{"id":432,"date":"2010-05-11T01:18:22","date_gmt":"2010-05-10T23:18:22","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/?p=432"},"modified":"2010-05-11T01:18:22","modified_gmt":"2010-05-10T23:18:22","slug":"96-un-recado-para-samuel-por-samuelena","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/7certamen\/?p=432","title":{"rendered":"96- Un recado para Samuel. Por Samuelena"},"content":{"rendered":"<p>Las pocas veces en las que Samuel se ganaba una seria reprimenda se daban cuando bajaba hasta el pueblo y se encontraba con sus amigos. Perd\u00eda la noci\u00f3n del tiempo y pasaban horas antes de que recordara que ten\u00eda una casa a la que volver y unos padres, m\u00e1s que intranquilos, esper\u00e1ndole en ella.<!--more--><\/p>\n<p>Era su padre qui\u00e9n le explicaba hasta qu\u00e9 punto les angustiaban sus retrasos. Y luego el encargado de aplicarle los castigos pertinentes. Y lo hac\u00eda con m\u00e1s pena y resignaci\u00f3n que enfado porque, vivir como viv\u00edan tan lejos de la casa m\u00e1s cercana no permit\u00eda a Samuel relacionarse mucho con el resto de chiquillos. As\u00ed que, en el fondo, comprend\u00eda los deslices de su hijo y albergaba la esperanza, cada vez que lo castigaba, de que esa fuese la \u00faltima ocasi\u00f3n en la que hiciera falta aplicarle un correctivo.<\/p>\n<p>Pero las explicaciones y los escarmientos, como bien sab\u00eda el padre de Samuel, de poco o nada serv\u00edan si no era la experiencia propia la que revelaba las consecuencias de la dejadez. Y un d\u00eda, en el verano en que Samuel cumpli\u00f3 doce a\u00f1os, la vida se encarg\u00f3 de demostrarle\u00a0 que las lecciones de su padre no eran un capricho.<\/p>\n<p>Aquel d\u00eda a Samuel se le present\u00f3, inesperadamente, la oportunidad de bajar al pueblo en busca de leche. Aunque era su madre qui\u00e9n sol\u00eda hacerlo, aquella tarde soleada decidi\u00f3 regalarle a su hijo un rato de evasi\u00f3n, sabedora de lo mucho que le gustaban. El ni\u00f1o, encantado, cogi\u00f3 la vieja lechera, le dio un beso a su madre y se fue carretera abajo, tan contento con la imprevista escapada como ansioso por encontrarse con sus amigos.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 a casa de Manuel, el vecino que les vend\u00eda la leche, y all\u00ed dej\u00f3 la lata para que la llenasen,\u00a0 con la vana promesa de volver en media hora.<\/p>\n<p>Sin darse cuenta, y traicionado por la duraci\u00f3n de una tarde de verano, Samuel apur\u00f3 el tiempo que pod\u00eda estar jugando con los cr\u00edos del pueblo, como tantas otras veces hab\u00eda hecho. Y as\u00ed, cuando el \u00faltimo amigo en irse acudi\u00f3 a los gritos de su madre, que lo amenazaba con una cena fr\u00eda, se dio cuenta de que, aunque la luna llena lo disimulaba, ya era de noche.<\/p>\n<p>Lamentando que, una vez m\u00e1s, se le hubiese escapado el santo al cielo, entr\u00f3 corriendo en casa de Manuel, le pag\u00f3 y recogi\u00f3 la leche, todo ello sin cesar en su carrera.<\/p>\n<p>Afront\u00f3 la cuesta que sal\u00eda del pueblo con br\u00edo, moviendo con velocidad las delgadas piernas y con una leve brisa a favor que acababa de levantarse. En la cabeza comenzaban a resonar los dolidos reproches de su padre, y las tripas rug\u00edan en una queja anticipada por irse vac\u00edas a la cama. Llevaba un buen ritmo cuando, ya dejado el pueblo bien atr\u00e1s, como a medio camino de su casa, una visi\u00f3n inquietante hizo que se detuviese.