a través de ella, como ido, siempre evitando sus ojos, la dulzura fatal de sus ojos; para poder seguir, para no contagiarle su verdad ni su angustia y salvarla de sí mismo, de su destino indeseable.
Doloroso teatro.
A sus caricias tiernas y desesperadas respondía con urgencias humillantes de perro en celo; a sus labios, con silencios; sin abrazos y sin besos. Quieres que me vaya, afirmaba o preguntaba ella. La última vez, con la maleta hecha. No sé, contestó, o, Da igual, o no dijo nada. Se calló. Sin lágrimas. Sólo él sabía: el silencio era la ternura. Cuando sonó la puerta –“y puertas y ventanas cierra el viento, con las llaves por dentro”-, ya no pudo más: Se oyó, para nadie, para nada, no, Laura, quédate.

Luego la soledad. El traslado de ciudad. La anarquía de las manos y la cara desencajada. El hospital, la residencia, la compra de ternuras y compasión.

Aquella enfermera se parecía tanto a Laura.
Un día, mientras ella le cortaba las uñas, le puso como pudo en el bolsillo de la bata blanca la carta que tanto esfuerzo le había costado escribir. Empezaba así:
“Esclerosis múltiple. Blasfemó en voz baja y sin mirar al cielo. No lloró ni apretó los puños”.