Contigo aprendí. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Saénz de Tejada

A veces construyes un poema que sirve para cerrar la puerta.
Pero fuerte,
muy fuerte.
Quizás luego (si es a un amor o a una amiga) la vuelvas a abrir pero seguro que en el umbral (y en ti) hay otra persona…

 

Nunca me gustó el vino rosado.
Lo mío no son las medias tintas.

 

Contigo aprendí

que el agua

para el té

no tiene

que hervir y

que invadir

el cerebro ajeno

–el espacio,

el amario y

el baño­–

es objeto

de dolor.

También,

que una hora

frente a una

botella de vino y

de tu voz,

construyen

un minuto eterno

de amor.

 

A tu lado cultivé

que dar

es mejor

que recibir

(aunque nunca

lo entiendas),

que las personas

siempre piensan

de ti igual

que tú de

ellas y

que la poesía

es nuestra

penitencia más

dulce.

 

Contigo,

me abrí

como una verdad.

Aunque luego,

de tanta sinceridad,

me cerré.

Eso sí,

aprendiendo a

entender y

mancillada

de

dolor

-y sabiendo

que la botella

de vino

se agotó-.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

Tantas cosas… quisiera decirte. Por Mirtha Rodríguez

Tantas cosas… quisiera decirte…

y tan pocas palabras, salen de mi boca

deberías saber leer, en mis ojos

todos los sentimientos, que de allí brotan.

Tantas cosas…quisiera decirte…

con los pensamientos, tener el poder llamarte

lograr en mis sueños, poder abrazarte

y en la profundidad, de mis ojos

anhelo, eternamente guardarte

y con la mirada, poder adorarte.

Tantas cosas…quisiera decirte…

con el conmovedor silencio, de mis palabras

y en el turbulento murmullo, de mis silencios

con un corazón roto, que quiere gritar tu nombre

y que por temor, dolor, cobardía…calla.

Asociación Canal Literatura

 

Mirtha Rodríguez
Argentina

Tranki pap@s. Por Maite Diloy (Brisne)


«El mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad. Albert Einstein»

Esto no es literatura. Es un manual dedicado a los padres para conocer los peligros de Internet sobre todo en la relación que nuestros hijos tienen con la red. Y los peligros que ésta encierra. Ya, ya sé que son pocos o eso nos creemos. Desde que se han puesto de moda las redes sociales todos ponemos datos personales, lo que pensamos, incluso fotos de nuestras casas en el facebook, o contamos cómo nos sentimos en cualquier momento en twitter. Perdemos parte de nuestra intimidad, pero ganamos otras cosas. Contacto con gentes que tienen nuestras mismas aficiones, dar a conocer nuestras opiniones e interactuar con otros.
Internet es estupendo, no hace falta que yo les diga lo bueno que es, pero en su interior también hay monstruos, sobre todo gentes que acosan a nuestros hijos, que buscan enamorarlos, encapricharlos para conseguir vídeos de contenido sexual, para chantajearlos.
Y otras cosas que no conocía, el ciberbulling, niños que se dedican a acosar a sus compañeros de clase soltando bulos en la red. Una versión del chascarrillo y el cotilleo que antes se hacía en los pasillos ahora se hace directamente en el muro de facebook.
Es un buen manual para conocer los peligros a los que se enfrentan nuestros hijos. Pero yo me he quedado con otra cosa, en la falta de intimidad a la que renunciamos porque queremos. Y a que cualquiera que no conocemos puede acceder a lo que publicamos en la red. Quienes como yo, hace años sabíamos de esos peligros cuidamos bien nuestra intimidad, quizá incluso de un modo un tanto histérico pero en mi experiencia personal sé de peligros y acosos a los que muchos con los que he charlado en salas de chat han sido cometidos y ante el pelado de las barbas del vecino he optado por guardar cierta intimidad, no por nada, sino porque muchas veces no sabes quién es el que se oculta bajo un perfil o un nick que puede ser amable pero acabar siendo un auténtico lobo con piel de cordero.
Ahora mi dilema es otro, al ver a mis hijas crecer. Saber explicarles que no todo es lo que parece es complicado y al igual que en la calle acechan peligros también lo hacen en la red. Tenemos que ser capaces de explicárselo y confiar en ellos, porque eso hacemos cuando salen a la calle. Y eso, es tarea de todos.

 

Maite Diloy (Brisne)
Colaboradora de Canal Literatura en la sección “Brisne Entre Libros
Blog de la autora

Las muñecas también son para los niños. Por José Carlos Morenilla Rocher

Sucedió en Valencia. Pablo y Ana son padres de tres niños. Sandra la mayor ya tiene 5 años. Es una niña alegre y algo revoltosa. Este año ha empezado a acudir a clase. Todavía no estudia nada importante, pero ya sabe comportarse cuando sus padres no están presentes. Pablito con sus tres años y medio, que a esa edad los medios años cuentan, es un niño despierto que siempre está pendiente de lo que hace su hermana. Un poco celoso de los mimos, lo está pasando mal porque ahora, además, tiene la competencia del pequeñín, en el cariño de sus padres.

Papá hoy ha terminado su trabajo un poco antes. En realidad, después de una tediosa comida de trabajo ha decidido no volver al despacho. De algo ha de valer ser el arquitecto estrella de su empresa. Hoy tiene necesidad de estar junto a su creciente y feliz familia. Mientras Ana arregla al bebé en su cochecito, Pablo viste a su hijo y le va haciendo comprender que pronto el también tendrá que acudir y quedarse sólo en el cole, como Sandra, a la que ahora van a ir a recoger.