<\/p>\n<p>Acababa de dar una curva y de entrar en el tramo recto, como de unos doscientos metros, que hab\u00eda antes de la siguiente. En aquella curva m\u00e1s distante vislumbr\u00f3 a un hombre viejo, de cabello cano, con una chaqueta marr\u00f3n claro, casi oculto en un frondoso matorral, haci\u00e9ndole se\u00f1ales con la mano. La agitaba invit\u00e1ndolo a acercarse. Instintivamente Samuel dio unos pasos r\u00e1pidos hacia la derecha y se escondi\u00f3 tras el canto de un muro, justo a la entrada de una finca que lindaba con la carretera. En ese momento el hombre dej\u00f3 de gesticular. Como quiera que pudiera ser un vecino le pregunt\u00f3 por su nombre en voz alta. Pero la pregunta no obtuvo respuesta alguna.<\/p>\n<p>La cabeza de Samuel empez\u00f3 a llenarse con turbadores pensamientos. Resonaron en su interior las muchas historias, escuchadas siempre de manera furtiva a alg\u00fan adulto despistado, sobre ni\u00f1os que, tras d\u00edas de inexplicable ausencia, acababan apareciendo muertos, abandonados en el monte o flotando en el recodo de alg\u00fan r\u00edo. Y otras, a\u00fan m\u00e1s angustiosas, en las que los desafortunados protagonistas, simplemente, desaparec\u00edan para siempre, sin dejar rastro de ning\u00fan tipo.<\/p>\n<p>Y luego se acord\u00f3 de sus padres, siempre aconsejando y siempre tan deso\u00eddos. Record\u00f3 las instrucciones a seguir en caso de ser abordado por un desconocido y la necesidad de que, cuando llegase la noche, hab\u00eda que estar lo m\u00e1s cerca posible de casa.<\/p>\n<p>En ning\u00fan momento perdi\u00f3 de vista al hombre, que permanec\u00eda quieto en la curva, no sabr\u00eda decir si impasible o con un porte desafiante. Sin haberlo pensado lo suficiente, impulsado por la necesidad de llegar pronto a casa y que la reprimenda fuese lo menor posible, Samuel sali\u00f3 de detr\u00e1s del muro y qued\u00f3 expuesto a la vista del extra\u00f1o. Empez\u00f3 a andar carretera arriba y, cuando llevaba media docena de pasos, el tipo reinici\u00f3 los aspavientos, moviendo el brazo en\u00e9rgicamente e incit\u00e1ndolo, una vez m\u00e1s, a acercarse. Con la vista clavada en \u00e9l, el peque\u00f1o volvi\u00f3 andando hacia atr\u00e1s a la supuesta seguridad de la tapia, las rodillas temblando, chocando la una con la otra. La brisa le sec\u00f3 el sudor que lo empapaba y, en ese momento, la sensaci\u00f3n de fr\u00edo le traspas\u00f3 la piel, lo invadi\u00f3 por dentro y mut\u00f3 en puro miedo. Comprendi\u00f3 que estaba acorralado. Y ver a aquel hombre, ahora m\u00e1s brioso a\u00fan en su llamada, aument\u00f3 su sensaci\u00f3n de desasosiego.<\/p>\n<p>Estaba claro que ten\u00eda que olvidarse de la carretera. Incluso aunque el hombre abandonase el matorral, como si se fuera. Eso podr\u00eda ser una maniobra para que Samuel se confiara, reemprendiera su camino y cayera en sus manos unos metros m\u00e1s all\u00e1, donde se hubiese escondido. No iba a caer en una trampa tan sencilla.<\/p>\n<p>Mir\u00f3 al monte que ten\u00eda a la izquierda, de acceso escarpado, lleno de artos y rebollas. Luego ote\u00f3 por encima del cierre de piedra, que de momento le proteg\u00eda. El muro delimitaba un prado en cuesta que se extend\u00eda unos doscientos metros antes de llegar a una arboleda. Se le antoj\u00f3 una v\u00eda de fuga: llegar hasta los \u00e1rboles y despistar entre ellos a su perseguidor.