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Prodigios de un zapatero |
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Conocí una vez un zapatero cuya piel parecía de cuero ajado. Quién sabe si por el maltrato de tantos años privado de aire fresco y luz natural o por afinidad con su oficio. De sus zapatos a su corazón, un camino íntimo que tardaba poco en recorrer, porque en ese trayecto no pesaba su aguda joroba crecida a fuerza de años de encogimiento y posturas forzadas. Tampoco escocía, entonces, el dolor de sus huesos cuando, erecto como un mono, se trasladaba de un sitio a otro impulsado por la pura fuerza de la necesidad.
Tantos años en aquella silla que, a veces, dudaba de si ella era un apéndice más de su cuerpo, unas posaderas de anea, mugre y madera carcomida. Baja, como su condición humilde y sabia, porque, resignada, conocía su oficio.
Tantos años de recogimiento frente a sus zapatos, que había acabado por hablar solo. - “Como los locos” -decían las vecindonas a media voz, después de encomendarle la salud de sus raídas botas de diario o tras encomendarle alargar la vida de los zapatos infantiles que habían de heredar sus vástagos menores tras una existencia dura de patadas y correrías de chiquillos en la calle.
Pero estaban equivocadas, rematadamente engañadas. No hablaba sólo, claro que no. Nunca le importó qué pensaban ellas; sabía de sus mentiras, de sus lenguas largas, de sus malas intenciones y de las penurias de sus existencias. Lo sabía de muy buena tinta y no le despertaban ni confianza, ni aprecio.
Con el paso de los años, ellos le habían enseñado su lenguaje, y cada uno de ellos le contaba amorosamente cómo habían llegado a desgastar sus suelas tras inmensas caminatas rumbo a la fábrica; cómo la lluvia les helaba el alma cuando se colaba por sus heridas; cómo todos sentían consuelo con el calor de sus manos; cómo habían lucido pulcros y orgullosos el primer día que fueron acompañadas de un traje de segunda mano para la boda de su dueño. Ellos contaban, con cariño, su historia al único que los escuchaba, los curaba, y los comprendía.
Sabían que, de él y sólo de él, dependía su futuro. Un dios cirujano de tijeras, aguja e hilo que prolongaba sus pasos o los dejaba quietos, muertos para siempre cuando sus manos y su arte no estaban a la altura del milagro preciso.
Hubo quien dijo que el zapatero era un tipo extraño porque le vio consolar con ojos cristalinos y apenados a unas botas infantiles a las que ya no le cabían más costuras. Hay quien cuenta que está loco porque alguna vez le oyó susurrar palabras de amor a unos zapatos de seda blanca.
Loco, puede que sí; sólo, nunca; feliz, casi siempre.
Mati Morata Febrero 2011 https://cuentosconcorazon.blogspot.com
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