
Mi abuela me llama “tesorillo” y me ha dicho al oído que soy un cachito de cielo, por eso estoy tan contenta en la foto.
El mes que viene cumpliré dos años y ya tengo que ir pensando en cambiar los pañales por el orinal; la cuna por la camita y el cochecito de paseo por el de San Fernando (un ratito a pie, otro andando…, y el resto en brazos). También necesito un cepillo de dientes nuevo, no porque esté usado, sino porque me compraron uno para que me familiarizara y nos hemos hecho inseparables; hasta limpio los zapatos de mi padre con él.
Dice mi abuela que como ya no pintorreo las sillas con el lápiz, ni le abro el cubo de la basura al perro para que coma lo que quiera a escondidas, pues que me hará un bonito regalo de cumpleaños; sospecho que será un cuento o algo didáctico (mi abuela es así).
No voy a hacer tarjetas fashion anunciando el evento, ni reservar sitio en ninguno de esos locales donde te montan unos cumpleaños de ensueño. Yo prefiero pasar el día en casa, con mis amiguitos, enseñarles mi cuarto y ver alguna peli de muñecos. Mi madre nos preparará una papilla de fruta, unos batidos con pajita y unos globos de colores. También podemos hacer pompas de jabón y correr tras ellas por el piso, o bajarnos al jardín de la urbanización y revolcarnos en el césped. Yo creo que no hace falta mucho para pasarlo bien. He puesto una condición a mis invitados, que no traigan regalos. Mi madre ya no sabe dónde meter tanto juguete, así es que… sería un derroche.
Bueno, voy a mirar el calendario otra vez; ya falta muy poquito. No se cumplen dos años todos los días. Dicen que nací el 10 de septiembre, a eso de las seis de la tarde y que mi abuela montó un pollo gordo porque ya habían pasado tres horas y no la habían dejado subir al “nido” para verme, mientras que otras familias sí que habían visto a sus niños. Y que, cuando asomé tras la mampara como un lechoncillo rojo e indefenso, mi abuela se besó los dedos y los pegó al cristal, mientras yo hacía mohines de queja porque todavía no me había acostumbrado al mundo. Luego, mi abuela se sonó la nariz y atravesó el pasillo en silencio con los ojos mojados. Seguro que se había resfriado, porque es muy bruta; dijo que no se movía de allí hasta que yo naciera y así lo hizo. Después de dos días enteros deambulando por los pasillos del hospital, por fin mi abuela y yo nos conocimos hace dos años (ya mismo).
texto y foto: Mercedes Martín Alfaya
(www.tallerliterario.net)


Una ya tiene la gana puesta en los nietos venideros, que a
Muchas gracias, futura abuela (ya ver
Jamas pense que me podria sentir asombrado.. de poder escuchar las palabras de una Ni
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