Diario íntimo de una nevera. Por Vivian Rodríguez Dorgia (Casss).

Querido Diario:

Comienzo este diálogo íntimo contigo. Inicio una nueva vida y quiero dejar mi pasado atrás. Antes de eso, necesito dejarlo escrito, para no olvidar de donde vengo.

Tuve un buen origen en la casa de una reconocida familia de fina estirpe. Gente educada, llena de glamour y de vida social intensa, en la que colaboré con placer prestando buenos servicios. Gustaban llamarme señora Frigidaire, por lo que tuve rango y apellido desde mis inicios. Fueron años de felicidad, de nacimientos, bautismos, comuniones, cumpleaños, reuniones de amigos, grandes y chicos, de momentos íntimos, brindis a la madrugada o noches de insomnios largas y silenciosas, donde mi luz y mi frescor, fueron los únicos consuelos de algún noctámbulo.

Finalmente, como sucede, la picota fatal del progreso, el consumismo, las nuevas olas, y la tecnología asechando, hicieron de mi algo pasado de moda que había que renovar. Tal era la dignidad de esta familia, que en lugar de pedir dinero a cambio por mí, tuvieron a bien regalarme y si algo tengo que reprocharles es que no prestaran especial atención a quienes serían sus beneficiarios, mis nuevos propietarios.

Ahí comenzó mi sufrimiento y peregrinar entre descuidos y portazos. Nadie tuvo en cuenta que el trato hacia mi tenía que ser delicado, para que yo siguiera prestando utilidad, dada mi calidad y origen. Por primera vez, supe lo que era el odio, la rabia, cada vez que alguno de los habitantes de la nueva casa se asomaba a mi puerta.

Él, un hombre descuidado que solo tomaba cerveza, aparecía con frecuencia y me obligaba al espectáculo de su distendido abdomen apenas cubierto por una desprolija camiseta, luego de varios días de no afeitarse. Ella, una mujer desvencijada, de día pintarrajeada y de noche en ruleros, embadurnada en cremas que ya no daban resultado, comiendo a deshoras cualquier tipo de embutidos y dulces, canalizando ansiedades mal resueltas. Mujer de doble discurso, a su hijo lo rezongaba por tomar del pico de la botella, cuando ella, apenas advertía que no había nadie a su alrededor, hacía lo mismo con absoluta desidia. El hijo, al fin de cuentas me parecía el más auténtico. Barbudo, pelilargo y mal hablado, resultaba el más coherente de todos, por lo menos era como decía ser aunque su sola presencia me ponía los hielos de punta!!!! Mi único momento de ternura lo vivía cuando la pequeña de la casa buscaba la leche para su gatito blanco y marrón.

Pero al fin y al cabo caí en una depresión tremenda, habiendo dejado de ser la señora Frigidaire, para pasar a ser la nevera, la heladera, o el refrigerador, cambiándome de sexo así como así. En esta situación me fui desmejorando vertiginosamente, y ya no pude servir para nada. Los muy rumbosos personajes, ni siquiera averiguaron si tenía algún arreglo, y me abandonaron en la calle, a la espera de una nueva donación, que segura e injustamente volverían a recibir.

Fue así que mi nuevo amo y señor me recogió de un desguazadero, me palpó, me acarició con amor y descubrió en mí una belleza de líneas, que hacía tiempo nadie elogiaba, y aun quedaban vivas, pese a los años transcurridos. Me transformó en una obra de arte, que hoy se exhibe en un Museo de reconocida vanguardia, donde por suerte he vuelto a convivir con la intelectualidad más recalcitrante, señoras de buenos perfumes y pieles ecológicas y caballeros cuyos ojos, expertos en la belleza y el arte, me llenan de elogios y me quieren llevar con ellos…


Vivian Rodríguez Dorgia (Casss).

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8 comentarios

  1. Creo que ha sido muy merecido traer este m

  2. Espero enterarme pronto del nombre del museo en el que est

  3. Querida Cas (o Vivian) como m

  4. Sssstupendo relato… no hab

  5. Enhorabuena Casandra, ya te coment

  6. Estimada Vivi:
    Me has sorprendido con tu muy original y tierno relato.

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