Siempre es la misma, azul casi al otoño
del amor, niña si lo pienso hablando
con el mar, cuando el sur deja retoño
al corazón, siempre es la misma, amando
sin por qué y con por qué dulce y errante,
siempre es la misma, beso de alegría,
ensueño enajenado, navegante,
a fe desnuda, luz de poesía;
siempre es la misma flor, con su ternura,
siempre es la misma sangre enfebrecida,
ella misma, tan misma, albricia pura;
cuando lo digo… lejos de la vida,
en el misterio suave de su hondura,
a ella con tal voz desconocida.
*
Ya con ella he llegado hasta el sueño
de la esperanza, Bécquer, ya he llegado;
y he encontrado éxtasis, lo he encontrado
incorregiblemente – en sí – sureño.
¿Sabes?, al fin con ella, en la montaña
de su bella atención – más infinita –
la remembranza se me deshabita
de sutil libertad…, me desentraña.
¿Sabes?, ¿sabes, tú, Bécquer animoso,
esencial?, tengo un cántico encendido
en la caricia errática del gozo,
y tengo una verdad que no he sentido,
tengo una colación a un primoroso
llorar de amor…, infantilmente olvido.