La vida en rosa. Por Ángeles Nava Martínez

Mi hija tiene una obsesión, le encanta el color rosa. Y digo obsesión porque siempre quiere comprarse blusas, pantalones, celulares, artefactos, cortinas, sabanas, delineadores, bolsas, etc., de este color. Curiosamente su habitación está pintada en varias tonalidades del color rosa. Supongo que a su edad (quince años) es natural que le guste, o ignoro si sólo estoy dándole validez a algo que siempre se da por hecho. Lo superficial bajo el oído, lo siempre escuchado, la gastada frase de “ver la vida color de rosa”. Creo que existe algo de cierto y algo de mentira.
En mi caso por ejemplo, trato de abrir el reproductor de mi mente y saboreo la razón del azul en mi memoria, rememoro mi gusto por el cielo, por el mar, por lo profundo, que no concibo la vida sin este color. Por lo que entiendo la belleza en la multiplicidad de los tonos. El color nos convierte en personas sensibles y a pesar de que nosotros no estamos en el mundo, si no que “somos” el mundo, también podríamos decir que el mundo a su vez nos entrega a cada instante razones para volver a mirar muy dentro, a través de nuestros mismos sentidos. Trato de oler la inocencia del color rosa, el amor, la entrega total y la ayuda al prójimo. Por lo que si quisiera definir a la pequeña, estas palabras le vendrían muy bien. No por normas estrictas o porque nuestro pensamiento a menudo se ligue a cosas mágicas (aunque bien se da), si no por percibir con cabellos, piel, nervios y humo nuestra identidad en el mismo entorno, sentir una vibración que esta tan lejana de nosotros…como dentro. Sentir que cualquier cosa que yo mire o toque, se transformará y me transformará.
Lo cierto es que su manía por el rosa, por una causa que desconozco, me ha otorgado algún tipo de entusiasmo. La vez pasada me sorprendí a mí misma comprando unos platos de color rosa, en tiempo de frío busqué por cielo mar y tierra unos guantes rosas, y ¡bueno! hasta la memoria USB, es rosa.
Creo que al ir hilando estas palabras formo una fibra continua de reflexión y voy cohesionando deducciones en el decir, pienso que sucede como cuando uno se vuelve como el hombre o la mujer con quién se casó, igualmente pasa con los hijos, se van fundiendo gustos, creencias, ideas, a medida que pasa el tiempo, como puede ser un partido de futbol que antes no gustaba tanto o un cantante al que nunca ni siquiera por mero ocio, le escuchamos sus canciones. Uno se va haciendo más como el otro, porque nuestros lazos nos animan a tener cosas en común, más razones espontaneas para compartir, y desde ahí que entonces la vida, si sea de color rosa, con todo y los significados que le atribuyen, tal como lo percibe la pequeña, quizá no siempre con la misma intensidad pero sucede como consecuencia del mismo vínculo, del mismo modo que alguna vez a ella y a mí nos unió un simple cordón umbilical, incluso ignorándolo. Cordón umbilical que también nos ata al mundo, con todo y la fascinación de sus colores.

Días de reclinarse sobre la almohada


Ángeles Nava Martínez

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2 comentarios

  1. Es posible que no sea uien para dar una opini

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