{"id":456,"date":"2010-05-12T11:11:13","date_gmt":"2010-05-12T09:11:13","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/?p=456"},"modified":"2010-05-12T11:11:13","modified_gmt":"2010-05-12T09:11:13","slug":"106-no-pudo-ser-por-agapanthus","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/?p=456","title":{"rendered":"106- No pudo ser. Por Agapanthus"},"content":{"rendered":"<p>Mi madre no soportaba ver el pan boca abajo. Las crestas y hondonadas de la hogaza deb\u00edan mirar hacia el cielo, para que quedara bien claro que quienes se sentaban a su mesa eran dignos de confianza.<!--more-->\u00a0A veces mi hermano invert\u00eda este paisaje a mitad de una colaci\u00f3n. Disfrutaba viendo la reacci\u00f3n irritada y veloz de mi madre, que restauraba el orden de su peque\u00f1o mundo en menos que canta un gallo y nos recordaba que si com\u00edamos de aquel modo, los secretos planear\u00edan sobre nuestras cabezas agri\u00e1ndonos la digesti\u00f3n y, por extensi\u00f3n, la existencia. Mi hermano y yo nos re\u00edamos de su superstici\u00f3n. Nunca cre\u00ed que pudiera ser cierta y, sin embargo, la primera vez que cen\u00e9 con Alberto me sorprend\u00ed a mi misma volteando el pan.<\/p>\n<p>Conoc\u00ed a Alberto en la celebraci\u00f3n del cuarenta cumplea\u00f1os de Marisa. Ella nos present\u00f3. Apenas cruzamos unas pocas palabras de cortes\u00eda. Era elegante, educado y atractivo, mucho m\u00e1s atractivo de lo que estaba dispuesta a confesarme, teniendo en cuenta que era poco probable que volvi\u00e9ramos a encontrarnos. Yo no frecuentaba las amistades de Marisa, ni sus encopetadas recepciones de ricos y guapos. La \u00fanica excepci\u00f3n eran sus fiestas de cumplea\u00f1os, a las que hab\u00eda asistido desde el parvulario por expreso y ferviente deseo de la agasajada, y en las que jam\u00e1s hab\u00eda entablado una relaci\u00f3n que superara el filtro de unas pocas horas. No era mi mundo, ni me gustaba ni me sent\u00eda c\u00f3moda en \u00e9l. Por eso, cuando un mes despu\u00e9s vi a Alberto en la cafeter\u00eda del hospital, me hice la despistada.<\/p>\n<p>Me sent\u00e9 a una de las mesas de la esquina, de cara a la ventana, crey\u00e9ndome protegida por la bata azul y el peri\u00f3dico. Pero me hab\u00eda visto entrar y no estaba dispuesto a pasarlo por alto. Se acerc\u00f3 por la espalda, puso sobre mi hombro una mano que casi me mata del susto y se disculp\u00f3 a\u00f1adiendo algo sobre que ignoraba que fuese enfermera y luego, como para igualar nuestras posiciones, dijo que era corredor de bolsa y ocup\u00f3 una silla a mi lado. Se qued\u00f3 hasta que agot\u00e9 mi tiempo de descanso, cautivador y correcto hasta la intimidaci\u00f3n, y en lugar de darme la mano, o dos besos, a modo de despedida, me invit\u00f3 a cenar. Acept\u00e9.<\/p>\n<p>Pas\u00e9 el resto del d\u00eda lamentando haberlo hecho. Alberto y yo juntos, cenando en un restaurante a la luz de las velas, se me antoj\u00f3 irreal, una subversi\u00f3n del orden natural de las cosas. Pero ya no pod\u00eda hacer nada, se hab\u00eda comprometido a recogerme en casa y le hab\u00eda dado mi direcci\u00f3n sin atreverme a pedirle un n\u00famero de tel\u00e9fono en el que localizarle, por si acaso. Dos horas antes de la cita me preocupaba qu\u00e9 ponerme y la impresi\u00f3n que habr\u00eda de causarle el barrio donde vivo. Opt\u00e9 por los tacones porque supuse que eran lo que conven\u00eda a la ocasi\u00f3n, no a mis pies y mis costumbres, y me met\u00ed en un vestido negro de recatado escote, a juego con las medias y mis pensamientos, y me sent\u00e9 a esperar que sonara el timbre. Fue puntual, y galante, no pareci\u00f3 fijarse en los desconchones de la fachada.