{"id":662,"date":"2010-05-23T00:39:16","date_gmt":"2010-05-22T22:39:16","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/?p=662"},"modified":"2010-05-23T12:03:06","modified_gmt":"2010-05-23T10:03:06","slug":"174-la-ultima-sacudida-del-espanto-por-s-sorne","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/?p=662","title":{"rendered":"174- La \u00faltima sacudida del espanto. Por S. Sorne"},"content":{"rendered":"<p>Tanto el mayor de los sufrimientos como la m\u00e1s inmensa de las alegr\u00edas, cuando adquieren la condici\u00f3n de \u201ch\u00e1bito\u201d a trav\u00e9s de la reiteraci\u00f3n, pasan a formar parte de nuestra realidad convertidas en algo cotidiano.<!--more-->\u00a0Convencida de\u00a0 esta teor\u00eda, me dispuse a hacer algo que quiz\u00e1 de otro modo nunca hubiera hecho.<\/p>\n<p>\u00c9l nunca me puso una mano encima, pero a\u00fan as\u00ed ment\u00ed a la polic\u00eda cuando le denunci\u00e9, para poder llevar a cabo mis planes. Una denuncia, hoy d\u00eda, es sin\u00f3nimo de culpabilidad.<\/p>\n<p>Peor que pegarme, lo que hizo fue castigarme con la indiferencia. Quien te maltrata al menos sabe que est\u00e1s ah\u00ed, que eres algo, aunque sea solo un estorbo. Pero quien te ignora te hace sentir que no eres nada y te acaba por convencer de ello. Por eso sent\u00ed la necesidad de matarle, que con el paso de los d\u00edas se convirti\u00f3 en una obsesi\u00f3n.<\/p>\n<p>No permitir\u00eda que su muerte me costara un solo d\u00eda de c\u00e1rcel, ten\u00eda que trazar un plan perfecto para evitarla. Analic\u00e9 minuciosamente un mill\u00f3n de posibilidades, hasta darme cuenta de que ser\u00eda inevitable pagar un precio. Ese precio, finalmente, iba a ser mi brazo izquierdo y una estancia prolongada en un hotel sin servicio de habitaciones (ya me entender\u00e1n m\u00e1s adelante).<\/p>\n<p>Cuando todo estuvo planificado, no pude de\u00a0 seguir esperando. Mi mente herv\u00eda como una olla a presi\u00f3n. Cada vez que le miraba, imaginaba como ser\u00eda el momento en que su cuerpo se desplomara a mis pies para adaptarse a su nueva apariencia de cad\u00e1ver.<\/p>\n<p>Llegado el momento no tuve dudas. Me acerqu\u00e9 a su lado como un fantasma, y mientras dorm\u00eda le asfixi\u00e9. La almohada y la noche ocultaron su rostro. No se enter\u00f3 de nada, en la cena le hab\u00eda administrado unos potentes somn\u00edferos que casi le matan por s\u00ed solos. Con la mirada perdida en el vac\u00edo infinito de la muerte, dej\u00f3 el mundo con la calma de quien ignora lo que sucede. Ni un sobresalto, ni una queja, nada\u2026 Fue dulce, en la medida en que la muerte se pueda describir con tal adjetivo.\u00a0<\/p>\n<p>Conect\u00e9 el equipo de m\u00fasica al m\u00e1ximo de potencia. Ninguno de los vecinos se encontraba en casa, pero toda precauci\u00f3n era poca para ocultar el sonido escandaloso de la sierra\u00a0el\u00e9ctrica con la que me dispon\u00eda a descuartizar su cuerpo.<\/p>\n<p>Aferr\u00e9 el cad\u00e1ver con dificultad a trav\u00e9s de los guantes y lo deposit\u00e9 en una carretilla de mano que dispuse para poder subirle al primer piso. Las ruedas neum\u00e1ticas facilitaron la ascensi\u00f3n por la escalera. Hab\u00eda recubierto de pl\u00e1stico todas las paredes del ba\u00f1o para evitar las salpicaduras de sangre. Met\u00ed el cuerpo en la ba\u00f1era y enchuf\u00e9 la sierra a la corriente. No entrar\u00e9 en detalles de lo que vino a continuaci\u00f3n, solo citar\u00e9 que todos sus miembros se fueron desprendiendo del tronco hasta formar un desordenado amasijo de sangre, v\u00edsceras y huesos.