A la salida del colegio, Sandra está encantada. Hoy han venido todos a buscarla. La profesora se acerca a ellos y les cuenta lo bien que se ha portado en clase, y eso aún la hace más feliz. Pablito asiste al ritual un poco serio. De vuelta a casa pasan, como cada día, por la puerta de la tienda de las gominotas y los juguetes. Hoy Sandra se encuentra con más decisión para pedir a sus padres que le compren esa muñeca con trencitas que tanto le gusta. Ellos se miran y deciden que se lo ha merecido. La niña es feliz. Mientras sus padres pagan, Pablito se apropia de otra muñeca exactamente igual que la de su hermana. No, Pablito, las muñecas no son para ti. Si quieres te compro gominolas, le dice conciliador su padre. Pero Pablito no quiere. No quiere y no suelta la muñeca. Se la arrancan de las manos.

Ahora el bebé está en brazos de su madre que trata de calmar su desconsolado llanto. El padre empuja el cochecito y de la mano Pablito, Sandra, feliz, va dando esos saltitos que dan los niños, junto a su padres. El semáforo se pone verde y ellos empiezan a cruzar. La calle es muy ancha, con varios carriles en cada sentido. Sandra se adelanta con sus saltitos. Casi ha llegado a mitad de la calle. En la otra dirección, el coche circula a gran velocidad. Los padres, más que verlo, lo oyen, lo intuyen, lo sienten. ¡Sandra! ¡Sandra, para!. Pero Sandra no los oye y sigue cruzando la calle jugando con su muñeca. Cuando llega a la mediana, su padre que ya ha dejado el cochecito, corre tras ella sin esperanza, pero entonces la muñeca se le cae, y ella se detiene a recogerla. El coche cruza a gran velocidad sin atender al semáforo. Cuando Sandra se incorpora de recoger su muñeca, su padre está a su lado lívido.

Desandan el camino, y de nuevo en la tienda de juguetes, ante el estupor del dependiente, le compran su muñeca a Pablito.

Asociación Canal Literatura

José Carlos Morenilla Rocher
Blog del autor

El alma de la bestia. Por Mar Solana

    Adoro a los animales, esos seres peludos de cuatro patas, desde que recuerdo tener memoria y siento que ellos tienen una especial sintonía conmigo. Cuando cumplí siete años, mi hermana trajo a casa a una preciosa gata, Chispita, que convivió con la familia la friolera de catorce años; llegó en mi infancia y se marchó en la flor de mi juventud, compartió conmigo toda una etapa de la vida. Aún me conmuevo al evocar la imagen de toda la familia llorando como niños huérfanos cuando se murió, en brazos de mi hermana. Mi madre lo pasó tan mal que prometió no tener más animalitos en su vida (ahora tiene otra preciosa felina, Luna…). Así que esperé a ser dueña de mi espacio vital para tener a mi lado a más seres mágicos o ¿mascotas? Nunca entendí por qué llamamos así a los animales que adoptamos y entran a formar parte integral de nuestra familia; mascota es ese animalillo que llega con un enorme lazo rojo por Navidad y que en verano es abandonado en la primera cuneta porque en el hotelito con piscina está prohibida su presencia, o muere deshidratado porque olvidan ponerle agua. Un ser vivo con sentimientos y esa enorme entrega no-puede-ser-una-mascota. Mascota es un amuleto, un talismán, algo pequeño que se lleva encima para propiciar la buena suerte, ¿llamarías de esta manera a tu marido, esposa, hermano, o a tu propio hijo? Un animal al que adoptamos es un compañero en nuestro camino, es un miembro más de la familia, no es una “cosa” a la que podamos atribuir nuestras supercherías como a cualquier reliquia. El uso de amuletos es muy respetable, no lo estoy criticando, trato de expresar que un animal que “nos elije” para compartir la vida no es comparable a un fetiche,  es un ser vivo como nosotros y sólo por ello, le debemos más respeto que a nuestras propias supersticiones. Leer más

tremendo silencio. Por Fátima Ricón Silva

Fátima Ricón Silva

 

¡Silencio! Permite que hable el silencio,
cauto, quedo, lego, lúcido y tierno.
Escuchemos el rumor de una mirada
que nos recorre de arriba a abajo,
escuchemos el aliento de un gemido
que nos traspasa alado y ligero,
escuchemos una orquesta muda
cuyas lentas estridencias
nos acunan en el sosiego.
Más tarde, cuando nos entendamos,
hablamos, cuando descubramos el color del silencio.

 

Fátima Ricón Silva

Te doy las gracias…vida. Por Mirtha Rodríguez

Te doy las gracias…vida

por el despertar de cada mañana

por los reflejos de luz, tras la ventana

por el armonioso, trinar de los pájaros

por el perfume, que las flores emanan.

Te doy las gracias…vida

por apretar tu mano, cada mañana

por el calor, que me brinda tu alma

por el bello decir, de tu mirada

por el suave silencio, de tus palabras.

Te doy las gracias…vida

por compartir, lo que siente mi alma

expresar, la sensibilidad guardada

emocionarme, ante una mirada

poder abrazar, a la persona amada

y sentir por siempre, prisionera mi alma.

Asociación Canal Literatura

Mirtha Rodríguez
Argentina