Una hora. Por Cristina García Requena
Cada día a la misma hora la veía salir del portal de enfrente. Una auténtica señorona: moño recogido con red, pestañas y labios marcados, pendientes de perlas. Se paraba en el quiosco de D. Tomás, saludándole con aires de grandeza casi sin levantar la mirada, le dejaba un par de céntimos en el mostrador a cambio del folletín diario y con su mano derecha enguantada le hacía un pequeño movimiento de despedida. Con sus zapatos altos de charol y un elegante baile de caderas paseaba su figura hasta el café “Imperio”, dónde el camarero la esperaba con las manos en… Leer más
