|
|
![]() |
Decisiones con piel de oveja y corazón de lobo. |
|
En mis clases de Ética, me paso la vida intentando convencer a mis alumnos de que aquello que nos distingue del resto de los seres que pueblan el mundo conocido es que nosotros nacemos con una capacidad tan importante como molesta, la libertad, que no es otra cosa que la capacidad de tomar nuestras propias decisiones. Decía que es importante porque, en cierta medida, nos permite elegir nuestra vida y modelarnos a nosotros mismos; molesta porque, al mismo tiempo, nos hace tener que cargar con las consecuencias de nuestros actos y nuestras elecciones.
Y así, una vez puestos en el mundo, libres y ya creciditos, nos pasamos el día decidiendo qué comer, cómo vestir, con quién hablar, qué hacer… Pero, afortunadamente, para cuando llegamos a esta situación de relativa independencia, somos adolescentes y ya contamos con un ramillete de destrezas, cierto estilo de vida y una incipiente personalidad.
Aunque tomar decisiones es un proceso fatigoso y difícil, con el paso del tiempo, acaba convirtiéndose en un hábito, incluso inconsciente.
Ningún ser humano aguantaría la batalla y el desgaste emocional y mental que conllevaría toda decisión concienzuda: análisis de las circunstancias de partida, análisis de las distintas posibilidades reales, análisis de los pros y contras y valoración de las consecuencias. Así que esa tarea ardua y difícil la reservamos para los asuntos verdaderamente importantes de la vida, como cuando te planteas: ¿Voy a cursar estudios superiores? ¿Cuáles? ¿Compartiré mi vida con una pareja? ¿Cómo? ¿Será una unión de hechos o una unión legal con testigos y todo? Y, sobre todo, ¿con quién?
En estas situaciones, no escatimamos esfuerzos y le damos mil vueltas hasta quedar exhaustos. Para decidirnos, tenemos en cuenta nuestras preferencias, nuestros valores y nuestro estilo de vida. Y, cuando por fin tomamos nuestra determinación, tenemos casi el convencimiento y la esperanza de que estamos acertando, y solo queda un pequeño gusano que se empeña en bailar en el estómago, insinuando que podríamos estar equivocando nuestra vida.
Para nuestro consuelo, casi todas nuestras decisiones tienen vuelta atrás. Podemos dejar la carrera elegida y cambiarnos a otra, incluso podemos abandonar nuestros estudios totalmente y dedicarnos al pastoreo de cabras. Y todo esto lo podemos hacer antes o después de divorciarnos o de romper nuestra pareja de hecho. En cierta medida, el fracaso era algo con lo que, en el fondo, contábamos. Era una posibilidad no deseada, pero tan posible como el éxito.
¿Pero qué sucede con esas decisiones que, en apariencia, son irrelevantes y, sin embargo, dirigen nuestra vida? ¿Decisiones irrelevantes y transcendentes no son una contradicción? No, no lo son. Hay decisiones aparentemente inocuas e insustanciales, como la primera vez que estás con un grupo de amiguetes de tu edad, que, en ese caso, suelen rondar los trece añazos, y decides fumarte tu primer cigarro. Y, ya se sabe, cuando uno decide fumarse su primer cigarrito, no es que se esté diciendo a sí mismo “Sí, sí, he decidido hacerme enfermo crónico de las vías respiratorias y comprar muchos números para la rifa de un cáncer de pulmón”. De la misma manera, cuando, con la misma edad, decidimos tomar nuestra primera copa, no estamos decidiendo tener el privilegio de formar parte de la asociación de alcohólicos anónimos como miembros de pleno derecho; o, cuando alguien se fuma su primer porro, seguro que no está pensando en ahorrarse la odiosa hipoteca e irse a vivir gratis en las casas de “proyecto hombre”.
Estoy segura de que nadie toma ese tipo de decisiones, pero estoy también segura de que el segundo cigarro, el tercer porro y la copa número setenta y seis son decisiones que se toman de la misma manera que las primeras, solo que con más maestría, más inconscientemente y como un hábito.
¿Qué pasaría si alguno de los habitantes de esas casas no hubiera fumado nunca, ni hubiera probado nunca esas sustancias que, con pocos miligramos, prometen la felicidad? Quizás ese billete que un día decidieron tomar, sin darse apenas cuenta, con destino al paraíso no les hubiera llevado al infierno de haber sido conscientes de que hay decisiones con piel de oveja y corazón de lobo.
Cuando decidas, hijo, mira a tu decisión directamente a los ojos y no te dejes llevar por la suavidad de su piel.
Mati Morata Noviembre 2010 https://cuentosconcorazon.blogspot.com
|