<\/p>\n<p>Ten\u00eda la sensaci\u00f3n de haber estado haciendo esto toda mi vida. Trabaj\u00e9 con una calma impropia de m\u00ed. Deposit\u00e9 concienzudamente los despojos sanguinolentos en aquellas bolsas de recogida de cad\u00e1veres que ser\u00edan su \u00faltima morada. A medida que las iba llenando era como liberarme de \u00e9l para siempre. Baj\u00e9, una a una, las bolsas hasta el garaje y las cargu\u00e9 en la furgoneta. Me sent\u00eda tan feliz que hubiese querido que el tiempo se detuviera.<\/p>\n<p>Volv\u00ed al ba\u00f1o, recog\u00ed el pl\u00e1stico manchado de sangre y lo met\u00ed en otra bolsa. Durante casi una hora desinfect\u00e9 a fondo las paredes y el suelo, as\u00ed como la sierra, hasta borrar todas las huellas de lo que all\u00ed hab\u00eda ocurrido. Por \u00faltimo me despoj\u00e9 del guante de la mano izquierda que ya no necesitar\u00eda, lo ech\u00e9 a la bolsa y la cerr\u00e9. Conect\u00e9 la sierra\u00a0 a la corriente y volv\u00ed a la furgoneta para guardar esa \u00faltima bolsa.<\/p>\n<p>Mi mente y mi cuerpo estaban preparados para lo que ven\u00eda a continuaci\u00f3n. De regreso al ba\u00f1o, mi brazo, por efecto del potente anest\u00e9sico local que me hab\u00eda inyectado un poco antes, parec\u00eda un trozo de madera. No pens\u00e9 en nada. Al m\u00e1ximo de su potencia, cog\u00ed la sierra con el brazo derecho y, a mitad de camino entre el codo y el hombro del izquierdo, cort\u00e9 con todas mis fuerzas. El brazo se desprendi\u00f3 ba\u00f1ado en sangre, pero no sent\u00ed dolor. Tapon\u00e9 al instante la herida con un torniquete, la vend\u00e9 y sal\u00ed de all\u00ed tan pronto como pude dejando una imagen macabra a mi espalda. Jurar\u00eda que al mirar atr\u00e1s, cuando apagu\u00e9 la luz, los dedos a\u00fan se mov\u00edan\u2026<\/p>\n<p>Por perfecto, el plan exigi\u00f3 este sacrificio extremo, que no ser\u00eda el \u00fanico. Cuando la polic\u00eda viera mi brazo amputado junto a la sierra mec\u00e1nica, no necesitar\u00eda ser muy lista para sospechar que aquel hijo de puta al que yo un d\u00eda denunci\u00e9 por malos tratos, me hab\u00eda matado para darse a la fuga despu\u00e9s. Se lanzar\u00edan en su busca y al comprobar que se lo hab\u00eda tragado la tierra (nunca mejor dicho), acabar\u00edan por dar el caso por cerrado.<\/p>\n<p>Me asom\u00e9 a la ventana y parec\u00eda que la humanidad entera se hubiera marchado del planeta. Era yo la \u00fanica habitante de una realidad fantasmal casi surgida de un relato de Allan Poe. Baj\u00e9 al garaje despu\u00e9s de apagar las luces, y no pude evitar mirar de reojo, consternada, el hueco dejado por esa extremidad que perdiera minutos antes.<\/p>\n<p>Arranqu\u00e9 el veh\u00edculo dispuesta a recorrer aquellos doscientos kil\u00f3metros que separaban Madrid del min\u00fasculo pueblo del hombre que me acababa de dejar viuda. Todo lo que ten\u00eda que hacer a partir de ahora con un solo brazo ya lo hab\u00eda llevado a cabo muchas veces a modo de pr\u00e1ctica. Hab\u00eda estudiado cada detalle pormenorizadamente, as\u00ed que solo se trataba de repetir ahora aquella secuencia de actos que sobradamente conoc\u00eda.<\/p>\n<p>Y tal como ten\u00eda previsto, a las tres de la madrugada llegu\u00e9 al pueblo. Di un rodeo para evitar el centro y puse rumbo al cementerio. Ten\u00eda tiempo de sobra antes de amanecer. La oscuridad era absoluta y aunque ten\u00eda que circular con las luces apagadas, no tuve problema para atravesar aquel camino de cabras que conoc\u00eda al dedillo. Aliviada, divis\u00e9 por fin el mont\u00edculo que se levantaba pegado a la parte posterior de la tapia del cementerio, \u00fanico lugar por el que se pod\u00eda escalar hasta ella con un solo brazo. Detuve el coche y respir\u00e9 profundamente.