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"MI CASA" |
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Sus ojos permanecían abiertos, dejaban pasar la luz y las maravillosas vistas. Pero llovía. Hoy el día amenazaba melancolía, nada comparable con la tristeza y la añoranza que vestían las paredes semidesnudas, las habitaciones mudas de juegos y el salón desierto de latidos.
La cocina no olía a aceite, ni siquiera a espaguetis o patatas fritas. Nada en ella despedía calor, ahora que la nevera permanecía esquelética durante una larga semana y casi había perdido la esperanza de recuperar su gloria. Sin embargo, el congelador aún guardaba dentro memorias de otros tiempos felices con sus guisantes saltarines a punto de pasarse de fecha y una bandeja de filetes de carne que nadie se había acordado de sacar durante meses
La lavadora, la secadora y el lavavajillas andaban resecos y ásperos de quietud. Los baños despedían hedores a modo de queja para hacer más soportable la soledad y la ausencia de los aromas del baño nocturno de los niños. ¡Qué alegría cuando, cada tarde, se acercaba ese momento! De noche, cada cosa encontraba su sitio, y cada cual, donde debía, se preparaba para nacer de nuevo a la mañana.
Los dormitorios asumían, entonces, la responsabilidad de vigilar el merecido descanso. La casa entera, atenta a la quietud, procuraba no jadear, evitando el crujido antojadizo de sus paredes para no distraer a su familia de las intrigas que les afloraban “a ojo cerrado”.
Y, cada mañana, el olor negro y espeso del café que les despertaba de la muerte finita o de las vidas posibles. Cada mañana comenzaba de nuevo su tareas: ser morada, refugio, arsenal de recuerdos, comedor, laboratorio, ludoteca, biblioteca, familioteca, en definitiva… hogar.
De repente, la casa, envuelta de nostalgias, apreció que los libros seguían pesando en las estanterías, y eso era un buen augurio. ¿Qué sería de la casa sin el calor y el color de las palabras sabias que los libros procuraban decir en voz alta, cada noche, cuando el padre o la madre acudían a la habitación de los niños para derramar sus historias?
La casa, enfrascada en sus elucubraciones, se tranquilizaba, templaba el ánimo hasta el mismo momento en que se acordaba del cartel que pendía del balcón. No conocía lo que ponía en aquel maldito rótulo, mas lo sospechaba. La casa sabía mucho de la vida y de las vidas. Más de una vez se sintió pequeña e inútil cuando la ropa y los libros no cabían y pasaban a existencias alternativas lejos de los armarios y las estanterías que siempre le dieron cobijo. En fin, la casa no ignoraba que un cartel puede anunciar el final de una vida o el comienzo de otras.
Había sido el hogar de los Pulsenjo durante décadas; abrigó, en su seno, el amor recién estrenado del matrimonio; al año, recibió la llegada de un bebé hermoso, que despedía fragancia de esperanzas. Compartía feliz los juegos que se dejaron notar en cada uno de los desconchones de sus paredes; heridas que lucía, orgullosa, mientras las tuvo. Recibió, con la sorpresa y la alegría de una madre, la llegada del segundo hijo. Sufrió cada una de las penas y los desasosiegos que quitaron el sueño a sus amados inquilinos. En ocasiones, intentaba dejaba de respirar, para no aumentar con su aliento el polvo entre los muebles y, así, facilitarles la vida. Siempre se había sentido orgullosa de ser la morada del guerrero cuando el padre regresaba a casa con sus pies pesados y su peculiar forma parsimoniosa de abrir la cerradura de la puerta principal.
Un día colgaron un cartel; después, todos desaparecieron. La casa sospechaba las consecuencias. No lo podía evitar. Su pulso se congelaba cada vez que el ascensor se detenía en la planta, esperando ver aparecer, por la puerta, a una vendedora charlatana acompañada de extraños. Claro que sabía que una nueva familia era la oportunidad de escribir otra biografía, pero ella quería su vida, la que siempre había tenido.
Muchas veces, desesperada, ensoñaba y fantaseaba con la forma de acabar esto para siempre: un escape de gas, una colilla mal apagada, un fallo en la instalación eléctrica… pero, al momento, apartaba sus sentimientos trágicos y los sustituía, delicadamente, por los recuerdos felices de tantos días, retales de amor bordados a puntadas finas y a contraluz. De nuevo, volvía a latir, a compases de esperanza lenta, abrigada con las luces de las farolas que se colaban por las rendijas de las persianas de los dormitorios.
Un momento, el ascensor ha parado en la planta… Es tarde, muy tarde. Alguien habla a media voz. Se oyen pasos. No puedo saber qué dicen. Unas llaves giran parsimoniosamente en la cerradura.
Mati Morata Marzo 2011 https://cuentosconcorazon.blogspot.com
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