
Hay momentos que no requieren de nada, sólo inspirar y expirar… detenerse un poco y salirse de la línea trazada del tiempo. No es momento de leer el libro en turno, ni de estudiar lo del seminario, ni de chatear, ni de bajar canciones, ni de tomar medicinas, ni de revisar tareas, ni de alguna actividad física, ni de llamar por teléfono, ni de ir al cine, recoger documentos de una baja de escuela, ir al banco, enfadarme con un cajero que no funciona, por el corto circuito del mini split o por saber si anda un ratero arriba del techo de mi casa, ni siquiera de planear el futuro. Nada, nada, nada. Nada que no sea enmudecer frente a un instante que contiene todos los instantes. Después… escuchar la “bendita” música que me regalo mi hermanito, ahhh, Love song, May it be, Enigma y otras. Después, pensar… pensar por qué soñé cuatro veces con el mismo sitio, por qué en el camino el taxista me platicó tantas cosas, que sentí unas ganas inmensas de cruzar otros mares y albergarme en otras tierras… y saber por qué mis decisiones aún no maduran.
Aún no me llega el recibo de luz, esa es otra causa para estar todavía tranquila. Aparte, tengo tres o cuatro meses de descanso antes de irme a Houston. ¡Fiu! Eso de alistar maletas siempre me hace perseguir autobuses hasta la curva Texas.
Todavía tengo tiempo para terminar de leer el libro que me prestó mi amiga, sobre la fenomenología de la muerte. Aunque ya estoy un poco mareada con el ello y el yo, los instintos, la melancolía y los mecanismos de defensa. ¿Porqué un ensayo tiende a repetir lo mismo tantas veces y de diferente forma con la finalidad de que nuestra mente lo acepte? Lo sé, es un ensayo, pero sucede que prefiero la practicidad. Siempre me ha gustado la Psicología, pero a veces creo que el psicoanálisis psicoanaliza hasta lo que no existe. De todas maneras pienso que este libro me seguirá abriendo puertas, así como otros que tengo en espera o algunos ya leídos. Puertas mentales que se abren y se cierran, puertas que sirven para entrar o para salir, para sacar a patadas o para entrar dando tumbos, puertas de todos los tipos y tamaños, nunca la puerta standard de home depot, con llaves y sin ellas, con picaportes o sin ellos, siempre puertas que definen rumbos o que no llevan a ningún lado, que cambian vidas, que contienen lo inesperado, que encierran, conducen o develan. Puertas que no se enojan, que no cobran, que no me exigen una respuesta forzosa, que no me restriegan nada en el alma.
Hace días estaba pensando en la melodía de Diego Torres que dice: “Es mejor perderse que nunca embarcar, mejor tentar a dejar de intentar”… No tengo motivos para arrepentirme sobre ciertas cosas vividas, sólo que me fue difícil entenderlo. Pasa que más de una vez nos hemos preguntado como Milán Kundera ¿Qué es mejor el peso o la levedad? Parménides optó por calificar de positiva a la levedad, Beethoven por el contrario decía que el peso era positivo, pues las decisiones de peso iban unidas a la voz del destino, dijo que sólo lo que es necesario tiene peso, sólo aquello que tiene peso vale, y de esta convicción nació su música. Entonces, la carga más pesada es la más intensa plenitud de la vida, a más pesada, más real y verdadera será. ¡Vaya sentido! He pensado mucho en esto, en las demás personas, sus vidas y la mía, como punto experimental sobre el peso y la levedad, sobre lo que siento y lo que sienten ellas, hay vidas que se vuelven más ligeras que una pluma, a veces más ligeras que el mismo aire, que son reales sólo a medias y sus movimientos son tan libres como insignificantes, como dice Kundera. Por lo que, pienso, ¿Cuántas veces la gente se abate en su levedad? ¿Cuántas veces nos quejamos del peso? El punto es que por séptima ocasión enfrentaré un hospital, entregaré a otra de mis hijas a un quirófano y sabré que mi vida tiene un gran sentido. Comeré galletas con queso chedar, probaré a menudo la pizza, cenaré a las cinco de la tarde, veré los edificios frente a la ventana del cuarto de juegos, pasearé por los pasillos del children`s hospital con chamarra porque soy de tierra caliente, disfrutaré el trenecito y la pecera de la recepción, la visita de los perros, las tardes de jugar bingo con mexicanos, el hot dog de en la mañana, y esa coca cola que sabe diferente, espero ver a Denisse nuestra enfermera favorita, al Dr. Barnes, a Miriam, el Sr. Fausto, Diana la encargada de foráneos, la radióloga, el fotógrafo, la terapista, los elevadores verdes y morados, los simulacros de incendios, los arbolitos del quinto piso y la ciudad bonita. Por supuesto la calidad humana de quienes trabajan dentro, el compañerismo entre pacientes de todas las nacionalidades, pero sobretodo, lo más importante, cada momento que compartiré con Madita, mi pequeña, la más pequeña, porque cada instante sin tiempo sabe a eternidad, porque cada pedazo de vida con sentido nos hace inmortales, porque pensando con locura ciertas corduras, quizá …nos volvamos extrahumanos.

Ángeles Nava Martínez
