{"id":827,"date":"2011-07-08T00:02:14","date_gmt":"2011-07-07T22:02:14","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.com\/8certamen\/?p=827"},"modified":"2011-07-07T20:43:33","modified_gmt":"2011-07-07T18:43:33","slug":"112-reunion-tardia-por-ti-noel","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/8certamen\/112-reunion-tardia-por-ti-noel\/","title":{"rendered":"112-Reuni\u00f3n Tard\u00eda. Por Ti Noel"},"content":{"rendered":"<p>El Ford Mercury 1941 se detuvo, luego de su marcha a ritmo de cortejo f\u00fanebre por los restos del pueblo, en frente de la casona. El chofer baj\u00f3 del Ford, ayud\u00f3 a salir a una mujer, y, con porte gallardo, qued\u00f3 parado junto al auto despu\u00e9s de que ella se negara al gancho de su brazo. La vio alejarse a trav\u00e9s del sendero empolvado.<!--more--><\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Antes de atravesar el umbral, la mujer levant\u00f3 el velo que cubr\u00eda su rostro y observ\u00f3 la fachada agrietada, agujereada, sostenida no s\u00f3lo por el p\u00f3rtico y las columnas, sino por bejucos de maracuy\u00e1s, arbustos y otras malezas. Todav\u00eda se lograba leer en una placa: Familia Prada. La mujer avanz\u00f3 despacio, apoy\u00e1ndose en la sombrilla, que, por causa de la resolana picante y su piel blanquecina, delicada como alas de insecto, debi\u00f3 haber abierto acaso el sombrero de ala ancha, el velo oscuro y el vestido negro de mangas largas no fueran protecci\u00f3n suficiente. Con la sombrilla empuj\u00f3 la puerta carcomida que cedi\u00f3 f\u00e1cil y chirri\u00f3, amenazando con caerse. Al entrar, sinti\u00f3 que el cabello y los vellos del cuerpo se le erizaban.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Por varias aberturas del techo, entraban rayas sesgadas de sol. El suelo estaba cubierto de hojas cobrizas. Con el pie removi\u00f3 algunas, levantando nubecillas de polvo. Reburuj\u00f3 en el bolso: sac\u00f3 un pa\u00f1uelo y cubri\u00f3 la nariz. Sigui\u00f3 caminando; sus pasos, resonando en el vac\u00edo, la hicieron sentirse perseguida. Guard\u00f3 silencio. Los ecos de sus pisadas fueron tragados, despacio, por el silencio antiguo y ceremonial de la casona. Oy\u00f3 el murmullo adormecedor de las cigarras. Los grillos. Oleadas de hierba, afuera en el ante jard\u00edn, mecida por la brisa. \u00bfS\u00f3lo ser\u00edan ella y el eco de sus pisadas los que deambulaban por estos \u00e1mbitos? Si bien lleg\u00f3 a la vivienda donde pas\u00f3 la mayor parte de su juventud, nunca hab\u00eda estado tan insegura de querer o no querer algo en la vida: verlos a ellos, despu\u00e9s de tanto tiempo de&#8230; no verlos\u2026 \u00bfEs posible?, murmur\u00f3. La mujer siempre crey\u00f3 que con la cuota mensual de 600.000 pesos que les provey\u00f3 fue suficiente para suplir su ausencia.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Juraba que hab\u00edan transcurrido por lo menos un par de horas, pero lo cierto es que apenas llevaba media hora rondando por la casona. Tosi\u00f3 varias veces, cubri\u00f3 la boca con el pa\u00f1uelo y sinti\u00f3 el regusto a hierro en el paladar. Mir\u00f3 el pa\u00f1uelo. Not\u00f3 la mancha de sangre que dej\u00f3 humedecida al pie de la firma bordada en letra cursiva que dec\u00eda Nidia Prada. Le rest\u00f3 importancia, igual que al ardor en la boca del est\u00f3mago. Observ\u00f3 tallos de maracuy\u00e1s trenzados en las paredes donde la pintura se descascaraba y formaba, junto con el polvo, complicados bailes en el viento.