
Para Araceli, por su corazón salvaje,
y para Rogelio, por inventar finales hermosos
Ella se quitaba
la camiseta con
pudor
(bueno, eso era
sólo al principio).
Él organizaba
la tecnología:
vuelca el asiento
atrás,
ten cuidado con
la palanca de
marchas y
ponte sobre
mí, que
estarás más
cómoda.
Las linternas
de la guardia
civil
les bajaron
el radio del iris y
la libido:
chicos,
es peligroso
este sitio,
les dijo
el del
bigote.
Y ella,
medio desnuda y
con esa ternura
que siempre
lo desarmaba,
le preguntó
desvergonzada pero
niña:
¿me puede
usted indicar
(por favor)
un carril
más seguro
por aquí?

Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»
Blog de la autora
