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256- La sonrisa del perdedor. Por Diógenes-2

Hay recuerdos de los que no podemos escapar, por mucho que lo deseemos.  Aunque sean dolorosos, se agarran a nuestra alma y a nuestra memoria.   Esta es la historia de uno de esos recuerdos, de los que no quiero ni podré despegarme jamás.

                Todos.  Todos hablaban en aquellos días de lo mismo. Unos con alegría y otros bajando la cabeza; algunos entre susurros y a voz en grito los demás, pero el tema de conversación era el mismo allá donde ibas.  La guerra había terminado.  Había llegado el momento que muchos deseaban y otros temían.    Pero la noticia se había confirmado: ya no había guerra.  Y la habíamos perdido, de eso tampoco cabía duda.  Nadie sabía cuál era el camino que aun debíamos de  recorrer hasta recobrar nuestras vidas y, sobre todo, a aquellos que queríamos.

Poco a poco, la ciudad fue cambiando.  Gente que hacía tiempo a la que no veíamos, apareció de repente, volvieron con la misma rapidez y premura con la que otros comenzaron a desaparecer.  Los soldados que ocuparon casas, colegios, nuestras calles y parques,  y que habían hecho de nuestro hogar su cuartel, emprendieron la retirada, recogieron sus pertrechos, y sin apenas ruido, abandonaron la ciudad.

En aquellos días, aun vivíamos todos juntos.  De hecho, aun vivíamos todos.  Mi madre y mis dos hermanas, junto con mis dos abuelas, compartíamos la casa de la plaza.   Durante los años de guerra, primos, tíos y otros familiares más lejanos vinieron a vivir con nosotros, buscando la seguridad que en sus ciudades y casas les había sido arrebatada.  Incluso hubo épocas en las que por los pasillos de la casa me crucé con niños y personas de las que no sabía ni siquiera el nombre. 

Cuando las noticias que anunciaban el fin de la guerra se confirmaron, todos, familiares y desconocidos, comenzaron a volver a sus casas,  temerosos de lo que allí encontrarían, de lo que la guerra les habría legado.    Nuestra casa se vació, los caminos se llenaron de personas que, caminando algunas y en los más variados e improvisados vehículos otras, emprendieron el retorno, buscando una esperanza, una nueva oportunidad.

En uno de esos caminos, en alguno de esos transportes, nuestra madre nos dijo que él volvía a casa.  Nuestro padre.  No sabía cuánto tardaría, ni qué día se abriría la puerta, pero las noticias eran claras: había sobrevivido y volvía con nosotros.

Nuestros recuerdos de él eran pocos, lejanos y difuminados.  Tres años nos separaban de su último abrazo y del beso con que se despidió de nosotros.  Nuestra madre, cada poco tiempo, nos refrescaba la memoria y el corazón sacando de una vieja caja metálica montones de fotos, con las que reconstruíamos por unos minutos un mundo que el humo, el miedo y la violencia se empecinaban en arrebatarnos.  Imágenes llenas de la nostalgia del blanco y negro en unos cartones viejos, troquelados, que nos mostraban recuerdos de fiestas, navidades, cumpleaños, y que cumplieron con éxito su tarea de sitiar y vencer al olvido.

Mi padre era una persona profundamente enamorada de su familia.  Todo el tiempo que pasaba con nosotros siempre le parecía poco.  Continuamente, buscaba lugares a los que ir de excursión, actividades que realizar, o nos contaba algunas de las historias que iba leyendo en sus inseparables libros.  No era una persona particularmente afectuosa, ni siquiera alegre, pero sus gestos, su dedicación a lograr la felicidad de los suyos, eran la mejor prueba del afecto incondicional que nos profesaba.

De entre las historias que nos relataba, había una que era mi favorita: la leyenda de Prometeo, el hombre que robó el fuego del cielo a los dioses, para entregárselo a los hombres.  Zeus lo castigó encadenándolo a una roca, y cada día enviaba a un águila para que devorara su hígado que, al ser Prometeo inmortal, volvía a crecer, para que al día siguiente se repitiera idéntico castigo.  Todo por desafiar a los dioses, por demostrarles que los sueños de un hombre también merecían cobrar vida.