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Busc\u00f3 en la cocina donde hab\u00eda un desorden de trastos corro\u00eddos. Se vio ah\u00ed mismo, de joven, destapando las ollas y manoseando la comida como si fuera Minino, el gato goloso de Stella. Ense\u00f1\u00f3 una sonrisa, pero no una fingida como las que daba al recibir los gui\u00f1os de las c\u00e1maras fotogr\u00e1ficas. Subi\u00f3 a las habitaciones del segundo piso. Revis\u00f3 en una en particular. El sol se colaba en ella por los agujeros, como si la luz fusilara a la penumbra que adormec\u00eda al cuarto en un reposo de planeta muerto, oscureciendo de crep\u00fasculo a unas mu\u00f1ecas de trapo, rostizadas, apanadas de polvo, amontonadas en un colch\u00f3n sobre una cama rota. Baj\u00f3 por las escaleras asi\u00e9ndose de los pasamanos, deteni\u00e9ndose en los rellanos, a veces dobleg\u00e1ndose para masajear sus rodillas. Revis\u00f3 en el estudio de su pap\u00e1, y, si alguna vez hubo libros, ahora s\u00f3lo yac\u00edan restos de papel quemado, personajes arrastr\u00e1ndose entre mojones resecos de gato. Atraves\u00f3 el solar enmontado. Al llegar al comedor, encontr\u00f3 la mesa despatarrada, podrida. Se sinti\u00f3 rendida pero no estaba dispuesta a sentarse en cualquier parte. Qued\u00f3 estacionada all\u00ed, mirando los contornos, el paso del tiempo medido en cada telara\u00f1a arruinada por el viento. Un d\u00eda mis hermanos se pelearon por la mejor presa de un pollo, dijo. Juan Manuel le revent\u00f3 la nariz a Stella, y mam\u00e1 nos castig\u00f3 a todos. A m\u00ed por no llamarla a tiempo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Astromelias prosperaban con comodidad. Copuladas por abejorros peludos y escarabajos blindados, sus pimpollos nac\u00edan entre los escombros. \u00bfDeber\u00eda tomar como ejemplo su obstinaci\u00f3n por vivir? Se les arrim\u00f3 y arranc\u00f3 una. La estudi\u00f3 por un momento, curiosa de que algo tan vivo creciera en armon\u00eda con la ruina. Las imagin\u00f3 en las coronas que orlar\u00edan su f\u00e9retro de cristal, donde reposar\u00eda con el maquillaje intacto en su rostro de bella durmiente.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 No supo de d\u00f3nde vino la voz que escuch\u00f3 a su espalda: <em>Deje las cosas en su lugar<\/em>. Al sobresaltarse, apret\u00f3 la flor. Era una voz conocida, estaba segura, pero no recordaba si era la de Juan Manuel, o la de su madre, grave y solemne. Quer\u00eda voltear a mirar y saberlo de una vez por todas, y, aun as\u00ed, su cuerpo inm\u00f3vil acataba a una suerte de vocecita en su interior que se lo imped\u00eda. Con los pu\u00f1os apretados, como si tal acto le diera el coraje que le faltaba, se atrevi\u00f3 a dar media vuelta. No vio a nadie, pero sent\u00eda que alguien estaba all\u00ed, mir\u00e1ndola de cerca. Retrocedi\u00f3, cerr\u00f3 los ojos. Deja que aparezcan, no cierres los ojos, se dijo. No existe una imagen si no hay quien la vea.\u00a0\u00a0\u00a0<\/p>\n<p><em>\u00a0\u00a0 <\/em>Cedi\u00f3 ante la curiosidad, abri\u00f3 los ojos y pudo verlo, all\u00e1 en un rinc\u00f3n tenebroso, detenido eternamente en sus treinta y dos a\u00f1os. Balbuce\u00f3: \u00bfJuan?&#8230; Lo vio, silencioso como una sombra, moverse de una sombra a otra, desaparecer en los cortes que hac\u00eda la luz a la oscuridad para aparecer luego y detenerse y se\u00f1alar hacia una esquina\u2026 Nidia mir\u00f3 a otra figura pasar de la nada a una existencia corp\u00f3rea en las sombras, una parodia de su estado anterior andando encorvada, descolgando los brazos apenas mecidos por el vaiv\u00e9n de su cuerpo. Si bien arrastraba los pies, no o\u00eda sus pasos ni ve\u00eda huellas plantadas en la ceniza. Stella. \u00bfEres t\u00fa, en verdad? Stella. \u00a1Stella! Qu\u00e9 es esto Dios m\u00edo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Despu\u00e9s de saludar alzando de modo infantil una mano, hasta la altura del pecho, casi con timidez, y de explicar qui\u00e9n era, la misma Nidia que los dej\u00f3 con la promesa de progresar para volver por ellos, expuso en desorden, con palabras vacilantes, lo que hab\u00eda planificado de forma met\u00f3dica y obsesiva. A pesar de la sintaxis incorrecta, propiciada, quiz\u00e1s, por el miedo, la ansiedad, la sorpresa, la idea primordial qued\u00f3 expuesta. \u00bf<em>Qu\u00e9?