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{"id":9199,"date":"2011-12-27T00:00:42","date_gmt":"2011-12-26T23:00:42","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/BLOG\/?p=9199"},"modified":"2011-12-25T23:05:58","modified_gmt":"2011-12-25T22:05:58","slug":"la-ultima-leyenda-de-cordoba-por-jose-fernandez-belmonte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/BLOG\/la-ultima-leyenda-de-cordoba-por-jose-fernandez-belmonte\/","title":{"rendered":"La \u00faltima leyenda de C\u00f3rdoba. Por Jos\u00e9 Fern\u00e1ndez Belmonte"},"content":{"rendered":"<p><img decoding=\"async\" class=\"alignleft\" style=\"margin-top: 20px; margin-bottom: 20px; border: 0px;\" src=\"https:\/\/canal-literatura.com\/BLOG\/fotos\/cordoba-Jfer.jpg\" alt=\"\" \/><\/p>\n<p>Mucha gente pensar\u00e1 que todo cuanto voy a relatar, a continuaci\u00f3n, es fruto de mi desenfrenada imaginaci\u00f3n, pero me gustar\u00eda que me brindar\u00e1n un margen de confianza y, por una vez, creyeran en m\u00ed.<br \/>\nTodo sucedi\u00f3 el pasado s\u00e1bado en la noche. Hab\u00edamos llegado, mi esposa y yo, al cuarto del hotel, en plena juder\u00eda de la Medina de C\u00f3rdoba, cuando echamos en falta mi tel\u00e9fono m\u00f3vil. Ya era bastante tarde. La neblina cubr\u00eda la milenaria ciudad y una luz tenue, proveniente de sus t\u00edpicos faroles, impregnaba de misterio las estrechas y empedradas callejuelas de la vieja ciudad \u00e1rabe.<br \/>\nAbrig\u00e1ndome todo lo que pude, sal\u00ed en direcci\u00f3n a las afueras del recinto amurallado en busca de mi coche con la intenci\u00f3n de recuperar mi tel\u00e9fono, del que, desgraciadamente, no puedo separarme nunca.<br \/>\nEl h\u00famedo suelo estaba formado por un sinf\u00edn de guijarros, m\u00e1s adecuado, quiz\u00e1s, para el trotar de los caballos que para el caminar de las personas. Me fij\u00e9 en sus estrechos callejones, en lo sinuoso de su trazado, en sus paredes encaladas y en los portones centenarios y majestuosos que dan acceso a palacetes de familias nobles, cuya historia, en la mayor\u00eda de los casos, se remonta a la oscura y triste \u00e9poca de la reconquista y, tras ello, a la expulsi\u00f3n de los musulmanes y los jud\u00edos que cambi\u00f3 la historia de la ciudad para siempre.<br \/>\nHe de reconocer, en cierto modo, que mi mente se hallaba sugestionada por el hechizo de la ciudad, embelesado en su nocturna y solitaria belleza, cuando, de entre las sombras, surgi\u00f3 a lo lejos, la figura de una extra\u00f1a mujer que pronto comenz\u00f3 a pronunciar mi nombre como si me conociese de toda la vida. Aunque no soy muy dado a tales excesos de confianza, me par\u00e9 a escuchar lo que dec\u00eda:<br \/>\n-Jos\u00e9, Jos\u00e9, ven por favor, necesito tu ayuda &#8211; dijo tute\u00e1ndome aquella mujer que, ataviada con un vaporoso vestido, hab\u00eda salido del Callej\u00f3n de la Luna.<br \/>\nSin dudarlo, dando rienda suelta al caballero -de la oronda figura- que llevo dentro, me dirig\u00ed hacia el callej\u00f3n por donde se hab\u00eda adentrado la misteriosa dama, cuyo vestido me result\u00f3 mucho m\u00e1s antiguo, si cabe, que los que se compran a precio de saldo en los modernos outlet.<br \/>\n-Jos\u00e9, Jos\u00e9, por aqu\u00ed, ven raudo, por favor &#8211; volvi\u00f3 a chillar la se\u00f1ora, mientras su silueta se difuminaba entre las sombras de una callejuela contigua.<!--more--><br \/>\nSin saber por qu\u00e9, decid\u00ed seguirla. Por momentos me sent\u00eda m\u00e1s confundido y angustiado entre aquel laber\u00edntico entramado de origen Omeya. Era poco m\u00e1s de la una de madrugada y me extra\u00f1\u00f3 no encontrarme con nadie por aquel barrio donde los jud\u00edos vivieron sus \u00faltimos d\u00edas en C\u00f3rdoba antes de su forzado \u00e9xodo hacia el norte de \u00c1frica.<br \/>\n-Estoy aquiii\u00ed, s\u00edguemeee\u00e9, ya casi llegaaaamos -dijo la misteriosa mujer adentr\u00e1ndose por un callej\u00f3n a\u00fan m\u00e1s estrecho que todos los dem\u00e1s.<br \/>\nEntr\u00e9, con m\u00e1s miedo que ganas de cenar, por aquel angosto callej\u00f3n, el cual, a mitad de su recorrido se estrechaba dram\u00e1ticamente. Pens\u00e9, de manera espont\u00e1nea qu\u00e9, un obeso norteamericano adicto a mcdonald\u00b4s se habr\u00eda quedado all\u00ed atrapado de haber intentado perseguir a tal escurridiza f\u00e9mina. Yo consegu\u00ed pasar por la estrechez, a duras penas, y continu\u00e9 con la persecuci\u00f3n de aquel espectro vestido de tul. Me encontr\u00e9, sin saber si ten\u00eda o no relaci\u00f3n con aquel enigma, una zapatilla Converse de peque\u00f1o tama\u00f1o, lo que me hizo suponer que podr\u00eda ser de una chica joven, pero al no encontrarle relaci\u00f3n al objeto con mi perseguida la dej\u00e9 en su sitio por si su despistada propietaria regresaba a buscarla.