3- El encuentro. Por Jacobinos

El aḏān, la llamada a la oración convocando a los fieles al salat, devolvió al filósofo a la realidad. Había estado tan ensimismado en sus pensamientos que a punto estuvo de olvidar sus obligaciones, tales eran los nervios de Abú al-Walid Ibn Rushd, más conocido como Averroes, ante el inminente encuentro con el hijo de Platón.

El cordobés había oído hablar mucho de aquel muchacho imberbe que tan precozmente había obtenido la Iluminación, lo que avivó el fuego en su interior al poder compartir sus preguntas sin respuesta ante alguien que no miraba con la mente y el raciocinio sino con un espíritu abierto a las revelaciones de Alá.

La llamada a la puerta provocó un vuelco en el corazón del cadí. Al abrir se encontró ante él a un joven, quien apenas superaría los 15 años, con unos ojos oscuros que irradiaban paz y sabiduría eterna. Los de un místico.

-Salam ‘aleykum-dijo Averroes

-Aleykum salam- respondió Abū Bakr Muhammad Ibn ‘Alī Ibn al-‘Arabi

Se adentraron en la casa, típicamente andalusí, decorada a la almagra, con los pavimentos y paredes embellecidos con formas geométricas sencillas, alcanzando la estancia donde el aristotélico pasaba largas horas escribiendo en busca del Saber y la Verdad. Se sentaron en el suelo y, una vez que estuvieron uno frente a otro, Averroes no pudo contener su deseo de formular una pregunta:

-¿Sí?

El místico sufí se quedó mirando al filósofo, sonrió y le dijo:

-Sí.

La alegría se derramó en el corazón de Averroes. Le acababan de confirmar lo que con tanto ahínco había razonado. Pero al ver la reacción del hombre, Ibn Arabi cambió su gesto para decir:

-No.

Ibn Rushd palideció ante aquella tajante negación. Desconcertado, sintió que su mundo se resquebrajaba como una casa cuyos cimientos no hubiesen estado correctamente asentados.

-Entonces, amado Ibn Arabi, ¿qué respuesta has encontrado a las cuestiones de la Revelación y la Gracia Divina?, ¿coincide tu respuesta con la que se nos da en el pensamiento especulativo?

El joven apreció sinceramente el ansia de conocimiento que irradiaba su contertulio. Sintiendo cómo la Iluminación hablaba por su boca, Ibn Arabi ofreció su voz para convertirse en instrumento de Alá y abrir el corazón de aquel hombre tan extraordinariamente lúcido en la razón pero opaco en el espíritu.

-Sí y no-contestó-. Entre la afirmación y la negación los espíritus vuelan más allá de la materia y de sus cuerpos las cervices.

La reflexión inundó el alma de Averroes, embargado ante la oportunidad ofrecida por Alá de poder compartir la sabiduría mística de aquel joven. Mil pensamientos vinieron a la mente del filósofo, descifrando aquella enigmática frase: hay dos tipos de conocimiento, el erudito, de carácter racional, y el del corazón, de sentido espiritual, siendo ambos necesariamente complementarios, aunque sólo el iluminado puede acceder al conocimiento interno.

-No hay más Gracia que la que proviene de Alá-acertó a decir Averroes.

-Luego has comprendido-remachó Ibn Arabi.

Y en ese instante, Filosofía y Espiritualidad se fundieron en uno solo.

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Un comentario:

  1. Preciosa historia del encuentro entre dos hombres,el pensamiento elevado y la reflexión.
    Enhorabuena y suerte 🙂

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