<\/em>, le oy\u00f3 decir al hombre. La mujer vacil\u00f3 antes de repetir: Yo he venido a que ustedes\u2026 He venido a que ustedes me perdonen\u2026 Bueno, ese es mi deseo\u2026, por favor&#8230;<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 A cambio de esta muestra de franqueza no obstante su apariencia soberbia, aunque menguada por causa del entorno, y su enfermedad, s\u00f3lo recibi\u00f3 silencio. Innoble, humillante, la apat\u00eda la sum\u00eda en este limbo de recuerdos rancios como si Nidia Prada, astro decreciente de la dramaturgia, no fuera digna de la nobleza que poseen ciertos esp\u00edritus. Le sorprendi\u00f3 no escuchar lo que esperaba o, \u00bfdeber\u00eda sorprenderse?: <em>Si se fija bien, ver\u00e1 que ese esqueleto agrietado, descascarado, a punto de caerse, que desliza su sombra a sus pies, es el mismo aguacate que sembramos\u2026, que&#8230; Mam\u00e1 no lo deja cortar porque all\u00ed se posan pechos amarillos y petirrojos a cantar. Por eso ya nadie viene a estos lares, ni los indigentes.<\/em><\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 \u00bfO-oy\u00f3, Juan Manuel, lo que le dije?, musit\u00f3 Nidia.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Cada palabra era un gramo de aliento que deber\u00eda dar por desperdiciado. Lo vio se\u00f1alar hacia otro rinc\u00f3n. Nidia se llev\u00f3 una mano a la boca. Mam\u00e1, dijo con voz queda. La distingui\u00f3, sentada sobre su trono de d\u00edas marchitos, acumulados como hojas, moviendo los labios como si rezara: <em>No se va a llevar la m\u00e1quina de coser. Dir\u00e1 usted, \u201cse\u00f1ora\u201d, \u00bfqu\u00e9 puedo opinar yo, que deambulo entre sombras, y que, tembleque, languidezco al menor rose de luz? Pero no se va a llevar la m\u00e1quina de coser<\/em>.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Qui\u00e9n sabe a qu\u00e9 recuerdo estaba atada. Qui\u00e9n sabe qui\u00e9n le quit\u00f3 la vieja m\u00e1quina de coser donde se sentaba a hacerles los vestidos a las Guti\u00e9rrez y las G\u00f3ngora. Tal vez la empe\u00f1\u00f3, como cuando lo hizo con la licuadora. Hubiera preferido o\u00edr lo que le dijo a\u00f1os atr\u00e1s: Puesto que se va a buscar fortuna me imagino que no va a volver por aqu\u00ed.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a1Reg\u00e1\u00f1eme, al menos!&#8230;, pidi\u00f3 Nidia, forzando los ojos para que no lloraran. O qu\u00e9. \u00bfAhora dir\u00e1 que no porque soy una vieja hecha y derecha? \u00a1Nooo, qu\u00e9 va, nooo! Si a usted, mam\u00e1, no le importaba pegarme siendo yo una joven crecidita, \u00bfpor qu\u00e9 no me rega\u00f1a ahora? \u00a1Reg\u00e1\u00f1eme! \u00bfNo ve que soy una desagradecida? \u00bfNo ve que los olvid\u00e9 mientras viv\u00eda mis sue\u00f1os?<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Observ\u00f3 que su madre avanz\u00f3 hacia ella, pero no se detuvo; miraba el suelo, daba vueltas por la sala, para entrar, al cabo de minutos interminables, de un mutismo m\u00e1s estremecedor que cualquier grito, a la luz decadente del atardecer donde se desvaneci\u00f3, poco a poco, en un \u00faltimo estertor de brisa, polvo y hojas marchitas. Lo \u00faltimo que le oy\u00f3 decir fue: <em>\u00bfMija, d\u00f3nde est\u00e1 el dedal? <\/em>Pero no era a ella a quien le<em> <\/em>dec\u00eda mija; Stella la segu\u00eda como una aut\u00f3mata, ayud\u00e1ndola a buscar el dedal<em>.