{"id":243,"date":"2011-06-04T08:30:28","date_gmt":"2011-06-04T06:30:28","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.com\/8certamen\/?p=243"},"modified":"2011-08-21T01:22:00","modified_gmt":"2011-08-20T23:22:00","slug":"15-bengasi-mayo-de-2011-por-rafael","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/8certamen\/15-bengasi-mayo-de-2011-por-rafael\/","title":{"rendered":"15- Bengasi, mayo de 2011. Por Rafael"},"content":{"rendered":"<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Algunos maledicentes postulan que nadie en su sano juicio puede fumar Gitanes; que lo eligen, en su mayor\u00eda, trastornados mentales sin diagn\u00f3stico y tipos que presentan delirios de artista. Zayed no estaba loco y de artista s\u00f3lo ten\u00eda la punter\u00eda. Se ganaba la vida como francotirador. A tanto por muerto.<!--more--><br \/>\n\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 En su rinc\u00f3n de la casucha sinti\u00f3 un escalofr\u00edo bajo la manta cuando el canto de un gallo anunci\u00f3 la cercan\u00eda del alba. Llevaba all\u00ed diez d\u00edas, acampado en el aduar en que pernoctaban las tropas leales al coronel; de noche casi no pod\u00eda descansar, sometido a una especie de ingrata duermevela por culpa del repique de timbal de los nocturnos disparos de mortero. Calcul\u00f3 la hora, se hab\u00eda acostumbrado a inaugurar la jornada con el reloj infalible de aquel quiquiriqu\u00ed quebrado que le sacaba definitivamente del sue\u00f1o. Para entonces, algunos soldados iban y ven\u00edan entre un traj\u00edn de aceros engrasados, pa\u00f1os, munici\u00f3n y correajes. En el dintel de la puerta asom\u00f3 la cabeza un cabo que les urgi\u00f3 a darse prisa.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Zayed era casi siempre el \u00faltimo en despertar. Despu\u00e9s de lavarse repas\u00f3 sus armas, dispuestas sobre una manta junto al catre; al contrario que la mayor\u00eda, antes de irse a dormir acostumbraba a limpiarlas minuciosamente y dejarlas a punto.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Hac\u00eda tiempo que para esa tarea, como para disparar, usaba gafas. A cada nueva contienda le dol\u00edan m\u00e1s los ri\u00f1ones por la ma\u00f1ana, los pies le escoc\u00edan por las noches y el hombro soportaba peor el impacto del retroceso del fusil. Cabece\u00f3 resignado. Se estaba haciendo viejo. Al menos para una vida a saltos de pa\u00eds en pa\u00eds y de guerra en guerra. Sin decir una palabra recogi\u00f3 su plato de alubias, encendi\u00f3 el primer Gitanes y se sent\u00f3 en el suelo a desayunar, cerca de la radio. La indiferencia con que Zayed escuchaba las noticias se transform\u00f3 en viva atenci\u00f3n cuando el locutor de la cadena oficial anunci\u00f3 el parte de bajas de ambos bandos. Aguz\u00f3 el o\u00eddo con la cuchara detenida ante la boca. Le vino sin querer una sonrisa amarga que hizo sobresalir el mapa de arrugas de un rostro marchito por miles de horas al sol del desierto, encajado entre su larga melena rala y una barba entrecana y rural.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Minutos despu\u00e9s empu\u00f1\u00f3 el fusil telesc\u00f3pico, un Dragunov SVD semiautom\u00e1tico, se calz\u00f3 la gum\u00eda en el cinto y se dispuso a abandonar el refugio envuelto en su chilaba parda junto con unos cuantos camaradas somnolientos. Apenas unos gru\u00f1idos para desearse buena suerte. Salieron hacia la noche, muy fr\u00eda y todav\u00eda negra.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Mientras se encaramaba a la trasera del jeep, Zayed record\u00f3 con inquietud que la tarde anterior hab\u00eda perdido casi toda la paga semanal en una timba funesta de p\u00f3quer. Necesitaba urgentemente hacer caja. Por el camino sac\u00f3 del paquete plegado otro cigarrillo que se fum\u00f3 en silencio a largas bocanadas, absorto y serio, con el todoterreno machac\u00e1ndole la espalda al rebotar en los baches. Notaba en las sienes y los p\u00e1rpados el cansancio acumulado y la falta de sue\u00f1o. En un momento dado extrajo del bolsillo una foto que ilumin\u00f3 con la t\u00edmida lumbre del cigarrillo. Una granja de dos plantas cercana al pico Shir Kuh, en los montes Rud, terreno f\u00e9rtil salpicado de pl\u00e1tanos y moreras.<br \/>\n<em><\/em><\/p>\n<p><em>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Tal y como marchan las cosas, en pocas semanas a casa <\/em>\u2014se dijo. Y a\u00f1adi\u00f3 resolutivo\u2014: <em>Y a la pr\u00f3xima que vaya otro. Se acab\u00f3.<\/em><\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Llegaron a\u00fan a media luz a las inmediaciones de Bengasi, cerca de Garyounis, l\u00ednea de vanguardia del ej\u00e9rcito de un pintoresco coronel acorralado. Todo parec\u00eda tranquilo. Vieron mujeres que se escondieron enseguida, gallinas y alguna cabra merodeando en busca de restos de comida. Se acord\u00f3 con el sargento el emplazamiento de las bater\u00edas de mortero, ametralladoras, y se decidieron los nidos para los francotiradores como \u00e9l. Zayed se manten\u00eda tranquilo, como si anduviera de excursi\u00f3n campestre. En realidad era una rutina archisabida, repetida decenas de veces en decenas de operaciones de castigo. Le asignaron la azotea de un edificio abandonado, carcomido por la artiller\u00eda aunque todav\u00eda en pie. Desde all\u00ed se divisaba sin obst\u00e1culos la avenida principal de entrada en el barrio.