Ninguno sabe de la espera
si primero no repiqueteó sus dedos
sobre el mostrador y se contagió
la vesania del que mira
a través de los ventanales
el tiempo detenido y las figuras de cera
de un atardecer desquiciado de domingo
cuando las horas se ajan
huérfanas de sucesos.
Café de remembranzas.
Margot, vaho de mujer y lejanía,
manchas de rouge y rumor de tangos.
Café de paganas letanías.
Margot, notas de sueños parisinos
de bohemios famélicos y necios
que pergeñaron la urdimbre del desengaño
antes de vislumbrar el vacío de la botella.
Café de la supremacía
del arte sobre la muerte.
Los fantasmas insurgentes
nos ocultamos detrás
de los afiches de anticuario
que penden de tus paredes raídas
y en el último rincón de la trastienda
hurgamos los títulos de tu biblioteca.
Ensayamos mil mutismos,
borrachos de remordimientos y alcohol,
consternados de tanto paladear
el mejunje de la empalagosa gloria
y la hiel de traiciones reabiertas
que sirve para embadurnar servilletas de papel
con garabatos literarios.
Yo mismo te confié en secreto
la memoria de mi padre,
mis monólogos existencialistas,
mis libros con todos sus márgenes vencidos
y la lectura silenciosa de mi tristeza,
sin el consuelo de que acaso un día
alguien deje caer mi nombre por descuido
sobre una pequeña placa de bronce
en una esquina de cualquiera de tus mesas
atestadas de cicatrices.