<\/em> A Juan lo advert\u00eda aguardando en las sombras, mir\u00e1ndola como con ojos que ven al vac\u00edo, dejando traslucir su pesar en la fosforescencia opaca que resaltaba su cuerpo. Nidia sent\u00eda rabia al saber que sus ruegos, un poco trillados, como sujetos a un libreto, los cuales de tanto insistir, pensaba, conseguir\u00edan su atenci\u00f3n, eran estorbados, sin remedio, por reiterados, desgarradores accesos de tos. Se sent\u00f3, agitada, en un trozo de muro e inclin\u00f3 la cabeza que apoy\u00f3 en las manos. Juan Manuel\u2026 \u00bfusted s\u00ed me va a escuchar, cierto?&#8230; \u00a1Cierto!<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Cuando el chofer entr\u00f3 por ella, la encontr\u00f3, en el cada vez m\u00e1s sombr\u00edo aposento, explicando al viento las razones por las cuales se separ\u00f3 tanto tiempo de ellos; mujer ocupada e importante como era, no supo a tiempo la noticia del desastre, ni pudo, o no quiso, asistir al funeral, s\u00f3lo a la misa de r\u00e9quiem que ofreci\u00f3 cierto d\u00eda la alcald\u00eda para conmemorar un a\u00f1o de la tragedia en el pueblo de Villa Mar\u00eda.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 El chofer golpe\u00f3 en un tabl\u00f3n y la mujer volte\u00f3 a mirar, sin siquiera sobresaltarse, como si ya nada tuviera importancia.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Perd\u00f3n, se\u00f1ora Nidia, pero es que como ya se estaba oscureciendo y usted no sal\u00eda\u2026<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 \u00bfPerd\u00f3n? Nunca lo pida, Sandoval, dijo Nidia al tiempo que se secaba las l\u00e1grimas. Nunca.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Sandoval se acerc\u00f3 para ayudarla a parar. La mujer se neg\u00f3 otra vez a su gentileza. Con la sombrilla le se\u00f1al\u00f3 las astromelias.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 \u00bfSabe\u2026? Dijo. Mejor vaya, arranque unas cuantas, ll\u00e9velas al auto. Yo todav\u00eda tengo cosas que decir&#8230; Y no importa que ustedes no me oigan, \u00bfme oyen? \u00a1No importa! Las voy a decir.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Sandoval observ\u00f3 los contornos de la habitaci\u00f3n como si siguiera la ruta de los ecos. No vio a nadie. Ni sinti\u00f3 el pulso deca\u00eddo que Nidia escuchaba en cada rinc\u00f3n, en esta casa palpitante de recuerdos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Venga, se\u00f1ora Nidia, mejor es que nos vayamos, dijo. Aqu\u00ed se est\u00e1 comenzando a poner muy oscuro.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a1Qu\u00e9 le importa!, contest\u00f3 Nidia. Haga lo que le mand\u00e9.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Perd\u00f3n se\u00f1ora.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a1Qu\u00e9 le dije del perd\u00f3n!<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 S\u00ed se\u00f1ora.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Dio media vuelta, se acerc\u00f3 a las flores y cort\u00f3 unas cuantas. Antes de salir por la puerta, devolvi\u00f3 una mirada a Nidia: estaba inclinada por su propio pesar, reunida all\u00ed por un llamado del otro mundo, como si hubiera sido creada para habitar en esta casona de resistencia austera, por siempre.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El Ford Mercury 1941 se detuvo, luego de su marcha a ritmo de cortejo f\u00fanebre por los restos del pueblo, en frente de la casona. 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