Por una cabeza. Por Federico Manuel
La culpa la tuvo mi abuelo; sí, él y sus genes. Pues ya en el viejo Madrid de finales de los años cuarenta, aires turbulentos castigaban la moral de las jovencitas, salidos todos del fagot de don Ambrosio y su fantástica media sonrisa, cuando interpretaba un tango. No en vano podía afirmar que pertenecía a la mejor orquesta filarmónica del momento, y condes y demás personajes de postín, no celebraban ningún festejo sin la participación de dicha orquesta. Circunstancia que don Ambrosio, mi abuelo, no desaprovechaba para seducir a una joven incauta. —¿Le conozco, caballero? La desconfianza se columpiaba en… Leer más