<\/p>\n<p>Devolvi\u00f3 la atenci\u00f3n al extra\u00f1o. No se hab\u00eda movido. Y hab\u00eda dejado de agitar la mano. Volvi\u00f3 a echar un vistazo al prado y a calcular mentalmente lo que tardar\u00eda en llegar a los primeros \u00e1rboles. Y lo que antes le hab\u00eda parecido una buena idea dej\u00f3 de serlo.<\/p>\n<p>Se acord\u00f3 del verano del a\u00f1o anterior cuando, jugando con otro cr\u00edo, en aquella misma finca, torci\u00f3 el tobillo. Aquel era un prado lleno de socavones. Tirarse a tumba abierta por aquella falsa explanada, sin m\u00e1s luz que la de la luna, y cargando con la maldita lechera, era demasiado arriesgado. Si el hombre se decidiera a perseguirlo le resultar\u00eda f\u00e1cil darle alcance.<\/p>\n<p>Pod\u00eda volver al pueblo. Era medio kil\u00f3metro escaso. Cuesta abajo, probablemente aquel desconocido no pudiera atajarlo. A lo mejor estaba pesado y torpe y lo estaba sobrevalorando. Observ\u00f3 la lechera. Mir\u00f3 nuevamente el lugar donde se encontraba el hombre. La dichosa lechera era una r\u00e9mora. Pero si le asustaba la reprimenda, ya inevitable y cada minuto que pasaba m\u00e1s dura, a\u00fan llegando con la leche, presentarse en casa sin ella y sin el dinero era\u2026 para no imagin\u00e1rselo si quiera.<\/p>\n<p>Tal vez si la dejaba escondida all\u00ed mismo, donde estaba, y echaba a correr hasta el pueblo, al hombre no le diera tiempo a alcanzarlo. Ir\u00eda directamente a la primera casa, precisamente la de Manuel. Luego volver\u00eda acompa\u00f1ado y de camino pod\u00eda recuperar la leche. Y, con un poco de suerte, delante de Manuel el rapapolvo ser\u00eda mucho menor, aunque ya ten\u00eda asumido que el castigo no se lo quitar\u00eda nadie.<\/p>\n<p>Estaba ya casi decido a hacerlo as\u00ed cuando se le paralizaron las piernas. Hac\u00eda rato que el individuo no daba se\u00f1ales de vida y ahora, a punto de tomar aquella decisi\u00f3n, aparentemente salvadora, volv\u00eda a reclamarlo como si, de alguna misteriosa manera, hubiese adivinado sus intenciones. Resopl\u00f3 intentando evacuar la impotencia y agradeci\u00f3 la brisa que le refrescaba los mofletes, ardiendo de nervios y desaz\u00f3n.<\/p>\n<p>Lo bloque\u00f3 el p\u00e1nico. Y m\u00e1s a\u00fan si trataba de imaginar lo cruel que deb\u00eda de ser aquel individuo, tortur\u00e1ndolo como lo estaba torturando, acechando, exponi\u00e9ndose pero sin dar la cara, sin decir ni una palabra.<\/p>\n<p>Con ese pensamiento estaba cuando algo inesperado irrumpi\u00f3 en la intimidad nocturna que compart\u00eda con aquel extra\u00f1o. Un ronroneo, dif\u00edcilmente audible al principio; luego un ruido cada vez m\u00e1s definido y familiar. Mir\u00f3 de reojo a la curva, doscientos pasos m\u00e1s arriba, para no perder de vista su amenaza y, vi\u00e9ndola all\u00ed, inm\u00f3vil, se permiti\u00f3 dirigir la mirada carretera abajo y afinar m\u00e1s el o\u00eddo. Empezaron a entrar por \u00e9l las llamadas de los mochuelos, el canto de los grillos, las hojas de los \u00e1rboles frotadas por la brisa,\u2026 todo lo que hab\u00eda dejado de existir desde que divisara al extra\u00f1o. Y entre la colecci\u00f3n de sonidos naturales que cab\u00eda esperar resaltaba, cada segundo m\u00e1s, el rugido mec\u00e1nico de un cami\u00f3n. Probablemente el cami\u00f3n del cemento, renqueante, retrasado, como casi siempre, por alguna inoportuna aver\u00eda, y con su chofer enojado con el veh\u00edculo y con su suerte. Gir\u00f3 la cabeza. El tipo segu\u00eda en su sitio, imperturbable. Devolvi\u00f3 la vista a d\u00f3nde debiera de aparecer el cami\u00f3n y all\u00ed se lo encontr\u00f3. Efectivamente, un cami\u00f3n, pesado y lento, con su ronronear tan caracter\u00edstico.