CARTAS BAJO LA ALMOHADA.

Por Agustín Serrano Serrano.

 

En una playa romántica, inspiradora y poética como se suele imaginar, Marta lee la carta de Antonio, su amado.

 

Querida Marta:

 

No creas que si no te he escrito antes ha sido por falta de deseo, ya sabes cómo es la vida aquí. El tiempo se reduce a la mínima expresión, y en el único momento en el que puedes hacer uso de él, es cuando hay que dormir o cumplir con alguna de las cenas de compromiso.

Ahora tengo un hueco inesperado. Ha habido un fallo eléctrico. Mientras lo arreglan para que todo vuelva a funcionar, yo he cogido lápiz y papel, que ya sabes lo tradicional que soy, y he decidido escribirte.

 

Espero que te encuentres bien allá en tu soñada playa, en tu cómoda casa y junto a tu perro. Mi vida aquí es lo más parecido a una máquina. Trabajo casi veinte horas y hay veces en las que no sé si estoy descansando cuando trabajo o al revés. Espero tener bastante cordura en esta carta, que ya me conozco tu capacidad para analizar lo que escribo, y aunque siempre me dijiste que lo hiciera con toda la libertad, yo sé que te fijarás en todos los detalles; eres escritora y no podrás evitarlo.

 

Como te decía, mi vida no es más que trabajo. Me levanto a las siete, tras haberme acostado a eso de las dos corrigiendo. Desayuno con mi compañero en el coche que nos lleva a la oficina. Llegamos a la misma, la cual cada día me ilusiona menos verla con mi nombre en la puerta. Hasta las nueve preparamos la agenda del día, consultamos el correo, realizamos llamadas…A esa hora y sin una pausa para un café, empezamos con el grueso de la jornada. Que si aquello me gusta. Que si viene el jefe. Que si otro dibujo que nos mandan desde la oficina de Garay…Y todo, ya sabes, sin una salida al exterior. Sin saber lo que ocurre en la calle. Si se ha nublado el día…

A las tres un refrigerio y vuelta a empezar. Cotejando trabajos. Seleccionando…Y así un día, y otro, y otro…Sin respiro. Tan sólo parando a pensar en ti. Porque aunque dirás que lo hago pocas veces, te puedo asegurar que pienso mucho en ti y sigo sin saber por qué lo hago. Cuando termina alguna de nuestras llamadas es cuando más feliz me siento, y lo soy mientras el timbre de tu voz sigue resonando en mis oídos. Lo necesito.

 

Por las noches, la reconfortante ducha me limpia de todo el estrés del día, me acuesto, y antes de cerrar los ojos vencido por el cansancio, te recuerdo y te veo; echada a mi lado, como en nuestras más célebres madrugadas. Mesando tu pelo, sintiendo su olor. El aroma de tu piel. Tu calor animal junto al mío. Nuestra unión carnal…Ya ves todo lo que he progresado. Ya no soy el que te escribía estrofas de otros o letras de canciones. Me enseñaste mucho amor mío.

Me sacaste de mi anterior vida, y a mi pesar, me pusiste aquí, en esta geométrica ciudad, en la que prometiste no vivir jamás. Pero yo te anhelo a cada segundo. Añoro escuchar tu voz. Ver la luz de tu mirada. La artística armonía de tus bellas palabras. Deseo tocarte en carne y hueso y no en las fotos de la portada de tus libros, desgastados de tanto abrirlos para leer alguno de sus párrafos o presumir de chica con los compañeros.

 

Estarás allí, en tu playa, que aunque lo niegues, jamás será tan hermosa como tú. Con el eterno sonido de las olas como mejor música y leyendo esta carta. Una carta en la que me estoy volcando a conciencia, de la que no sé si te estarás sintiendo orgullosa de su autor y eterno amante, que desde la infranqueable distancia, te escribe, te idolatra y te ama.

 

Ya me despido. No olvides que no dejaré nunca de pensar en ti. De escuchar nuestras canciones y de leer todo lo que me escribas. Algún día iré a verte, no sé cuándo, pero iré, y aunque empieces a decirme cuál de mis cartas es la más mala, yo me haré el sordo, pues en ese momento tan sólo dos sentidos poseeré; el de la vista y el del tacto de mi corazón.

 

Hasta pronto, Marta.

 

Mi amor.

 

 

Marta guarda la hoja en una carpeta, pliega la silla, llama al perro y vuelve a su casa. Prepara un café y escucha la puerta que se abre. Es Antonio y su uniforme de ATS de guardia. Cierra y entra en la cocina. Ella lo mira sin decir nada, aguantando la risa, y es él el que habla.

 

-        ¿La has leído?

-        Claro. – Responde ella.

-        ¿Y qué tal? – Pregunta él endulzando el café.

-        Me ha encantado.

-        ¿En serio?

-        Sí. Creo que es tu mejor carta.

-        Vaya, me alegra saberlo. Parece un buen plan para salvar nuestra relación. Nos vemos a diario y apenas hablamos, pero en esas cartas nos decimos mucho.

-        Dame un beso. – Pide ella con ternura – Hace tiempo que no lo haces.

-        Ha habido muchas cosas en catorce años. ¿Crees que funcionará?

-        Siempre preferí tus besos a tus textos.

-        Y si ahora que las cartas que te dejo antes de irme bajo la almohada, te gustan más que mis besos, ¿qué hacemos? 

-        Pues aprender a besarnos de nuevo.

 

 

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Fuengirola, 22 de octubre de 2006

 

 

 

 
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