Hasta ahora
he regalado mi poesía a la usura del tiempo,
al hilar sin motivo, al divagar sin término,
al error, porque no he desalojado
de mí lo que sobraba:
palabras inseguras que hacen aguas,
como canoas primitivas destinadas a un mar
que asegura naufragios.
Soy demasiado joven para el conocimiento.
Lo sé ¬–como lo saben mis palabras–.
Y aún así,
no he esperado lo suficiente
a madurar, el silencio del verso,
la palabra que suena diminuta
y a la vez tan semántica que significa el infinito.
Si supiera del dolor en la vida,
de la vigilia de una madre
que arropa la pobreza de sus hijos,
del miedo a equivocarse de los hombres,
si supiera…Tal vez podría hablar.
Pero no,
no he podido cerrar mi boca,
apaciguar mis sienes,
inquietarme lo suficiente
para callar, para decir que no,
que todavía no, a la poesía.