<\/p>\n<p>Una a una lanc\u00e9 las bolsas al interior, para inmediatamente volver sobre mis pasos y regresar al pueblo. Me dirig\u00ed a nuestra casa en las afueras. Nadie advirti\u00f3 mi presencia cuando guard\u00e9 la furgoneta en el garaje, que por otra parte era donde siempre estaba, pues solo la us\u00e1bamos cuando \u00edbamos a pasar el verano al pueblo.<\/p>\n<p>Caminando regres\u00e9 al cementerio, salt\u00e9 la tapia y me golpe\u00e9 contra el<span style=\"text-decoration: underline;\"> <\/span>suelo, dos metros m\u00e1s abajo. Afortunadamente las bolsas segu\u00edan all\u00ed. Las arrastr\u00e9 una a una y las dej\u00e9 al lado de la tumba de mis suegros. Al terminar me sent\u00e9 jadeante sobre el fr\u00edo m\u00e1rmol para recuperar el aliento. El silencio era tan agresivo y afilado como un colmillo, y tuve la sensaci\u00f3n de que todos los muertos me observaban pregunt\u00e1ndose qui\u00e9n ser\u00eda aquella desquiciada que se aventuraba en tan inh\u00f3spito lugar a una hora tan intempestiva.<\/p>\n<p>Trat\u00e9 de ordenar mi mente para no dejarme paralizar por el miedo, que por otro lado no hab\u00eda hecho acto de presencia en mis incursiones de noches anteriores. Pero el cansancio se hab\u00eda apoderado de mi euforia inicial hasta hacerla desaparecer por completo. Hab\u00eda permanecido horas y horas dentro de la fosa para aclimatarme a ella y hasta en ocasiones la hab\u00eda llegado a encontrar acogedora, pero esta noche ven\u00eda para quedarme y una especie de inquietante desasosiego empezaba a recorrer todos los poros de mi cuerpo.<\/p>\n<p>Sent\u00eda punzadas de dolor clav\u00e1ndose en mi brazo ausente, eran como furiosos aguijonazos cada vez m\u00e1s continuados. Venc\u00ed la indecisi\u00f3n y me apresur\u00e9 a retirar la pesada losa de m\u00e1rmol que cubr\u00eda la fosa. Lanc\u00e9 las bolsas al interior para, seguidamente, precipitarme tras ellas apoy\u00e1ndome en la escalera de hierro oxidado que el sepulturero usaba para entrar y salir de all\u00ed. Con los pies sobre el primer escal\u00f3n, y con la ayuda de mi brazo y mi cabeza, arrastr\u00e9 la losa suspendida encima de m\u00ed hasta hacerla encajar en su posici\u00f3n original. El cemento adhesivo que hab\u00eda colocado en los cantos la dejar\u00eda sellada en poco tiempo. Sudorosa, y con aquel dolor lacerante a punto de hacerme enloquecer, no tuve siquiera tiempo de advertir que me estaba enfrentando a la oscuridad m\u00e1s absoluta que un ser humano haya experimentado jam\u00e1s.<\/p>\n<p>A tientas baj\u00e9 hasta el suelo, tropezando con las bolsas que conten\u00edan los restos a\u00fan tibios del hombre al que acababa sepultar a mi lado. Busqu\u00e9 la linterna y la coloqu\u00e9 en el \u00fanico lugar de la fosa donde era imposible advertir su luz desde el exterior \u2013me hab\u00eda asegurado bien de ello-. Al encenderla sent\u00ed alivio. Me sent\u00e9 y sin perder tiempo busqu\u00e9 la botella de agua y los calmantes, que inger\u00ed desesperadamente. Me inyect\u00e9 el anest\u00e9sico para el brazo y cerr\u00e9 los ojos unos instantes. Mi mente era una autopista donde el tr\u00e1fico de los pensamientos amenazaba con colapsar la circulaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Al poco rato el dolor ces\u00f3. Con calma, mir\u00e9 alrededor de esos escasos dos