<\/p>\n<p>De camino al restaurante su hechizo fue aclar\u00e1ndome las ideas y cuando llegamos hab\u00edan alcanzado un color aceptable para pasar una buena velada. Todo fue conforme a las m\u00e1s estrictas normas de urbanidad, hasta que el camarero sirvi\u00f3 el segundo plato, lubina al horno.<\/p>\n<p>&#8211; Tiene un aspecto delicioso \u2013dije, y Alberto la mir\u00f3 y despu\u00e9s me mir\u00f3 a m\u00ed.<\/p>\n<p>&#8211; No tanto como t\u00fa \u2013contest\u00f3. Su voz era terciopelo, y se le encendieron los ojos.- Ahora mismo preferir\u00eda lamerte los pezones.<\/p>\n<p>Me qued\u00e9 petrificada. Habr\u00eda salido corriendo si no fuera por los tacones. Dios m\u00edo, seguro que era un loco, un loco pervertido, no ser\u00eda de extra\u00f1ar, con ese trabajo, corredor de bolsa, todo el d\u00eda arriba y abajo con un tel\u00e9fono pegado a la oreja y la mirada saltando entre monitores, compra aqu\u00ed, vende all\u00e1\u2026 \u00a1Por todos los demonios, hab\u00eda aceptado cenar con un completo desconocido! Entonces le di la vuelta al pan, las cimas y valles contra el mantel, para que quedara bien claro que no me inspiraba confianza, que ignoraba qui\u00e9n era, que me daba miedo. Tragu\u00e9 saliva y puse cara de idiota, seguro que puse cara de idiota, incapaz de hacer otra cosa que oscilar entre la estupefacci\u00f3n y el p\u00e1nico. Alberto segu\u00eda mir\u00e1ndome, una sonrisa c\u00e1ndida prendida en sus labios. Inclin\u00f3 la cabeza hacia un lado con suavidad, como si no hubiese pasado nada digno de menci\u00f3n.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfComemos? \u2013dijo, y volvi\u00f3 la vista hacia su plato.<\/p>\n<p>La lubina me sent\u00f3 fatal. En parte fue debido al vino, al que me agarre como un n\u00e1ufrago a una tabla de madera, lo que no me ayud\u00f3 en absoluto a enfrentar la sombra de nuestro yo inconfesable, que bailaba sobre la mesa dibujando en el mantel un sinf\u00edn de posibilidades, casi todas tenebrosas, si no s\u00f3rdidas. Incluso ahora, despu\u00e9s del tiempo pasado, sigo sin recordar qu\u00e9 hizo Alberto mientras tanto. No me atrev\u00eda a mirarle.<\/p>\n<p>&#8211; Vamos, no te pongas as\u00ed \u2013 se disculp\u00f3-. No pretend\u00eda asustarte, s\u00f3lo quer\u00eda jugar, nada m\u00e1s. \u00bfPedimos el postre?<\/p>\n<p>Entonces alc\u00e9 la vista. Nunca he visto un rostro tan inocente, ni siquiera en un ni\u00f1o. Quiz\u00e1s por eso, y por el vino y los tacones, acabamos la velada en su cama.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente segu\u00eda viva y dispuesta a seguir jugando. Las manos, la voz, la boca, los ojos, los gestos de Alberto eran suaves, y h\u00e1biles, mucho m\u00e1s h\u00e1biles de lo que estaba dispuesta a confesar, de modo que las citas se fueron sucediendo, unas detr\u00e1s de otras, de acuerdo con el orden natural de las cosas y de las expresiones repentinas y desvergonzadas de Alberto, a las que me resultaba harto dif\u00edcil acostumbrarme, teniendo en cuenta que a veces sub\u00edan tanto de tono que se quebraba el vidrio. Empec\u00e9 a invertir no s\u00f3lo el pan, sino los cubiertos, las servilletas\u2026 en una ocasi\u00f3n incluso la taza de caf\u00e9, que escupi\u00f3 sobre el platillo su poso amargo. Sin embargo, no me negu\u00e9 a salir con \u00e9l ni una sola vez. Algo hab\u00eda en Alberto que venc\u00eda mis resistencias: una mano retir\u00e1ndome el pelo de la cara, un