No me cansaba de oír aquella leyenda de su boca; él, que normalmente era una persona serena, se transformaba cuando nos hablaba del arrojo y el valor, de la generosidad del sacrificio de Prometeo.  La pasión, la emoción brillaban en sus ojos y en su voz, con tanta intensidad, que lograba que mis hermanas y yo termináramos con un nudo en la garganta cuando llegaba al final de la historia. 

– Tuvo que dolerle mucho a Prometeo, ¿verdad, padre? -le pregunté-.

– Si, sí que le dolió, desde luego.  El castigo de Zeus fue horrible.  Pero él lo aceptó.  Fue el precio que tuvo que pagar por desafiarlo.

– ¿Y lloró mucho? -dijo mi hermana Gloria, con voz lastimera.

– ¿Llorar? -respondía mi padre-. No, nunca lloró, jamás.  Al contrario, sonreía, a pesar de todo, sonreía.

– ¿Y cómo lo hacía, si le dolía tanto? -insistía yo, impresionado.

Entonces, nos miraba, y nos regalaba una de sus sonrisas, escasas, pero valiosas, llenas de luz.

– Era fácil, os diré el secreto.  Pensaba en aquellos a quienes quería, por quienes había realizado su sacrificio.  El dolor no era entonces tan intenso, y sonreía.  Y cuando sonreía, el dolor aflojaba aun más.  Y así, día tras día, vencía su miedo y su dolor, hasta que el águila, un día no volvió para devorar su hígado. Y Prometeo fue liberado.

– ¿Y el fuego? -preguntó mi hermana Teresa.

– ¿El fuego?  ¿No lo sabes? -respondí yo a su duda, mirando a mi padre, que me sonrió, mientras asentía con la cabeza-.   El fuego, desde entonces, fue nuestro.

El día que tras ser reclutado, tuvo que marchar al frente, se despidió en la puerta de casa.  No fue una despedida triste, de eso se encargó él.  Nos animó con palabras llenas de vigor, enumerando todas las cosas que íbamos a hacer juntos cuando volviera.  Sólo serían unas semanas, quizás unos meses a lo sumo.   Ahora, con la mirada de un adulto, recuerdo la cara de mi madre, sus ojos glaucos, acuosos, y cómo siguió el juego a mi padre para que no viéramos su partida como una despedida, sino simplemente como un hasta pronto.  Su último abrazo fue para mi madre, y las últimas palabras que escuchó antes de su partida fueron las suyas: “Te quiero, Gabriel”.

Eran días en los que se prometía lo imposible, en los que se vivía en el vacío de un futuro que no sabíamos si iba a llegar.  Aquella  promesa de niños, fue hecha con la sencillez de las palabras que sólo pueden vivir en el territorio de la infancia; tuvo la belleza de las cosas efímeras ningún adulto la  hubiera creído.   Pero resultó cierta, y ahora, tras el fin de la guerra, tras ser derrotado, nuestro padre volvía a casa, con nosotros, para siempre.

Una mañana, nuestra madre preparó su mejor vestido, pintó sus labios, nos peinó, y mandó a mis hermanas al jardín a coger unas flores con las que preparar un ramo de bienvenida; arregló la casa para que cuando nuestro padre traspasara su umbral, se convirtiera de nuevo en un hogar.

A media mañana, el ruido de un camión aproximándose nos puso alerta.  Se detuvo en el centro de la plaza, y poco a poco, fueron descendiendo de él varios soldados ataviados aun con su uniforme, cargados con su mochila, y con el cansancio dibujado en su rostro.  Fuimos reconociendo a varios de ellos, con dificultad.  No sólo habían pasado varios años desde que los que eran nuestros vecinos habían abandonado sus casas, sino que además la guerra les había arrebatado momentos, sensaciones, que nunca volverían.  El ansia de intentar recuperarlos asomaba en sus semblantes,  mientras encaminaban el paso hacia sus hogares.

Uno de los soldados, tras despedirse de sus compañeros,  se dirigió hacia nuestra casa.  Nuestra madre nos dijo que esperáramos dentro, mientras salía a su encuentro.   Entonces no entendimos por qué teníamos que esperar, pero así lo hicimos.  Era su momento, y lo necesitaban a solas.

