{"id":585,"date":"2010-05-19T00:42:58","date_gmt":"2010-05-18T22:42:58","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/?p=585"},"modified":"2010-05-19T00:42:58","modified_gmt":"2010-05-18T22:42:58","slug":"148-la-redencion-por-nazareth","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/?p=585","title":{"rendered":"148- La Redenci\u00f3n. Por Nazareth"},"content":{"rendered":"<p>La tarde est\u00e1 cerrada. La lluvia empa\u00f1a los cristales y en su contagio tambi\u00e9n a ellos. Carmen \u00a0comienza el di\u00e1logo, ya roto, sobrio y d\u00e9bil.<!--more-->\u00a0La amapola que parec\u00eda crecer en la maleza del desconsuelo, en la tierra gris e inerte de la que brota, cae vencida ante la gota del ojo ajeno. Una Carmen se arroja al fuego. Comienza por exigirle el tiempo robado, las horas dadas como ofrenda a la cofrad\u00eda del vino en la que \u00e9l milita desde hace a\u00f1os, los mismos que llevan casados. Tambi\u00e9n el tiempo escamoteado con el continuo ir y venir hacia la que lo pari\u00f3 y lo acoge como loba en celo, d\u00eda a d\u00eda, minuto a minuto, sin miramientos. Luego, una Carmen de barro se\u00a0 tira al fuego, y le cuenta que se siente sola y enferma, que intenta caminar por la ola con pies de cristal y sin horizonte, desesperada y con miedo. Al fin, una Carmen de papel, inerte se cae al fuego. Ahora era el momento de salir, como tallo de hierro.<\/p>\n<p>Es el final de una larga traves\u00eda. La leve arenilla que cay\u00f3 durante a\u00f1os forma un mont\u00edculo, en esencia peque\u00f1o, en presencia, dif\u00edcil\u00a0 de solventar.\u00a0 Es el final de una historia de amor al uso, de miradas que buscan a quienes no quieren ser encontrados, de caricias est\u00e9riles, de besos grises y de suspiros mudos, callados. A Antonio le sangra el coraz\u00f3n. La bronca es su ant\u00eddoto. La blasfemia su expresi\u00f3n. Sin embargo, ahora, todo est\u00e1 dicho. Coge su abrigo y se marcha.\u00a0 La libera, a ella, tentadora, como la guitarra al flamenco, amarrada su cabeza a una larga coleta. Sus ojos, otrora azul cobalto, se esconden tras el p\u00e1rpado, que cae igual que el monte sobre el sol en primavera. En una habitaci\u00f3n avellana, salpicada con peque\u00f1os animales de pl\u00e1stico, osos de terciopelo y una mu\u00f1eca de cabeza rota, se vuelve ovillo y rueda al sof\u00e1, hacia la miseria que invita a re\u00edr y llorar a la vez y a descomp\u00e1s. Con el tiempo acepta el descarrile, la niebla en la traviesa que la detiene y con ello la salva. Lo agradece. Es vital.<\/p>\n<p>La puerta cruje cual gruta de la que emergen lenguas de piedra a punto de quebrar, despu\u00e9s de hablar o atacar. En su \u00e9xtasis, deja caer peque\u00f1os granos de arena y acaso min\u00fasculos trozos de pintura roja que muestra la\u00a0 humedad y el color verdoso de un hogar en peligro de putrefacci\u00f3n. Se marcha sin recoger el hosco agujero en el que vaci\u00f3 sus desdichas, en el que derram\u00f3 sus quejidos. La libera, sin saber Carmen qu\u00e9 hacer con todo ello y c\u00f3mo luchar contra los cuatro elementos: la tierra, contra la imponencia del muro cuyas rocas no atraviesan ya vocal ni suspiro alguno, y el agua, que se filtra por aquellas paredes que un d\u00eda cubrieron con vapor y que ahora se enmohecen por el vaho y el fr\u00edo que expiden ambos cuerpos. El fuego, al caer, sin elecci\u00f3n. Carmen se pregunta qu\u00e9 hacer tambi\u00e9n con el aire, liberador para el preso, asfixiante en demas\u00eda. Desplegar las alas para lanzarse sobre el vacio no tiene tampoco mucho sentido.<\/p>\n<p>Si \u00e9l tuviera el tono de Carmen o siquiera hubiera aprendido algo de ella, seguro que le hubiera dicho en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n, antes de terminar con aquella farsa que entiende que cuando naci\u00f3 sus ojos eran opacos como los de un b\u00faho y sus piernas cortitas de paloma. Que siempre se sintiera atrapada cual canario en el espeso \u00e1rbol. Que no pudiera avanzar porque de sus brazos brotaba vello y no plumas vigorosas que la auparan hacia el cielo. \u201cSi no pude desenredarte de cada hilo, de cada rama, ni te ayud\u00e9 a avanzar en cada paso, lo siento. Pero pedirme, adem\u00e1s, que te deje atravesar libre el cristal para que puedas volar igual que un p\u00e1jaro, eso Carmen, eso es pedirme demasiado\u201d, le dir\u00eda.<\/p>\n<p>Pero ya era tarde. Antonio calla y la deja del que la liberar\u00e1 de su enfermedad. A Carmen ya no le queda alternativa. Tuvo que huir de un ser masculino a la antigua usanza, coartador, viril y vil al mismo tiempo. Cubrir con l\u00e1grimas la imagen que en su d\u00eda se pos\u00f3 sobre sus dos aguas cristalinas. La fuerza de su presencia siempre logr\u00f3 sus manos, falsamente consoladas. Pero nada m\u00e1s. Quiso alcanzarlo y cambiarlo, m\u00e1s, \u00a1qu\u00e9 pena!, pues de dos cuerpos contrapuestos s\u00f3lo puede emerger desconsuelo, y luego piedra, y luego arena.