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Sobre un alero de la terraza coloc\u00f3 el fusil en el tr\u00edpode, alimentado con un cargador de cartuchos 608 Winchester. A su lado fue ordenando sobre la colchoneta fina, con la organizada meticulosidad de un cirujano, todos y cada uno de los utensilios que pudiera necesitar: cargadores con munici\u00f3n variada, punz\u00f3n destornillador, medidor de viento y temperatura, mira nocturna, correaje de transporte y la bayoneta por si hab\u00eda que evacuar a empellones. Una vez instalado, comenz\u00f3 ensayando la punter\u00eda con una mora que poco despu\u00e9s se aventur\u00f3 por la calle. Bingo. Incluso disparando desde unos cuatrocientos metros, la desgraciada acab\u00f3 con el cr\u00e1neo reventado sobre un charco de sangre. Pero no era suficiente. No con los treinta d\u00f3lares por cabeza de mujer. Aunque, como no estaba para renunciar a un solo billete, al anochecer bajar\u00eda a cort\u00e1rsela.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Encendi\u00f3 otro Gitanes que fue consumiendo con fuerza, como siempre, como si fuera el \u00faltimo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 A las diez segu\u00eda sin aparecer nadie. La ma\u00f1ana transcurr\u00eda con tediosa lentitud. Por fin, cerca de las doce y con el cielo cayendo a plomo, una columna de blindados rebeldes se aproxim\u00f3 por una carretera a su derecha. A casi un kil\u00f3metro de distancia, gracias a la mira telesc\u00f3pica pudo divisarla sin perder detalle, incluso con el humo del en\u00e9simo cigarrillo ceg\u00e1ndole unos ojos entornados por la luz directa del sol. Los artilleros gubernamentales maniobraron con rapidez y las bater\u00edas vomitaron sus proyectiles. Se oyeron gritos lejanos de gente herida.<br \/>\nEsper\u00f3 paciente su oportunidad.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Media hora m\u00e1s tarde el convoy progresaba hasta meterse en un desfiladero de casas derruidas, un terreno completamente expuesto en el \u00e1rea de tiro f\u00e1cil para Zayed. En principio, ning\u00fan hombre a la vista. De pronto, en lo alto de uno de los carros de combate vio a un soldado asomar el torso por la escotilla y elevar al cielo un brazo triunfal y su mugrienta cabeza enturbantada. Luego grit\u00f3 insultos obscenos contra Gadafi. Eso eran doscientos d\u00f3lares. Impasible, enfoc\u00f3 al escandaloso en el centro de la cruz de cristal l\u00edquido de la mira. Empuj\u00f3 el cerrojo e introdujo un cartucho en la rec\u00e1mara. Mientras aspiraba una bocanada larga de humo, arm\u00f3 el percutor. Aguant\u00f3 la respiraci\u00f3n. El gatillo le rozaba la yema del \u00edndice. Aunque no lo sab\u00eda, aquel sujeto estaba ya muerto.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 No lleg\u00f3 a ver caer al del blindado. Una mil\u00e9sima de segundo antes de que disparara, un rebelde oculto en la terraza le descerraj\u00f3 un tiro en la nuca con una vieja pistola oxidada, y la frente de Zayed fue a estrellarse violentamente contra las baldosas. Despu\u00e9s le vaci\u00f3 el cargador hasta que se hubo quedado r\u00edgido tras un \u00faltimo estremecimiento. Finalmente, con la propia gum\u00eda de Zayed le reban\u00f3 las orejas a modo de trofeo.<br \/>\n\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Al d\u00eda siguiente, el cuerpo del mercenario fue amontonado en la calle junto con un pu\u00f1ado de cad\u00e1veres m\u00e1s. Desde Tr\u00edpoli, el Comit\u00e9 Internacional de la Cruz Roja dio \u00f3rdenes para que a los muertos sin identificar o no reclamados se les diera sepultura lo m\u00e1s pronto posible en una fosa com\u00fan. Antes, un muchachuelo de los tantos que deambulaban por all\u00ed rebusc\u00f3 en los bolsillos de Zayed y se hizo cargo de unas cuantas monedas, la foto de una casa de campo iran\u00ed que tir\u00f3 inmediatamente y medio paquete de Gitanes que guard\u00f3 en una bolsa de pl\u00e1stico con otros botines de pillaje.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Al\u00e1 le hab\u00eda ahorrado a Zayed comprobar que, con enemigos silenciosos por la espalda, de nada le hab\u00eda servido su prodigiosa punter\u00eda.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El Dragunov, naturalmente, se lo hab\u00eda apropiado el verdugo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Algunos maledicentes postulan que nadie en su sano juicio puede fumar Gitanes; que lo eligen, en su mayor\u00eda, trastornados mentales sin diagn\u00f3stico y tipos que presentan delirios de artista. 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