beso en la mejilla saciado ya el deseo, las mantas ascendiendo hasta cubrirme bien la espalda\u2026 detalles peque\u00f1os que difuminaban la estela de desasosiego que desprend\u00edan nuestros encuentros. En m\u00e1s de una ocasi\u00f3n me pregunt\u00e9 si alcanzaba a discernir el significado de mi afici\u00f3n a alterar la posici\u00f3n correcta de los objetos. Entonces no sab\u00eda responderme. Hoy s\u00ed, hoy s\u00e9 que lo comprend\u00eda, y que le gustaba. Era, supongo, parte del juego. Un juego que se prolong\u00f3 por espacio de varios meses, hasta el d\u00eda en que me pidi\u00f3 que me vistiera como en nuestra primera cita y que esperara en casa, como entonces, a que fuera a recogerme. Fue puntual, y galante, no se fij\u00f3 en los desconchones de la fachada y en cuanto el coche se puso en marcha supe que \u00edbamos al restaurante donde volte\u00e9 el pan por vez primera, las crestas y valles del peque\u00f1o bollo contra el mantel, sancionando el vuelo de la desconfianza sobre la mesa. Me sonre\u00ed, y pens\u00e9 que Alberto era un rom\u00e1ntico, que con la repetici\u00f3n de aquella cita inaugural pretend\u00eda una suerte de ritual corrector que garantizara nuestro futuro juntos. Ser\u00e1 como empezar de nuevo, me dije.<\/p>\n<p>La velada se desarroll\u00f3 conforme a las m\u00e1s estrictas normas de la reiteraci\u00f3n, hasta que el camarero sirvi\u00f3 el segundo plato, lubina al horno.<\/p>\n<p>&#8211; Tiene un aspecto delicioso \u2013dije, y Alberto la mir\u00f3 y despu\u00e9s me mir\u00f3 a m\u00ed.<\/p>\n<p>&#8211; No tanto como t\u00fa \u2013contest\u00f3. Su voz era terciopelo, y se le encendieron los ojos.- Ahora mismo preferir\u00eda lamerte los pezones.<\/p>\n<p>No tragu\u00e9 saliva ni pens\u00e9 que fuera un loco pervertido, ni volte\u00e9 el pan sobre la mesa. Ninguna sombra inconfesable dibuj\u00f3 sobre el mantel tenebrosas posibilidades y no tuve que aferrarme el vino. Le mir\u00e9 fijamente a los ojos y lo que vi en ellos congel\u00f3 la sonrisa que iniciaban mis labios. Oscilaban entre el desagrado y la decepci\u00f3n, o eso me pareci\u00f3.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfOcurre algo? Pareces\u2026 no s\u00e9\u2026 se te ha cambiado la cara.<\/p>\n<p>&#8211; Perdona, \u2013minti\u00f3, ahora s\u00e9 que minti\u00f3- es que no me encuentro bien. Algo ha debido de sentarme mal, me duele el est\u00f3mago y estoy algo mareado.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfQuieres que nos vayamos?<\/p>\n<p>&#8211; No, tranquila, creo que podr\u00e9 soportarlo.- El terciopelo de su voz me produjo dentera, como si estuviera h\u00famedo.- Termina de cenar, por favor.<\/p>\n<p>Poco despu\u00e9s est\u00e1bamos sentados en el coche. Un silencio espeso se nos hab\u00eda adherido a la ropa y boicoteaba mis intentos de entablar conversaci\u00f3n. Alberto esboz\u00f3 un gesto de disgusto antes de introducir la llave en el contacto. No se encontraba bien, era evidente, de modo que propuse posponer el resto de la velada para otro d\u00eda con la secreta esperanza de que no aceptara, pero lo hizo. En lugar de dirigirse a su apartamento tom\u00f3 la direcci\u00f3n que llevaba a mi casa. Cuando llegamos baj\u00f3 del coche, me acompa\u00f1\u00f3 hasta el portal y a la luz sucia de la farola me bes\u00f3 en la frente. Un beso ligero y casto, como nunca me dio.<\/p>\n<p>&#8211; Lo siento, nena, -dijo- lo nuestro no puede ser.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mi madre no soportaba ver el pan boca abajo. 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