Por la ventana, a través de los visillos y empujándonos los unos a los otros, vimos como aquel soldado se detenía ante nuestra madre.  Ambos se miraron un instante que duró un mundo, antes de abrazarse, en silencio.  Cuando dejaron de hacerlo, y mientras ella acariciaba su rostro, señaló con la mano hacia la casa, donde estábamos esperando.  No hizo falta nada más para que saliéramos a la carrera a abrazar a nuestro padre.

Dejé primero a mis hermanas que lo hicieran, mientras lloraban de alegría.  Cuando me acerqué a él, busqué en el rostro del soldado que me contemplaba a mi padre, pero no lo encontré.  ¿Era él?

La barba de varias semanas, el polvo de mil caminos, las sombras en los ojos que habían visto tantas atrocidades, dejó paso a una sonrisa que conocía bien, que me había acompañado siempre, cada vez que cerraba mis ojos y recordaba las leyendas de Prometeo.

No tuve ninguna razón para no dejar libres, por fin, a mis lágrimas. Y abrazarlo.

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En los días siguientes, nuestro padre descansó y durmió; vimos como buscaba con la mirada rincones conocidos que le devolvieran la vida que había disfrutado y que le habían robado durante esos años.  Poco a poco, la fue recuperando, todos la fuimos recuperando.

Los años siguientes fueron duros, difíciles.  Hubo que reconstruir un país vencido.  Mi padre volvió enfermo, las heridas que había recibido en el frente y que no fueron curadas adecuadamente, se unieron a las que no se podían ver, y que quizás nunca cicatrizarían.

Casi al año de su vuelta, nuestro padre volvió a dejarnos, pero sin que esta vez pudiera prometernos regresar.  Recuerdo que los días antes de su muerte, fueron aquellos en los que más sonrió, en los que más feliz lo vi.  Su sonrisa, como la de Prometeo, vencía el dolor.  La sonrisa de un hombre que fue vencido, pero que nunca fue derrotado.

Cuando crecí, deje mi casa, fui a estudiar fuera, y decidí que nunca volvería.  Mis hermanas y mi madre se reunieron al poco tiempo conmigo en otra ciudad, y decidimos dejar atrás aquellos tiempos extraños y duros, pero sin renunciar nunca a nuestros recuerdos, por dolorosos que fueran.  Nos unían, nos hacía fuertes.  Para bien o para mal, eran nuestro legado.

Desde entonces, han pasado muchos años.  Mi generación también tuvo su propia guerra, sus propias cicatrices, sus propias pesadillas.  También perdimos nuestra contienda.  Algunos tuvieron suerte; otros sobrevivimos, conocimos historias que nadie debería haber escuchado jamás,  por las que hubiéramos entregado nuestra propia vida para que hubieran sido inventadas.

Fue entonces cuando decidí volver a casa, cuando necesité recorrer de nuevo el sendero de aquellos días.

Visité la tumba de mi padre.  Una lápida en la que apenas se leía su nombre y unas fechas casi borradas por la lluvia.  La hierba cubría lugares de la piedra, luchando por tener su lugar en el tiempo.

Me encaminé a buscas a uno de los marmolistas que habían puesto su negocio a la entrada del camposanto, y encargué una nueva lápida para mi padre.

– ¿Qué texto desea usted poner? -me preguntó el artesano.

 Recité el nombre y las fechas de nacimiento y muerte.

– ¿Algo más?

No necesité pensarlo mucho.

– Si, déjeme algo para escribir, por favor.

Me alargó papel y lápiz, y cuando terminé, se lo devolví.

– En una semana, estará terminada y colocada -me aseguró-.

Volví al cementerio tras el plazo convenido, y busqué la lápida, nueva, brillante.  Leí el texto y comprobé que era correcto. 

Hay recuerdos que no puedo ni quiero olvidar, aunque me duelan.  Los necesito para saber que estoy vivo, para sentir que la luz del sol, cuando me acaricia el rostro, es por alguna razón.  Antes de irme, volví a leer, y cerrando los ojos, busqué en mi memoria una sonrisa, mientras acariciaba con mis dedos las letras grabadas en la piedra.

“A mi padre, que robó el fuego del cielo por mí”.