
Enajenada en mi misma,
sentada en un oscuro rincón polvoriento,
con los ojos hundidos y patético semblante,
trato de acallar mi naturaleza.
Con brutalidad le he cercenado las alas,
pero sigue volando,
arrullando a la soledad con sus quejidos,
hablando con los cuerpos ausentes,
sollozando lagrimas secas,
sin comprender mi sórdida esencia,
huérfana de juicio.
Buscando entre la macilenta realidad,
fragmentos de cordura,
que se adhieran a mi existencia,
y le den sosiego a mi alma torturada.
Rogando amparo, me doy cuenta que, en el jardín de la incomprensión,
solo crecen flores marchitas,
con agrietadas hojas y olores muertos.
Dame tiempo, necesito que comprendas,
que esta magia que se alberga,
en mi estructura, se rehúse a extinguirse.
He intentado sosegar los gritos de su desesperanza,
y éstos se han hecho descomunales, grotescos he intimidantes.
No consigo redimir mi hipotética culpa,
que con ella he nacido,
no podré extirparla,
…moriré con ella.

Bernarda Enriquez
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