<\/p>\n<p>Cavil\u00f3 muy r\u00e1pido. Aprovechar\u00eda la lentitud del veh\u00edculo en la curva para subirse a su caja: estaba acostumbrado, junto a sus amigos, a hacerlo de vez en cuando. El problema estaba en montar llevando la lechera.<\/p>\n<p>Los focos del cami\u00f3n, dos candiles agotados, se acercaban sin pausa a Samuel. Estando ya muy cerca se quit\u00f3 la camisa y envolvi\u00f3 la lata en ella tratando de inmovilizar la tapa de la misma.<\/p>\n<p>Volvi\u00f3 la vista hacia el extra\u00f1o y le pareci\u00f3 que se estaba moviendo. Pero ya no le import\u00f3. Cogi\u00f3 el hatillo que hab\u00eda improvisado con su camisa y esper\u00f3 a que el cami\u00f3n rebasara la curva. Un nuevo vistazo, muy fugaz, le permiti\u00f3 comprobar que el hombre segu\u00eda en el mismo sitio y que agitaba encolerizado la mano.<\/p>\n<p>El cami\u00f3n lo enfoc\u00f3 directamente con los faros, pero se volvi\u00f3 y dej\u00f3 pasar de largo los dos chorros de luz para no ser deslumbrado. Cuando tuvo al alcance la caja del cami\u00f3n arroj\u00f3 dentro la lechera, y, acto seguido, sus propios huesos.<\/p>\n<p>Una vez se hubo incorporado comprob\u00f3 que sus precauciones no hab\u00edan dado resultado: la tapa de la lechera se hab\u00eda desencajado y la leche empapaba una camisa arruinada por la abundante suciedad del piso. Pero Samuel ni se par\u00f3 a pensarlo. R\u00e1pidamente liber\u00f3 de su improvisado e inservible h\u00e1bito a la lata, la agarr\u00f3 con rabia y se dispuso a esperar la reacci\u00f3n del individuo cuando el cami\u00f3n pasara a su lado. Not\u00f3 c\u00f3mo el cami\u00f3n comenzaba a tomar la curva. Desde donde estaba no pod\u00eda ver lo que hab\u00eda al frente pero sab\u00eda que, de no haberse movido, el hombre ten\u00eda que estar a escasos metros, lo cual volvi\u00f3 a llenarlo de desasosiego. Cuando el cami\u00f3n llevaba trazada la mitad de la curva Samuel arm\u00f3 el brazo con la lechera dispuesto a atizar al hombre si intentaba subirse a la caja. Entrecerr\u00f3 los ojos, apret\u00f3 los dientes, y el cami\u00f3n acab\u00f3 de dar la curva.<\/p>\n<p>Por unos momentos entrevi\u00f3 la figura, el contorno humano ataviado con la chaqueta marr\u00f3n, con el mismo empe\u00f1o agitando la mano. Pero la visi\u00f3n dur\u00f3 poco, justo lo que tard\u00f3 el cami\u00f3n en enderezar la direcci\u00f3n. Y menos de lo que emple\u00f3\u00a0 Samuel en resoplar aliviado, aunque sonrojado por la verg\u00fcenza, cuando distingui\u00f3 con claridad el saco de papel, roto y enganchado en los espinos, te\u00f1ido de canas por la luz de luna y sacudido por los golpes de brisa.<\/p>\n<p>Y aunque a\u00f1os m\u00e1s tarde, ya hecho un hombre, rememorar la situaci\u00f3n le hiciese sonre\u00edr, aquella noche maldita gracia le hizo volver con la lechera vac\u00eda.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Las pocas veces en las que Samuel se ganaba una seria reprimenda se daban cuando bajaba hasta el pueblo y se encontraba con sus amigos. 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