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En los días precedentes, historias y frases relacionadas con la ignorancia y con los tontos o se cruzaban ante mi vista o pisaban sobre mis huellas. Miro el examen de matemáticas de un compañero. Leo sin saber y me encuentro con una cita de Albert Einstein: “Todos somos ignorantes, pero no todos ignoramos las mismas cosas”. Obviamente, si ya Sócrates proclamaba a los cuatro vientos su ignorancia, no me sorprende que Einstein se declare como uno más de entre los mortales que, como tal, conoce unas cosas e ignora otras. Es una obviedad de tanto peso, que casi me chirría que lo manifieste explícitamente. No se puede esperar de nadie que lo sepa todo, ni se puede esperar de alguien inteligente que no tenga conciencia de cuán abismal es su ignorancia. Hete aquí que los que adoptan la pose de sabios lo hacen con el tono propio de quienes sientan cátedra, con la seguridad propia de quien no alberga dudas, avalados por el abrigo y el calor de los títulos académicos o por el confort y la comodidad de los sillones institucionales. Pero precisamente esos individuos no manifiestan conciencia de sus propias ignorancias, ni en la actitud ni en la intención. Diría, pues, que no hay tonto o ignorante más peligroso que el que ignora que lo es. El universo me proteja de estos impostores del conocimiento y la sabiduría. Se me ocurre que la relación existente entre estos dos conceptos que hasta ahora he manejado como sinónimos es la siguiente: tonto es el que ignora que es ignorante. Conste que me declaro ignorante, ergo no tonta. Acabo de leer una anécdota en la que el tonto del pueblo repetía día a día la misma situación. A las dos en punto, en el bar de la plaza principal, algunos vecinos le ofrecían una moneda pequeña y otra grande que valía justo la mitad que la anterior. El tonto elegía siempre la grande. Todos se reían de su ignorancia. Pero una vez alguien le preguntó al tonto por qué escogía la grande; el tonto, entonces, dijo que, si hubiera escogido la pequeña, nadie se habría reído de él y, al día siguiente, nadie le habría dado nada. Posiblemente, llegado el caso, uno puede ser conocedor y tonto a la vez, como le ocurría al resto del pueblo, o tener la apariencia total de tonto y no serlo. Puede que los límites entre la ignorancia y la estulticia no estén tan claros. Hay que ser verdaderamente inteligente para saber ir más allá del tamaño de las monedas, para poder mirar en las intenciones de quien en su mano las ofrece. Puede que, en ese sentido, muchos tengamos que proclamarnos absolutamente tontos porque no sabemos ver más que monedas y, en el mejor de los casos, manos con monedas, o el dedo que señala a la luna.
Mati Morata Julio 2010 https://cuentosconcorazon.blogspot.com
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