Creímos ( pienso que así podemos llamarlo)
en el vértigo que una mañana
desgajó el aldabonazo de una locura;
podemos decirlo que casi todos
nos iríamos como en un festín
al júbilo; a lanzar los sombreros sobre la vista;
a que finalmente se quedaran
colgados del clavo invisible,
sujeto a las nubes
que dios situara en el preciso instante,
en el mismo toque de las campanas
inexactas, de la huida de las grullas
que anidasen en el tibio campanario;
nos quedamos esperando el descenso,
el febril sombrero,
el cobijo inocente a la incertidumbre
de volar sin que las alas,
pudiesen sostener las apócrifas advenidas de la suerte.
Creímos ( si es creer; las pesadillas que desahucian el
sueño por ingenuos e indefensos)
en el ánfora que despedía duendes
para satanizar la casa, para delirar los rincones,
partirnos los cromosomas
como tensas mitades de frutas secas,
desparirnos el parto que la hora
traía en su trayecto de conductos dilatados,
dibujar en papeles los engendros,
las síntesis, los desenlaces.
Estamos hechos de letras oscuras; ( para que nos perciban en la distancia)
y habituarnos de carteles, de panegíricos, de obituarios;
por eso soñamos con muertos extraños,
los que no hemos visto jamás sobre la tierra,
los que no hablan en las mesas espirituales,
por mucho que los cirios le alumbren su ascenso
al reino del silencio, de los campos apacibles;
de gente transparente, mujeres desnudas, hombres de blanco;
no es posible, somos nosotros,
nosotros mirando los vasos con agua,
somos nosotros santiguándonos, creyendo en la neblina
de los tabacos, en la magia, en la ignota presencia;
nosotros los sueños, los muertos extraños
arrastrando las cruces,
los artilugios, vocablos de otro siglo,
somos los mismos,
nos morimos de naufragios,
olvidados o añorados de exilio,
nos perdemos en las calles del tiempo;
y aunque muchos desprendieran la sintaxis
otros siguen creyendo aún,
que la luna es un pastel amarillo
de cumpleaños,
pero seguimos vagando
vacuamente sin entendernos, sin mirarnos;
como si regañarnos la sombra, la huella,
el miedo a querernos como agua de la misma fuente;
como si no fuese el aborto al fin,
impredecible,
de la insólita hidra que nos parió en el invierno.
Me cuesta hallar el tema de este poema. Tiene varias imágenes fuertes. La lectura me ha costado también un poco por lo extenso de las oraciones. Tal vez podrías haber obviado definitivamente las puntuaciones y dejar el asunto a criterio del lector. Encontré interesante la abundancia léxica como de pródigo lector. En fin… suerte en el concurso.
Me gustaría mucho que economizaras palabras, se nota que te aplicas en las lecturas y conoces el oficio, razones de más para hacerlo. También creo que pudieras esclarecer más la frase «lanzar los sombreros sobre la vista», ya que la preposición «sobre» me remite de manera muy personal a «encima» y me suena un poco raro. También es importante saber si estamos hablando de un dios o de Dios, pues las cosas como que muy elevadas siempre van con mayusculas. Por otra parte me gusta tu lenguaje. ¡Suerte!
He aquí el arte de comunicar nada.
Reflexiones, dudas, religión y santería, soledad, desdecirnos, deshacernos, creer en lo que fuimos, no ser por no estar al abrazo, volvernos al vacío y estar creyentes de los muertos vivos.
Sí, así son las cosas que se escriben, a veces, en la madrugada. Hay intención en tu poema, y talento. Pero le falta síntesis y concreción. Son líneas diferentes de la poesía: La inmersión sin rumbo en la palabra, en la cadencia hipnótica, en la madeja causal, como es tu caso; o la palabra dardo, el verso diente, los dedos garfios y el asombro.
No podría decantarme por una u otra, todas son poesía. Más bien es una cuestión de momentos.
Te voto con un siete y te deseo suerte en el concurso. Aprovecho también para invitarte a leer mi poema, el 139, y a que dejes allí tu opinión sincera si así lo deseas.
Un saludo.