metros cuadrados donde iba a tener que subsistir durante al menos los pr\u00f3ximos trescientos sesenta y cinco d\u00edas. A cada lado hab\u00eda tres huecos para albergar seis ata\u00fades, pero solo tres estaban ocupados. A mi derecha, abajo, el de mi suegra, Julia, muerta diez a\u00f1os antes v\u00edctima de un c\u00e1ncer de h\u00edgado. Justo encima, el de su marido V\u00edctor, engullido un a\u00f1o despu\u00e9s por una depresi\u00f3n galopante. Y a mi izquierda, en el hueco del centro, un ata\u00fad vac\u00edo que yo misma hab\u00eda llevado hasta all\u00ed, y donde fui metiendo las bolsas de mi difunto marido Arturo, desaparecido en un misterioso asesinato que nunca pudo ser resuelto. Los otros tres espacios eran una improvisada despensa donde se amontonaba todo tipo de comida imperecedera y multitud de bidones de agua, casi para alimentar a un regimiento por tiempo indefinido.<\/p>\n<p>Cuando todos los trozos de Arturo estuvieron dentro del ata\u00fad, lo cerr\u00e9 con cuidado. Los bordes de zinc que recubr\u00edan las juntas lo sellaron herm\u00e9ticamente para paliar el hedor de la carne que pronto comenzar\u00eda a descomponerse. Solo restaba entonces comprobar que todo lo que iba a necesitar para sobrevivir en esa fosa, estuviera donde lo hab\u00eda guardado una semana antes.<\/p>\n<p>Extend\u00ed en el suelo el peque\u00f1o colch\u00f3n enrollable que me servir\u00eda de lecho, y tumbada boca arriba empec\u00e9 el recuento: Un arsenal de pilas, radio con auriculares, libros, cargador a pilas para el m\u00f3vil, dos tel\u00e9fonos de repuesto, seis mil euros para pagar los billetes al fin del mundo cuando saliera de all\u00ed\u2026<\/p>\n<p>No pude acabar. El recuento termin\u00f3 tan bruscamente que a\u00fan se me eriza la piel al recordarlo. Nadie, ni durante mi estancia en el hospital, ni durante el juicio, ni posteriormente en prisi\u00f3n donde actualmente cumplo cadena perpetua, me ha confirmado que esa noche hubiera ning\u00fan terremoto. Estoy segura de que no lo hubo, y de que el ata\u00fad de Arturo se precipit\u00f3 sobre m\u00ed impulsado por los tres difuntos que me acompa\u00f1aban. \u00bfC\u00f3mo explicar de otro modo que los otros dos, mucho m\u00e1s livianos y casi descompuestos, ni se movieran\u2026?<\/p>\n<p>Qued\u00e9 aprisionada bajo el peso de aquella mole de nogal con los restos de mi marido. Debo la vida \u2013aunque ojal\u00e1 hubiese muerto en ese instante-, a la inmensa fortuna de que el tel\u00e9fono quedara al alcance de mi mano, y de que aquella triste raya que marcaba la cobertura me permitiera convencer casi ag\u00f3nicamente a aquel est\u00fapido polic\u00eda de que no le estaba tomando el pelo\u2026<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Tanto el mayor de los sufrimientos como la m\u00e1s inmensa de las alegr\u00edas, cuando adquieren la condici\u00f3n de \u201ch\u00e1bito\u201d a trav\u00e9s de la reiteraci\u00f3n, pasan a formar parte de nuestra realidad convertidas en algo cotidiano.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3],"tags":[],"class_list":["post-662","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-relatos-a-concurso"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/662","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=662"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/662\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=662"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=662"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=662"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}