Agonía del estío. Por Germán Gorraiz López

Agonía del estío

La hora sestea en la hamaca del mediodía y una brisa encendida dibuja inconclusas estelas de un boceto de tormenta.

Imperceptiblemente, cientos de manos han desparramado un tablero de cúmulos nimbados por el azul infinito y ya la atmósfera se abochorna sin remedio y los charcos transpiran por todos sus poros…

El sol enardecido arremete de nuevo contra las reminiscencias del verde e incendia los latidos de la tarde convirtiendo los campos en una amalgama de sudores y de jadeos de la sombra, pero la agonía es breve, pues densos nubarrones desandan ya sus pasos y el paisaje se hunde sin remedio en claroscuros.

Sin interrupción, se inmolan las últimas claridades en un mar de sombras y la tormenta avanza con las velas desplegadas. Mudas chispas recorren con celeridad un espacio de iones y un trueno herido aúlla su dolor al viento desatado.

Los relámpagos entrecortan sus silencios y la vida detiene la respiración…, luego, gruesos goterones desempolvan una  estación que desentumece lentamente sus amarillos mientras los rayos sucumben en lo alto y en un momento dado, el cielo muda su expresión y la tierra se embriaga de verde.

Murió el estío en mi corazón…

Germán Gorraiz López

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