YO SOY YO Y MIS HORMONAS

 

Mati Morata

 

 

Si eres hombre, más o menos leído y progre, podrás decir “Yo soy yo y mis circunstancias”. Y puede que quedes divinamente, como un intelectual que coquetea con la filosofía, no necesariamente con los filósofos, que ésa es una moda más reciente y más “zapaterista” o “zapateriaza”. Nadie discutiría lo oportuno de la famosa sentencia de Ortega y Gasset.

 

Pero hoy, si eres mujer, leída o no, progre o no, para ajustarte a tu compleja realidad, tendrías que decir: “Yo soy yo y mis hormonas”. Me explicaré.

 

Una no nace, se hace mujer tras pasar por una infancia, en la que nadie te prepara para tan ardua empresa. Si lo hicieran, tendrían que entrenarnos para ser chachas habilidosas; competentes esposas; diestras ingenieras económicas; eficaces abogadas; buenas psicólogas, compañeras, esposas, vecinas, hermanas y amigas; jefas agresivas; exclusivas decoradoras; abnegadas madres y, sobre todo, perfectas amantes.  Podría seguir con la lista, pero seguro que, a estas alturas, no descubriría nada a nadie sobre los escollos y la complejidad de ser mujer.

 

Llega la pubertad más o menos a los 11 ó 12 años. Sin previo aviso, tu cara se impregna de unas manchas rojas o blancas (éstas son peores) y no entiendes nada de nada. El pelo, que siempre había lucido limpio, ahora se empeña en ser una muestra gratuita del valioso aceite de oliva virgen. Lo peor está por llegar: un buen día, te retuerces de dolor de barriga y piensas: “¡Qué mal me han sentado los macarrones!”; sin embargo, ellos nada tienen que ver con lo que ocurre; son tus ovarios los que han decidido activarse por fin. ¡Plas, se obra el milagro, y ya eres mujer!

 

¿Ya eres mujer? Nunca en la vida habría dicho yo que nuestro tránsito a la vida adulta vendría definido por algo de índole tan extremadamente biológica, por algo que no deja de ser un fenómeno insustancial; esperaba algo más noble, espiritual y ceremonioso. Jamás pensé que nuestra capacidad de volar como mujeres vendría posibilitada por las alas de una compresa.

 

Claro que el asunto de la libertad de la mujer no deja de ser una falacia, porque, el mismo día en el que comienzas a menstruar, siempre hay alguien que te dice: “A partir de ahora, tendrás que tener cuidado con los chicos”. Y tú, sin entender a qué se refieren, piensas para ti misma: “Como si yo no me llevara ya el suficiente cuidado de que no me empujen, o de que no me vean mi ropa interior esos brutos, que son un pedazo de carne con patas…”.

 

Pero el verdadero meollo de nuestra falta de libertad se delimita en el mismo momento en que, aparejado a nuestra feminidad, comienza también “El imperio o la dictadura de las hormonas”. A partir de ese momento, quieras o no quieras, lo sepas o no, serán ellas las que verdaderamente decidan por ti. Así que, si antes decidían tus padres y ahora lo hacen tus hormonas… ¿Libertad? ¿De qué? ¿Para qué?

 

Tienes 15 años, juventud hermosa. Esas glándulas hormonales tiran para arriba. No puedes contigo misma, tu voluntad no existe; son tus deseos de ver al chico soñado o de desgastar el sofá a fuerza de reposos los que te dominan. Y es que, entre los 11 y los 15, ésos que, en otros momentos, nos parecían nuestros brutos enemigos, ahora pasan a ser los príncipes de nuestras vidas con sus litros de gomina, sus andares de ganso, sus caras-cráteres y todo. Entonces, tus amigas ya no son compañeras de cole o de juegos; pasan a ser la mitad de ti misma y las interlocutoras incondicionales de miles de confesiones vitales: “¡Tía, qué bueno está el de Mates!”, “¿Me quiere o no me quiere?”, “¿Sabes que el de la moto me mola?”… Y luego llega el momento de las cuestiones metafísicas: “Tía, ¿qué me pongo?”

 

Y, mal que bien, vas tirando por la vida con las efervescencias hormonales de esa juventud intacta hasta que comprendes y comprenden los que te rodean que, durante los días-pre-femeninos, estás más enfadadiza y susceptible que nunca, que no se te puede hablar de según qué cosas si no quieren arriesgarse a una bronca cósmica, o estás más predispuesta a que tengas un ataque lacrimógeno análogo al diluvio universal. Aprendes que, durante los días propiamente femeninos (los más femeninos del mes), una no está para nada, porque, entre las pérdidas y los procesos hormonales, una bastante tiene con seguir viva. Y lo peor del caso es que el proceso no mejora cuando tienes pareja; puede que hasta se agrave... Puede, incluso, que, cuando lo veas recostado en el sofá, llegues a pensar un día en silencio: “Míralo, no se priva de nada. Hasta respira…” Y es que, en estos días, tu compañero se transforma directamente en el contrario.

 

En los días post-feminidad (cuando aparentemente la feminidad se toma un descanso), debe de ser la debilidad que te queda en el cuerpo la que justifica que se te dé un respiro, ya que pronto vendrá la ovulación y a esos misterios sí que no le encuentro yo explicación. En esos momentos, tu humor fluctúa más que la bolsa, y no conozco ningún remedio que lo mitigue.

 

Vamos viviendo y, como somos listas, aprendemos. Llegamos al sagrado conocimiento: ya no buscamos la felicidad; nos conformamos con el equilibrio. Sabido esto, establecemos las estrategias oportunas para conseguirlo. Una muy exitosa para compensar los déficits hormonales es la “técnica del tarjetazo”, que no consiste en pegar a las hormonas con una tarjeta, sino más bien utilizar nuestra imaginación y nuestros deseos para subir nuestra autoestima comprándonos todo lo que nos apetece.

 

La vida continúa y ya parece que tienes la cosa más o menos compensada, porque los dolores de ovarios van menguando; las hormonas, bajando, y ya le has cogido el tranquillo a eso de los cambios de humor, que ahora controla el psiquiatra que te atiende de la depresión causada por los problemas filiales y las frustraciones que acumulas a lo largo de los cincuenta y alguno.

 

Y justo cuando mejor, más guapa, más estable, más madura, más lista, más perfecta, justo cuando has aprendido a delegar en otros, es decir, justo en la cumbre de la feminidad, van las hormonas y nos abandonan... ¡Y nos quedamos compuestas y sin hormonas! Por cierto, ¿nos quedamos también sin feminidad?

 

Todo esto me conduce a declarar que ser mujer es vivir bajo el imperio de las hormonas que se pasan nuestra vida “p´arriba y p´abajo”, para, al final, acabar abandonándonos justo cuando habíamos aprendido a vivir juntas. Termina su baile (el de las hormonas) y clausuran la fiesta…

 

Pues yo me niego a que las hormonas obren tanto poder sobre nosotras; por lo tanto, propongo que creemos una asociación y nos declaremos en huelga de hormonas caídas hasta que inventen algo que nos proteja (pero de verdad) tanto de las consecuencias de su presencia como de su ausencia. Nosotras queremos el poder y la estabilidad; nos lo merecemos para ser mujeres en plenitud y, desde luego, las artistas principales de nuestra propia y maravillosa fiesta.

 

Mati Morata

Mayo 2010

https://cuentosconcorazon.blogspot.com

 

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