Ocho cero cinco: llegaron
los ebanistas, a hombros el armario,
con la necesaria herramienta.
Vagos saludos. Ocho quince.
Desmontaron la cama y cubrieron el suelo.
Y veinte: con jaleo de viruta y polvo
-prisa de lavabo, aburrida luz-
mejor comer fuera –dentífrico silencio
para pensar el encuentro, esta vez
sí, por vez última-.
Ocho treinta: beso.
Fugaz,
el resto del día –febrero,
año tal-: emisora clásica,
circunvalación y semáforos,
tedio hasta el mediodía, caliente
-pese a la helada- el resto de la tarde.
Veintitrés treinta y cinco: frío
silencioso en la alcoba.
–Juras
que no te es posible eludir las citas
con su rubor plácido. Te preguntas
si será porque aquel cuerpo no sabe,
como este suyo, a barniz y madera.