I
Atado a la niebla de los ayeres del mundo
preguntas sin verme a dónde voy,
por qué me detengo en la estación más densa
a contemplar tu espalda enrarecida.
Está argos además jugando a los espejos,
esos ojos que piensan a pares
y escrutan el llanto y cuantos pasos al abismo.
No quiero vivir en esta casa abierta
entre seres pensantes hasta la obtusidad;
no me gusta esta vida apuntalada en las renuncias,
ni la voz que grita que me calle:
que se haga el silencio como alguna vez la luz.
Otras son mujeres de la vida…
y yo sigo fraguando la gran muerte,
como hibernar encima de los árboles,
sin que el légamo, ni el nepente que brota en las raíces,
ni los lechos montados en la bruma,
sepan de mi cuerpo.
Otras transmutan en carne de Perséfone
y se cuelgan de un manojo de nervios
y caen desde los edificios con los sesos abiertos,
viejas equilibristas y la vida las tumba
y aun sueñan las neófitas que la muerte no mata.
Tú partes de mi estación,
todo está listo:
hasta el alma hecha jirones compuso su disfraz
no quiebres el azar con otra pregunta…
II
Cuando la connivencia de mares te arrastró de esta isla
toda puertos donde soltar amarras
toda tierra feraz donde los sueños germinan
prometí esperarte aunque no sé tejer.
Y la ausencia crecía
Y el lecho de rosas sacaba sus espinas a la luz
a la oscura carne mía lacerada de estar sola,
decúbito expectante por si caes desde el techo
o llueves por alguna de las goteras.
Como no sé tejer, el dolor me hizo rasgar tus vestiduras
(alguien se llevó todos los cuchillos)
pacientemente cosía y descosía ropajes con cicatrices
y el tiempo iba limando las asperezas de la espera.
Llené la casa de puertas y quité las puertas
para atisbar tus pasos con mi oído en el centro del miedo;
pero mi corazón sonaba más alto que otros nuncios.
Levántate y anda: el grito desde el techo,
y dejé de hincarme con la aguja del recuerdo.
Unos cuantos pétalos perdidos se encajaban en mis tacones
y yo bailaba loca por la casa,
y en las puertas aparecieron fisgones
y la casa se fue llenando de gente feliz.
El amor no se hizo de una vez,
sino que se tejió entre muchas manos siempre innominadas,
que se rasgaban alegremente las vestiduras.
Entonces retornaste desde cualquier suburbio
a reclamar mi cuerpo y su pureza;
pero Penélope y yo somos muy solicitadas:
otra cosa no tenemos en común.