Cuando ve enfilar la máquina
-arrogante de mar y nieve,
las ocho en el reloj-,
por los pulidos raíles de la villa,
se sigue asomando a la ventana;
nunca ha perdido la esperanza.
El tren se para,
bajan los pasajeros,
sueltan sonrisas, abrazos, besos.
Suben otros cargados con ellos.
El tren arranca, el tren se marcha
con nuevas ilusiones contenidas,
que volverán a ser soltadas
cuando otras las esperen
en los andenes de las esperanzas.
Ella cierra el sueño de la mañana,
desciende la mirada
y se pone a tejer
patucos infantiles.
Cuando ve enfilar la máquina
-arrogante de sangre y plata,
las veinte en el reloj-,
por los usados raíles de la villa,
se sigue asomando a la ventana;
Las puertas del tren se abren
sin expulsar su amada cara.
El tren arranca, el tren se marcha.
Ella cierra la ilusión de la tarde,
desciende la mirada
y se pone a tejer
patucos infantiles.
Aunque la ausencia de él
nunca ha faltado desde hace meses
y llena rincones en las estancias,
todavía en ella sigue brillando
un resplandor inmóvil de esperanza,
que mueve así su cuerpo
a realizar con generosidad
la menor de las tareas diarias,
como ofrenda de oro
en su sagrado y solitario altar
de una distancia que la atrapa,
entre raíles de acero
y de maternal leche suspirada.
La distancia del otro cuerpo
cada día retorna en la máquina;
mar y nieve a la amanecida,
sangre y plata a la sombreada.
Ella lo atrae cada noche al deseo
De leche rezumada
en el tálamo de preñada ausencia,
acariciando su alto vientre tenso,
entre recuerdos de cables tendidos,
y de raíles que la retienen,
por donde se deslizan
los hilos de los patucos,
sus trenes de la esperanza.