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{"id":623,"date":"2008-12-13T00:00:53","date_gmt":"2008-12-12T23:00:53","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/BLOG\/?p=623"},"modified":"2008-12-12T22:55:20","modified_gmt":"2008-12-12T21:55:20","slug":"la-tejedora-de-vientos-por-isabel-ali","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/BLOG\/la-tejedora-de-vientos-por-isabel-ali\/","title":{"rendered":"La tejedora de vientos. Por Isabel Ali"},"content":{"rendered":"<p><img decoding=\"async\" hspace=\"20\" src=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/BLOG\/fotos\/tejedora.jpg\" align=\"right\" border=\"0\"  \/><\/p>\n<p>Todas las ma\u00f1anas la tejedora de vientos se sienta bajo el sauce, para ovillar los vientos que sus trampas apresan durante la noche. Engancha, con prolijidad, el extremo final de un viento con el inicio de otro. Apretando los filamentos entre sus yemas y retorci\u00e9ndolos, hasta que se unifican en una fibra que se prolonga un par de kil\u00f3metros. <\/p>\n<p>Unas veces son brisas del norte, c\u00e1lidas y rojizas como briznas de fuego, que le entibian las manos mientras las enrolla. Otras veces, son ventiscas del sur, frescas y turqu\u00edes como el lapisl\u00e1zuli, que resbalan entre los dedos cual chispitas de escarcha. Pero los ovillos m\u00e1s bonitos son los que arma con las r\u00e1fagas que llegan desde el este, cuando los tornados se desarticulan sobre el mar y cruzan la costa para atravesar las pampas como una bocanada de aliento salado y multicolor, satinada por la caricia del crep\u00fasculo. No es com\u00fan que aparezcan por la zona y tampoco es f\u00e1cil atraparlas entre las ramas del sauce llor\u00f3n. Por eso, cuando encuentra alguna, se alegra presintiendo una fiesta. Y la alegr\u00eda perdura muchas horas despu\u00e9s de tejerla cent\u00edmetro a cent\u00edmetro hasta convertirla en un hermoso manto.<\/p>\n<p>Sus \u00fanicas herramientas son dos agujas de madera de algarrobo, pulidas por el uso constante, que guarda en una caja llena de p\u00e9talos lozanos. Por eso sus mantos huelen a madreselvas, a violetas, a jacintos, a lirios y manzanillas que la tejedora recolecta durante sus caminatas hacia el Salto del Tigre, bordeado por yerbabuena, en donde tambi\u00e9n cuelga trampas para aprisionar el resuello verde del monte.<\/p>\n<p>Luego de la recolecci\u00f3n y el hilado, cuando el sol cae impiadoso sobre el jard\u00edn, la tejedora emprende la delicada labor de combinar colores y texturas. Eligiendo hebras de cada ovillo y urdiendo una trama que rebose armon\u00eda y belleza. Los mantos son tan livianos que aunque tome semanas terminarlos, apenas pesan como un par de plumas de colibr\u00ed. Por eso no le resulta dif\u00edcil juntar cinco o seis y cargarlos, una vez por mes, hasta la cima del Cerro Azul. All\u00ed, entre gigantescos rizos de niebla y a\u00f1ejos piquillines, vive el azuzador de melod\u00edas. \u00c9l toma cada manta y la sacude vigorosamente en las alturas. Hasta que el tejido se transparenta como una gota de roc\u00edo y fluye sobre los caser\u00edos de los alrededores buscando meterse en la barriga de un tambor, en el ombligo de una guitarra, en la garganta dulzona de una flauta, en las fauces morenas de un viol\u00edn o en los mofletes de una maraca. Y, asilado en el interior de un instrumento, el tejido trasl\u00facido espera que el m\u00fasico lo impulse, pulsando las notas misteriosas que tararear\u00e1n las mujeres y los hombres mientras cosechan el ma\u00edz y los zapallos. Cadencias que se convertir\u00e1n en coplas una vez que, de tanto corearlas, alguien les ensamble versos que proclamen los sentimientos m\u00e1s profundos y verdaderos.<\/p>\n<p>Y entre tanto los trabajadores canturrean llenando los canastos con mazorcas de oro y calabazas pulposas, el azuzador de melod\u00edas se asoma a la ventana, empujando con la mano las espirales de neblina, para que el sonido de las voces le llegue di\u00e1fano y poderoso como un himno.<\/p>\n<p>Pero la tejedora no descansa hasta que la noche inviste el horizonte de El Guaico con su terciopelo violeta sembrado de lentejuelas celestes y escarlatas, despu\u00e9s de revisar las trampas que penden del sauce y de guardar las agujas en la caja. Asegur\u00e1ndose de que las coplas que el pueblo cantar\u00e1 en los pr\u00f3ximos tiempos nacer\u00e1n aromadas de flores oriundas de la misma tierra que concede sus frutos a los cosechadores.<\/p>\n<p><em>Finalista en el Segundo concurso literario de cuento revista Archivos del sur \u201cLeyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente\u201d, 2008, Buenos Aires, Argentina.<\/em> <\/p>\n<p><em><strong>Isabel Ali<\/strong><\/em><br \/>\n<a href=\"http:\/\/www.isaali.com.ar\/\"target=\"new\">Blog de la autora<\/a><br \/>\n<img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/BLOG\/fotos\/mono7.jpg\" align=\"right\" \/><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Todas las ma\u00f1anas la tejedora de vientos se sienta bajo el sauce, para ovillar los vientos que sus trampas apresan durante la noche. Engancha, con prolijidad, el extremo final de un viento con el inicio de otro. 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