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LA OVEJITA Nº 78 y EL CONTADOR DE OVEJAS |
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Era de noche y Manuel no podía dormir; así que, como siempre, se dispuso a contar ovejitas. Muchas cosas le quitaban el sueño: sus gafas, su ligero tartamudeo, sus malas notas. Una, dos, tres… las ovejitas esperaban su turno formando una fila perfecta y muy larga aunque el niño sólo podía ver las primeras. Todas iguales y muy obedientes. El niño recitaba los números; entonces, la ovejita correspondiente, decidida y dispuesta, tomaba carrerilla y saltaba presurosa la valla de madera compuesta de tres listones, cruzados por algunos travesaños.
Una vez al otro lado, la ovejita desaparecía para siempre de la vista del niño. Sin embargo, más de una vez, estando despierto Manuel, se había preguntado: - ¿Qué será de las ovejitas que cruzaban la valla? ¿A dónde irán a parar? ¿Regresarán mañana para que las cuente? Y cuando estoy despierto, ¿dónde están las ovejitas?
El tiempo pasaba, pero la vida del pequeño no parecía mejorar: siempre las mismas cosas, algunas burlas y muchos miedos, así que tampoco la habilidad de conciliar el sueño había mejorado. Manuel había desarrollado casi una dependencia ovejeril; ni un solo día se podía dormir sin su juego de hacer saltar las ovejitas. Poco a poco fue perfeccionando el juego.
Primero, intentó cambiar el escenario: era un cambio sencillo, como cuando elegimos el fondo de pantalla del ordenador. Así, unas veces las ovejitas estaban en un prado; otras, en la playa, en el estadio Vicente Calderón o en la luna.
Después, se atrevió con cambios más complejos: tuneó a las ovejitas, a las que comenzó a cambiarles el color; después, intentó un proceso de personalización, dándole a cada una diferentes imágenes según la personalidad que le atribuía previamente. Así tenía ovejitas roqueras, moteras, empollonas, ovejitas de nubes de azúcar y ovejitas calvas.
En Carnaval, Daniel no dudó en disfrazarlas, pero le entró tanto sueño que sólo pudo contar una ovejita torero, otra policía, y una ovejita flamenca; la ovejita Batman se quedó plantada sin poder saltar porque el sueño le venció antes del salto.
Era martes y no había sido un buen día, estaba agotado.
- Cincuenta y una, cincuenta y dos…
A estas alturas, sus ojos pesaban como las ruedas de un camión. Su cuerpo parecía relajado y a punto de abandonarse a los brazos de Morfeo. Así hubiera sucedido si no hubiera sido porque, en ese momento, una oveja que tenía manchas negras en su cara y en su cuerpo parecía correr como una cabra loca para adelantar puestos en la fila. Las demás ovejas comenzaron a balar insistentemente, cada vez con más intensidad. Era toda una protesta orquestada, pero la oveja disidente no cesó en su empeño hasta colocarse la primerísima de la fila.
A estas alturas, entre el alboroto y los berridos, el sueño se había ido de paseo por Saturno, porque Daniel no tenía ni rastro de él; ¡quién sabe si había sido espantado por el estruendoso ruido o por miedo a las sorpresas!
Pero, sigamos con el extraño suceso: una vez en el puesto primero de la fila, algo inaudito estaba ocurriendo porque parecía como si una “goma mental” gigante hubiera desdibujado todo el escenario y sólo la ovejita blanca con manchas negras quedara allí. Entonces, la ovejita se giró lentamente y se puso frente al niño, mirándole directamente a sus ojitos. Con una voz suave y tímida dijo la ovejita:
- Hola, no nos conocemos, pero yo soy la ovejita “Número 78”. Verás, me gustaría disculparme por mi comportamiento. Pensarás que soy una oveja maleducada, que he roto las normas, me he cargado el juego y tu sueño, pero has de saber que ya no puedo soportar más esta situación. Llevo meses esperando.
- ¿Esperando?
- Sí, esperar, esperar: ésa es mi vida. ¿Y tú sabes lo aburrido que es esperar? ¿Tú sabes lo desesperante que es esperar y que nunca te llegue el turno? ¡¿Tú no has sentido nunca que estás en clase y están preguntando y los demás no se lo saben y tú sí y te toca el turno…; pero, entonces, toca el timbre y la clase acaba sin que hayas podido decir la respuesta y sin que el profe te ponga ese diez con el que tanto has soñado?! ¡¿Tú sabes esa sensación cuando alguien cuelga un cartel de “no hay entradas” en la ventanilla, justo cuando te toca a ti?!
- Lo entiendes, ¿verdad? Siento que estoy tirando mi vida, porque siempre estoy esperando. Primero, que llegue la hora en la que tú decidas irte a la cama y comiences nuestro juego; después, inútilmente que llegue mi turno.
- ¿Inútilmente?
- Sí, inútilmente, porque, aunque hay ovejas que tuvieron suerte con su contador de ovejas, el mío es un mal contador de ovejas. Un contador flojito, blandengue, de corta duración, de pocas pilas, ¿me entiendes?
- ¿Yo? ¿Yo soy tu contador de ovejas?
- Claro, tío.
- Pues yo no soy un blandengue, que te enteres; soy el más fuerte de mi clase- dijo Daniel subiendo el tono de su voz.
-Si fueras fuerte, no te dormirías sin haber llegado hasta mi número -dijo la oveja nº 78 con cierto tono chulesco-. Te conozco desde hace meses y ni una sola vez me has dado la oportunidad de cruzar al otro lado. Siempre te duermes sin haber llegado al número 70 siquiera.
