Ocho cero cinco: llegaron
los ebanistas, a hombros el armario,
con la necesaria herramienta.
Vagos saludos. Ocho quince.
Desmontaron la cama y cubrieron el suelo.
Y veinte: con jaleo de viruta y polvo
-prisa de lavabo, aburrida luz-
mejor comer fuera –dentífrico silencio
para pensar el encuentro, esta vez
sí, por vez última-.
Ocho treinta: beso.
Fugaz,
el resto del día –febrero,
año tal-: emisora clásica,
circunvalación y semáforos,
tedio hasta el mediodía, caliente
-pese a la helada- el resto de la tarde.
Veintitrés treinta y cinco: frío
silencioso en la alcoba.
–Juras
que no te es posible eludir las citas
con su rubor plácido. Te preguntas
si será porque aquel cuerpo no sabe,
como este suyo, a barniz y madera.
Historia de un armario sin poesía.
Machado dijo que aquel que quisiera enseñar el arte poética, pondría especial cuidado en enseñar a sus alumnos el manejo del tiempo.
Enhorabuena César has tenido un buen maestro.
¡Suerte en el concurso!
La verdad el tema no me mueve mucho. Al leerlo me estoy figurando que es una acotación.
En la tendencia, muy actual, de trasladar la poesía a lo cotidiano, nos encontramos con frecuencia poemas de este tipo. Más parecen cronógrafos que detallan friamente el devenir del poeta. Pero el problema no está en la contidianeidad, que es poetizable como lo es absolutamente todo, sino en la copia de formas y maneras puestas de moda por otros poetas. Y eso que este poema aún tiene intención y fondo, lo que es muy de agradecer. Otros he leído de esta tendencia puramente planos, anodinos, como lo puedan ser los datos de mi agenda. Es otra cosa lo que yo le pido a la poesía. Pero, como siempre digo, es mi opinión, nada más y probablemente esté equivocado.
Te voto con un cuatro y te deseo suerte en el concurso. Aprovecho la ocasión para invitarte a leer mi poema, el 139, y a que dejes allí tu opinión con sinceridad si así lo deseas.
Un saludo.