Amantis. Por Felisa Moreno Ortega
Alquilé el piso por Internet; pleno centro, noventa metros a un precio irrisorio. Entré en la sala de estar y comprendí enseguida por qué ella era la reina de la habitación. Su piel blanca brillaba como los ojos de un felino al acecho. Pura provocación. Me acerqué con recelo y me senté, dejándome acariciar por sus manos de gata invisible. Entonces descubrí el placer, que subía en oleadas negras y calientes como un chocolate dulce y espeso derramado por mi cuerpo, enredado en mi entendimiento. Al principio sólo pasaba allí los ratos libres. Nada más sentarme, caía inmerso en una… Leer más
