La sonrisa de un libro. Por Ketsya.

Botticelli

¿ No te aburres? Siempre de mano en mano, sin hablar, sin poder discutir sobre tu contenido, sin cambiar nunca de ropa, sólo de dueño y, muchas veces, ni eso.
– No, en realidad me siento a gusto.
– Pues… yo la verdad que no lo entiendo. Con lo divertido que es viajar, conocer mundo, hablar con otras personas, aprender, vivir la vida, sonreír, comprar, soñar, dormir… yo, sigo sin entender como te gusta ser libro.
– Bueno… esto… yo en realidad puedo hacer esas cosas, y muchas más de las que no has nombrado.
– Anda! No te quedes conmigo… ¿sueñas?¿viajas? ¿hablas? ¿Aprendes? ¿Enseñas? Ya no soy una niña, «Fausto», ya no te puedes quedar conmigo.
– Claro, que puedo hacer esas cosas y de hecho… te lo voy a demostrar. Mira… estás caminando y me has llevado contigo a todos lados desde que me regalaron. Visité Milán, el verano pasado, fui a esquiar, este invierno, disfruté de la navidad, el Diciembre de 1980, y fui testigo de tu primer beso en el parque del Retiro.
Ella se quedó pensativa, sin decir nada y seguía escuchando atenta lo que «Fausto» le decía.
– Aprendo, porque cada vez que unas manos nuevas me tocan, me leen, me abren y cierran… aprendo de ellos, sus sentimientos, sus ideas, sus gustos. Ellos me leen y hablan conmigo, me tocan y sueño con ellos, con ser un ser de dos piernas, sueño en poder sentir todo lo que ustedes sienten cuando me leen.
Seguía pensante, sin parpadear, pero muy atenta a la lección que el libro le enseñaba. Una lección que, sin duda, nunca olvidaría.
– Enseño… y es lo que mejor se me da hacer. Fui escrito con un fin didáctico, como todos los de mi «raza». Mi historia es la clara realidad de lo egoístas y egocéntricos que pueden llegar a ser los humanos. Y mira que no soy un único ejemplar, pues tengo muchos gemelos, eso hace que la lección se haga universal.
El libro sonrió, no tenía boca, ni rostro y tampoco podía expresar nada con la vista. Pero esa sensación, esas letras, llegaron al corazón de Paula y allí la invadió de esa sonrisa dibujada en su mente.
Realmente un libro no era un simple manojo de hojas, que se paseaba, se ojeaba y se degustaba. Sino un ente lleno de sentimientos y expresión. Siempre, por supuesto, dibujada por la mente del autor, del lector…

Ketsya

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