- Una vez casi ocurre: estabas en el número 65, mis nervios me recorrían todo el cuerpo, tenía las lanas de punta. Pero, entonces, tu mente flojita se quedó totalmente oscura, como si alguien la hubiese apagado. Y, otra vez, todos al “limbo de las ovejas no contadas”.
- ¿“Limbo de las ovejas no contadas”?
- Claro, tío. A estas alturas ya deberías saberlo: tú eres quien nos asigna el número, el orden y, con ello, decides nuestro destino. Una vez que nos toca saltar al otro lado, nunca regresas. Cuando una ovejita salta, cumple su destino; entonces, otra distinta es nombrada en su lugar, y todo comienza de nuevo para que tú puedas dormir. Las que no hemos sido nombradas, tenemos que seguir esperando. Pero yo no puedo más, y he decido acabar con esto.
- No sé qué hay al otro lado, y tengo mucho miedo –no creas-, pero no puedo seguir en la fila sin saber cuándo saltaré, ni siquiera si alguna vez llegaré a saltar. Cada día pienso que ése será el día, pero luego acaba, y tengo la sensación de haber perdido el tiempo, tengo la sensación de no haber servido para nada.
- Mira, mi cuerpo se ha cubierto de manchas negras de tanto estress. Mi psicólogo dice que tengo que enfrentarme directamente al problema o acabaré “como una chota”. Así que he vencido todos mis miedos y aquí me tienes…
- ¿Quieres decir que a las ovejas os salen manchas negras de los nervios?
- Sí, eso es. A las personas que tienen muchos problemas les salen pelos blancos, las canas. A las ovejas, pelos negros.
- Ja, ja… Es muy divertido.
- Pues yo no lo veo tan divertido –dijo la ovejita 78-; no veas cuántas risas he tenido que aguantar de mis compañeras. Hay algunas que ya me llaman “la oveja negra”, y ya sabes la fama que tienen ésas.
- ¿Y tú cómo quieres que te llame? ¿Número 78?
- No sé, a lo mejor me gustaría que tú inventaras un nombre mejor para mí, uno que fuera más personal; pero, para eso, tenemos tiempo.
- ¿Sabes por qué quería conocerte? Tenía curiosidad de verte cara a cara, y tengo tantas cosas que contarte… Yo me paso el día esperando el momento de “la cuenta adelante”, soñando que, al pasar la valla, mi vida tendrá un verdadero sentido; quién sabe si allí lograré mi sueño de ser escritora. Me encantan la poesía, los cuentos y, sobre todo, las adivinanzas. ¿Te cuento una? Dice así:
“Viste de blanco para ocultar su sol y para que la vida crezca en su interior”
- No sé la respuesta.
- El huevo, Daniel, el huevo. Te diré otra:
“Es la cuna del poeta, los cuernos del toro, el candil de los pobres y la O que yo odoro”
- Pues, piénsala un rato- dijo la ovejita-; no pienso decirte la respuesta.
- Daniel se concentró en las palabras del acertijo que le había lanzado la ovejita, pero el sueño llegó, vio y venció. Se instaló, primero, en sus piernas; después, en sus brazos y, al momento, todo desapareció.
Al día siguiente, Daniel creyó que todo lo de la noche anterior había sido un sueño; sin embargo, ese día, para sorpresa de sus padres, se fue muy temprano a la cama. Y, ya tapadito con sus sábanas, oliendo a gel y a colonia, el niño cerró sus ojos y llamó mentalmente:
- ¡Ovejita nº 78, ven! En un plis, plas, allí estaba ella con sus ojos vivarachos y sus manchas negras o canas ovejeriles. Allí no había nada más que la oveja número 78, y tan cantarina que parecía estar especialmente contenta.
- ¿Sabes lo que te he hecho hoy durante todo el día? Me he inventado un cuento para ti. Se llama “El contador de ovejitas”. ¿Quieres que te lo cuente? Pero, antes, cuéntame qué tal tu día.
Era extraño, ya no tenía problemas para dormir, cada día se repetía el ritual, ella acudía presta a su llamada. Siguieron contándose cada noche: Daniel, su vida, sus preocupaciones; y la ovejita, sus acertijos, sus poemas y las historias que se inventaba para Daniel. Durante mucho tiempo fue su mejor amiga.
La ovejita ya no tenía prisa por cruzar la valla. Puede que hubiera encontrado un sentido a su vida ahora, cuando tenía una misión que cumplir. Pero los dos sabían que eso no duraría para siempre; la ovejita un día tendría que saltar al otro lado, después de todo, ése era el destino de cualquier oveja contadora. Y una noche sucedió.
Sucedió, y hoy Daniel es mayor; pero nunca ha olvidado que un día contó ovejitas y que, durante mucho tiempo, una ovejita le contó a él, y, con sus cuentos, ella le hizo conocerse a sí mismo. Hoy la oveja no está, quizá cruzó para ayudar a otros niños; pero, cada noche, antes de dormir, Daniel le dedica unos instantes, un pensamiento y una sonrisa. Pensar en la ovejita nº 78 le hace esbozar una sonrisa, conciliar el sueño y reconciliarse con la vida.
Yo no le puse nombre, pero hazme un favor: si te visita, pónselo tú. Yo soy contador de ovejas.
Mati Morata Abril 2011 https://cuentosconcorazon.blogspot.com
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