Los peligos de la letra «L». Por Dorotea Fulde Benke
Siempre que no estuviera enamorada, y la vida le concedió largos descansos de ese estado emocional, ella lo entendía todo: desde el idioma materno suyo, pasando por lenguas que había aprendido a lo largo de los años, e incluso –por mera intuición– el lenguaje japonés de gestos, los silbidos de pastores canarios, los chasquidos de bosquimanos… Aquella tarde fatídica, sin embargo, iba a salir cuando llamó a su puerta una visitadora comercial con la intención de ofrecerle una enciclopedia multilingüe. Introduciendo un minúsculo pie en el umbral, la vendedora le soltó a quemarropa una repetitiva vorágine verbal que había memorizado… Leer más