<\/p>\n<p>Paran los d\u00edas y cicatriza el pesar. Es lunes y su cita, que hab\u00eda esperado ya demasiado tiempo, se presenta ante ella como algo real, posible, al fin posible. Devuelto Antonio al pa\u00eds del que nunca debi\u00f3 salir, y sopesado el peligro entre acabar de enfermar por consentir lo retr\u00f3grado y lo absurdo, o vivir; decidida a acabar con la sangre que en forma de manantial emerge de vez en cuando de sus entra\u00f1as, es el momento de dar el paso y terminar con esta sinraz\u00f3n que hace a\u00f1os domina su vida.<\/p>\n<p>Ataviada con sus mejores trajes, como manda la tradici\u00f3n cuando uno visita al doctor en un pueblo obsoleto, Carmen sale a la calle. Al fondo, bocas negras tejen el hilo que cubre el cielo con una manta gris\u00e1cea. En el interior de alguna ventana se adivinan las brasas que atizan las pocas viejas que en la ma\u00f1ana quedan olvidadas por la voz del olivo que aguarda la descarga de su peso. Carmen esquiva las miradas de los vecinos, la curiosidad de los ojos que se escapan por los entreabiertos postigos de un pueblo cruel y antiguo como \u00e9l s\u00f3lo. Avanza por su calle. Se detiene frente al caser\u00f3n de fachada marchita que deja caer el peso de su esqueleto sobre el muro de la vieja iglesia. Cuando la mansi\u00f3n bosteza, lo que ocurre siempre que arrecia el viento, asoman derruidas paredes en las que la carcoma campa a su ancha. Otro paso hacia delante y otra despedida. La de la panader\u00eda, la misma que llenaba de colores la vieja piedra gracias al reflejo de su dulce cristalera en el exterior. Recuerda sus vitrinas, que firmes como ni\u00f1as de comuni\u00f3n, mostraban sus encantos al goloso. Era otro tiempo, de sabor a chocolate, de \u00e1ngeles con cabellos rubios, de sabor.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Avanza hacia su prop\u00f3sito echa palo, desprovista de las sinuosas formas que en su d\u00eda le dieron esplendor. En el horizonte, observa c\u00f3mo peque\u00f1os hombres se balancean al ritmo que marca el gigante que toma el campo cada ma\u00f1ana de invierno. Invade la nada el susurro de la maquinaria leve. Criba la criba la aceituna y la fuerza, mitad disuelta, mitad apropiada por vigorosas ramas. Divisa a lo lejos hombres que desfogan y pegan con la vara a la madre tierra. Las mujeres se arrastran entre sus piernas. Una jornada, otra tarde, siempre. Ahora recuerda cuando era una de ellas, cuando bebi\u00f3 el n\u00e9ctar que engendr\u00f3 costumbre, a veces buena, casi siempre mala. Espera el autob\u00fas y reniega del d\u00eda en que lleg\u00f3 a este pueblo para quedarse, del d\u00eda en que colore\u00f3 sus mejillas con la sangre del fruto que marc\u00f3 su cara y a la vez su esp\u00edritu. Ahora, por fin hab\u00eda recuperado la vista, hasta ahora envuelta en gasa como la de la gallinita ciega.<\/p>\n<p>Hoy ya era otro lunes, atr\u00e1s quedaron la locura, los celos, la falda larga, las caderas apretadas, las piernas juntas, la brujer\u00eda, el olor a chimenea. Era su cita con el que la puede liberar, tan anhelada, tan necesaria para su vida.<\/p>\n<p>Vac\u00eda como momia, se estremece ante lo que puede acontecer. El autob\u00fas la lleva hasta el lugar elegido para la exploraci\u00f3n. Desciende por las escaleras del habit\u00e1culo y una bocanada de azahar le revuelve el cabello, hoy suelto, mientras avanza sobre la recoleta plaza a la que nadie olvid\u00f3 colocar su banco, su \u00e1rbol, su fuente. Una calle la separa del lugar que busca. Hier\u00e1tica, la hilera de flores que divide la calle acaricia la falta a su paso y la decora con pinceladas azules, lilas y rosas. Llega luz de domingo de ramos.<\/p>\n<p>Con m\u00e1s pudor que miedo, no hay opci\u00f3n. Es el momento de cortar el derrame que durante a\u00f1os la atormenta. Ahora no puede volverse atr\u00e1s. Le invade la ansiedad. Sus ojos ya no se baten con el que va, con el que viene. Sus ojos no dan vida a la miseria. Atr\u00e1s qued\u00f3 su ilusi\u00f3n de cenicienta, de blancanieves, de bella en busca de su zapato, su manzana o su bestia. Por fin dej\u00f3 de ser la enagua en la mesa, el porr\u00f3n en el patio, la merienda en el zurr\u00f3n y la faja en la joven universitaria. La punta de la torre que avista a lo lejos le dibuja, cual dedo \u00edndice, un nuevo horizonte.<\/p>\n<p>En su cabeza danzan malditas las horas perdidas. Sus manos tiemblan asustadas por la incertidumbre. Se cura o no se cura. Esa es la doble opci\u00f3n. Contiene a la fiera que emerge de dentro, asustada, acorralada, desesperada. Lo mira. Le habla. No hay marcha atr\u00e1s. Llega su redenci\u00f3n: fuera el dolor, adquirida la p\u00e9rdida, liberado el cautivo. Llega su redenci\u00f3n.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La tarde est\u00e1 cerrada. La lluvia empa\u00f1a los cristales y en su contagio tambi\u00e9n a ellos. 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