Por tu cuerpo. Por Salvador Pliego

Mi beso abre las hondonadas de tu cuerpo y ahí la noche baja sin que te cubra nada. Pareces un largo cielo con el vestido de la estrella, y un vigía abre sus ojos hacia el beso de tu cuello. Llévame, mujer, a tus cabellos, desencadenados y abismales, etéreos como el fuego, intrépidos y aún risueños. A tu desnudo torso voy de viento y soplo y soplo la más sedante libertad del vuelo. ¡Qué hálito de miel tus hombros! ¡Qué aura de mimbre tus caderas! ¡Qué franca vastedad la de tus brazos! ¡Que tornadizo paseo el de tus pechos! Porque… Leer más