
Me gusta
encender,
después de cocinar,
una vela de
vainilla en
la cocina
(mata el olor
a pasado y a
comida).
Hoy,
que he cocinado
tus manos,
he encendido
dos
(olía demasiado
a ti).
La punta
de tus dedos
estaba
deliciosa,
he chupado todos
los versos que
se escondían
en ellas.
Pero también,
—y esto duele—
he chupado
tus miserias…
Por ejemplo,
que nunca dejas
propina en los
restaurantes y que
a los que piden
en las calles,
les gritas
(ahora,
sin manos,
quizás tengas
que pedir
tú).
Y que cuando
vuelves borracho
a casa,
pegas a tus
hijos y a tu mujer
(esto me está
destrozando
el hígado y
tendré que
vomitar).
Pero como
soy poeta
(y bruja),
tengo la esperanza
de que,
sin manos,
cambies.
Por eso he
guardado en un frasco,
para cuando despiertes,
tu hueso más
lindo:
el semilunar,
ese que te recordará
que las manos,
sólo sirven
para dar.

Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»
Blog de la autora

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