<br \/>\nMi sorpresa fue may\u00fascula cuando, unos pocos metros m\u00e1s adelante, el callej\u00f3n se ampliaba para acoger, caprichosamente, a un limonero que se mostraba rebosante de molludos y olorosos limones. Tras \u00e9l, un soberbio muro con un vieja puerta cerrada con un oxidado candado daba por finalizado aquel laberinto, sin dama ni fauno. Enganchado a una rama del resguardado limonero, como si fuese una se\u00f1al del m\u00e1s all\u00e1, encontr\u00e9 un pa\u00f1uelo arabesco que al acercarme a mi prominente nariz me brind\u00f3 un dulce olor a jazm\u00edn.<br \/>\nDe esa guisa, con el enigm\u00e1tico pa\u00f1uelo arrimado a mi napia, regres\u00e9 compungido sobre mis pasos. De pronto, escuch\u00e9 un grito que casi me provoc\u00f3 un ictus:<br \/>\n-\u00a1Oye colega! Hip \u00bfHas visto por ah\u00ed una zapatilla? Hip -me pregunt\u00f3 una chica que parec\u00eda haber ingerido, al menos, una arroba de calimocho.<br \/>\n-S\u00ed, joven, aqu\u00ed est\u00e1 -le dije mientras me agachaba a cogerla del suelo.<br \/>\n-P\u00f3nmela, hip, colega, que si me agacho me caigo, tronco, hip -dijo la jovencita.<br \/>\nTonto de m\u00ed, me puse a complacer a la adolescente, como antes me dio por perseguir a aquella misteriosa se\u00f1ora del vestido vaporoso de color blanco isabelino, con la desdicha de que la intoxicaci\u00f3n et\u00edlica que llevaba la puber le provoc\u00f3 -mientras yo ajustaba la Converse a su apestoso y ennegrecido calcet\u00edn- un tumultuoso v\u00f3mito, el cual, me impregno, completamente, con una mezcla f\u00e9tida de calimocho, salmorejo y restos magros de dudosa procedencia y condici\u00f3n.<br \/>\nCuriosamente, al salir de aquel callej\u00f3n muerto de asco, le\u00ed sorprendido un letrero que pon\u00eda: Callej\u00f3n del pa\u00f1uelo.<br \/>\nAs\u00ed fue como regres\u00e9 al hotel, con la fortuna de que mi esposa, que tiene tan f\u00e1cil el dormir como el comer, estaba ya durmiendo a pata suelta.<br \/>\nAprovechando la coyuntura que me brindaba su sosiego, me desnud\u00e9 a la velocidad del rayo, met\u00ed la vomitada ropa en la bolsa de la tintorer\u00eda que siempre hay en los armarios de los hoteles, que todo el mundo usa para meter la ropa sucia, y, visti\u00e9ndome de nuevo a la misma velocidad, sal\u00ed de la habitaci\u00f3n, con la apestosa bolsa en la mano, en direcci\u00f3n a un contenedor de basuras.<br \/>\nCuando me hallaba levantando la tapa de aquel met\u00e1lico basurero, escuch\u00e9, de nuevo, la misteriosa voz femenina que me reclamaba:<br \/>\n-Jos\u00e9, Jos\u00e9, ven, ay\u00fadame por favor -dijo insistente la mujer.<br \/>\nAh\u00ed fue cuando -disc\u00falpenme mis queridos lectores- tuve que decirle a aquella pu\u00f1etera se\u00f1ora, perdiendo un poco la compostura:<br \/>\n-\u00a1Qu\u00e9 te ayude tu puta madre, mi ni\u00f1a! -le respond\u00ed con cierto toque andaluz.<br \/>\nAs\u00ed fue como sucedi\u00f3 todo. A buen seguro que muchos lectores dir\u00e1n que nada de todo esto sucedi\u00f3. De cualquier manera les aconsejar\u00eda que, si vienen a pasar unos d\u00edas de vacaciones a alguno de los numerosos hoteles o pensiones que hay dentro de la antigua Medina de C\u00f3rdoba, lleven mucho cuidado con la Se\u00f1ora de las Sombras, odia tanto a los turistas como odi\u00f3, en su d\u00eda, a la Santa Inquisici\u00f3n.<\/p>\n<p><strong><\/strong><a href=\"https:\/\/canal-literatura.com\/BLOG\/\" target=\"_blank\"><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/BLOG\/fotos\/mono8.jpg\" alt=\"\" align=\"right\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>Jos\u00e9 Fern\u00e1ndez Belmonte<\/strong><br \/>\n<a href=\"http:\/\/jfbmurcia-mividaenfotos.blogspot.com\/2011\/12\/la-ultima-leyenda-de-cordoba.html\" target=\"_blank\">Blog del autor<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mucha gente pensar\u00e1 que todo cuanto voy a relatar, a continuaci\u00f3n, es fruto de mi desenfrenada imaginaci\u00f3n, pero me gustar\u00eda que me brindar\u00e1n un margen de confianza y, por una vez, creyeran en m\u00ed. Todo sucedi\u00f3 el pasado s\u00e1bado en la noche. Hab\u00edamos llegado, mi esposa y yo, al cuarto del hotel, en plena juder\u00eda de la Medina de C\u00f3rdoba, cuando echamos en falta mi tel\u00e9fono m\u00f3vil. Ya era bastante tarde. La neblina cubr\u00eda la milenaria ciudad y una luz tenue, proveniente de sus t\u00edpicos faroles, impregnaba de misterio las estrechas y empedradas callejuelas de la vieja ciudad \u00e1rabe. 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