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{"id":3802,"date":"2010-04-23T00:00:20","date_gmt":"2010-04-22T22:00:20","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/BLOG\/?p=3802"},"modified":"2010-04-21T10:48:48","modified_gmt":"2010-04-21T08:48:48","slug":"el-buitre-por-dorotea-fulde-benke","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/BLOG\/el-buitre-por-dorotea-fulde-benke\/","title":{"rendered":"EL BUITRE. Por Dorotea Fulde Benke"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/canal-literatura.com\/BLOG\/wp\/wp-content\/uploads\/2010\/04\/Cartera.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-thumbnail wp-image-3803 alignleft\" title=\"Cartera\" src=\"https:\/\/canal-literatura.com\/BLOG\/wp\/wp-content\/uploads\/2010\/04\/Cartera-150x150.jpg\" alt=\"\" width=\"150\" height=\"150\" \/><\/a><\/p>\n<p>Al pasar del bochorno oto\u00f1al de la calle a la penumbra refrigerada del vest\u00edbulo, el viejo periodista sufri\u00f3 un leve mareo. Agarrando con fuerza su desgastada cartera de cuero marr\u00f3n, avanz\u00f3 hasta uno de los ascensores y puls\u00f3 repetidas veces el bot\u00f3n de llamada. Not\u00f3 c\u00f3mo el sudor le bajaba por la espalda; los latidos del coraz\u00f3n le retumbaban en la garganta y en las sienes. En un intento de sobreponerse, consider\u00f3 con un amago de sonrisa la posibilidad de morir fulminado por un infarto mientras amenazaba al due\u00f1o del peri\u00f3dico con la publicaci\u00f3n del contenido escandaloso de los documentos que llevaba, pero la presi\u00f3n en el pecho y la sequedad de su boca eran demasiado reales para que la idea le resultase divertida. Respirando con dificultad, agradeci\u00f3 la distracci\u00f3n aportada por el tintineo met\u00e1lico que anunci\u00f3 la llegada del ascensor, y se apart\u00f3 lo imprescindible de la puerta para que saliera la marea de camisetas deportivas y vaqueros deste\u00f1idos de un grupo de quincea\u00f1eros que ven\u00edan de visitar la editorial. Luego entr\u00f3 como uno de los primeros en la espaciosa cabina donde, evitando la mirada del ascensorista de siempre, se coloc\u00f3 al fondo y apoy\u00f3 la espalda contra el espejo ahumado. No quer\u00eda hablar con nadie, y evitar\u00eda cualquier encuentro con los compa\u00f1eros de antes, cualquier motivo que pudiera retrasar su cita con el director. El ascensor se iba llenando: la mayor\u00eda eran varones de mediana edad, o sea, m\u00e1s j\u00f3venes que \u00e9l, trajeados sin convicci\u00f3n, algunos sudados, como constat\u00f3 con cierta satisfacci\u00f3n, y todos callados, agobiados, con la mirada estresada que da la necesidad diaria de superarte a ti mismo y a quien tu jefe te ponga por delante.<\/p>\n<p>Cerradas las puertas, el ascensor se puso en movimiento y par\u00f3 en la primera planta, la de las rotativas, sin que nadie se bajase. Por un instante, el aire ol\u00eda a imprenta y \u00e9l sinti\u00f3 la tentaci\u00f3n de ir a ver a los muchachos, los mec\u00e1nicos, gente honesta, trabajadores que se esforzaban todos los d\u00edas por cumplir, pero sab\u00eda que le iban a liar entre una cerveza y cuatro an\u00e9cdotas de otros tiempos. Y \u00e9l no dispon\u00eda de eso, de tiempo. Estaba convencido de que el Buitre, flamante redactor jefe, a quien \u00e9l mismo hab\u00eda ense\u00f1ado lo mucho que sab\u00eda, le estaba pisando los talones para arrebatarle las pruebas de los sobornos, los documentos acerca de falsas identidades y montajes vergonzosos, aunque no fuera para su publicaci\u00f3n precisamente.<\/p>\n<p>En la parada siguiente, que el ascensorista anunci\u00f3 con un mascullado \u201cContabilidad\u201d, se bajaron varias personas, entre ellas la secretaria del director de recursos humanos, que seguramente no le hab\u00eda visto. Cuando a\u00f1os atr\u00e1s entr\u00f3 a trabajar en el peri\u00f3dico, era una chavalita insegura que echaba horas extras para hacer m\u00e9ritos, aunque luego descubriera v\u00edas m\u00e1s amenas de puntuar con sus superiores. A la salida de una fiesta de la empresa, lleg\u00f3 a insinu\u00e1rsele a \u00e9l mismo, entonces redactor jefe, pero \u00e9l, consciente de los m\u00e1s de treinta a\u00f1os que le llevaba, la acompa\u00f1\u00f3 a su casa sin propasarse. Despu\u00e9s empezaron a llamarle \u2018marica\u2019 y \u00e9l, entre sorpresa y disgusto, tard\u00f3 unos cuantos d\u00edas en descubrir la fuente de aquellos rumores.<\/p>\n<p>En el fondo de la cabina, donde estaba atrincherado, ya hab\u00eda algo m\u00e1s de sitio y aprovech\u00f3 para mirarse en el espejo. No le gust\u00f3 el deterioro f\u00edsico que ve\u00eda: un hombre de unos sesenta a\u00f1os, enclenque y delgado, de cara tan p\u00e1lida que parec\u00eda amarillenta, y con protuberantes venas en las sienes que se mov\u00edan al ritmo de su pulso irregular y agitado. De nuevo le distrajo el sonido que avisaba la parada del ascensor. Estaban en su planta, en la de las redacciones, y conoci\u00e9ndose de memoria despachos y salas, esquinas y recovecos, cerr\u00f3 los ojos y se imagin\u00f3 c\u00f3mo redactores y visitantes andar\u00edan a lo largo de los pasillos enmoquetados con sus luces indirectas y pinturas modernas, dirigi\u00e9ndose unos a Local y otros a Sucesos o a Exterior. Cuando volvi\u00f3 a mirar, las puertas acababan de ocultar silenciosamente, como el tel\u00f3n de un teatro, el escenario de su vida durante treinta a\u00f1os, y se dio cuenta de que se hab\u00eda quedado a solas con el ascensorista quien le sonre\u00eda cort\u00e9smente porque le hab\u00eda reconocido.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfA Direcci\u00f3n? \u2013le pregunt\u00f3, y \u00e9l inclin\u00f3 la cabeza sin contestar porque no pudo hablar. Intent\u00f3 mover la boca y quiso tragar, pero no lo consigui\u00f3; ten\u00eda las mand\u00edbulas agarrotadas y la saliva se le hab\u00eda convertido en una espesa pasta que sab\u00eda a hierro. Sinti\u00f3 que el peso de su cabeza iba a desequilibrarle, y levant\u00f3 ambas manos para sujetarla y aliviar el terrible tir\u00f3n que notaba en nuca y hombros. Pero no sirvi\u00f3 de nada: el ascensor, que se mov\u00eda con violentas sacudidas, bajaba en ca\u00edda libre, y el suelo se abalanz\u00f3 sobre \u00e9l.<\/p>\n<p>\u2013Llame una ambulancia, P\u00e9rez, \u2013dijo el reci\u00e9n nombrado redactor jefe en la planta de direcci\u00f3n al ascensorista, \u2013que ya me encargo yo de la cartera del se\u00f1or.<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/BLOG\/fotos\/mono2.jpg\" alt=\"\" align=\"right\" \/><\/p>\n<p><em><strong>Dorotea Fulde Benke<\/strong><\/em><br \/>\n<a href=\"http:\/\/doroteafuldebenke.blogspot.com\/\" target=\"new\">Blog de la autora<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Al pasar del bochorno oto\u00f1al de la calle a la penumbra refrigerada del vest\u00edbulo, el viejo periodista sufri\u00f3 un leve mareo. Agarrando con fuerza su desgastada cartera de cuero marr\u00f3n, avanz\u00f3 hasta uno de los ascensores y puls\u00f3 repetidas veces el bot\u00f3n de llamada. 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