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254- El Fantasma del Bar. Por Rafael Sinenomane

En la madrugada, en la soledad de su habitación, todavía tenía en la mente la mirada confusa de la chica, con quien hacía poco había charlado en un bar del centro histórico. Movió la cabeza como negando lo sucedido musitando, no podía creer, lo que empezó bien, tan chévere, acabase en un desastre. Con cierta ansiedad prendió un cigarrillo. Aspiró una bocanada de humo recordando que ella retrocedió mirándole fijamente a los ojos y, con evidente turbación, le entregó la copa de cava que él recién acababa de invitarle. Él desconcertado quiso explicarle su situación. Sin embargo, ella sin esperar a que hablase, le dio la espalda y se alejó rápidamente abriéndose paso entre la gente. Él, en vez de ir por ella, sólo atinó a ver como se perdía teniendo la impresión de que las personas, de su alrededor, le observaban con caras de reprobar la escena. Agachó la vista mirando las copas sin saber qué hacer. Al final, contrariado gesticuló dejando las copas en la primera baranda cercana. Ya no le importó para qué vino, quería salir lo más rápido de allí y olvidar el mal rato. Entonces, presuroso se dirigió a la salida como si estuviese huyendo. Expulsó el humo pensando, “¡qué cagada!, sólo me faltó culo para correr”. En ese instante, le dio rabia al pensar que, en vano durante doce largos meses, se abstuvo de ir a un bar, a una discoteca o a cualquier lugar público. También porque, hasta esa noche, consciente había renunciado a no hacer vida social como lo hace cualquier mortal. “Qué tonto fui al dedicarme sólo a vivir obsesionado por evitar, a toda costa, lo que acabo de vivir”, pensó volviendo a inhalar otra bocanada de humo. Luego se preguntó, por qué no fue discreto a la hora de dar sus respuestas, por qué tuvo que ser sincero. Tanto tiempo guardando, con celo, su secreto, para que, al final, una chica con algunas cuantas preguntas sacase a luz su condición de quebranta ley. Echó el humo, después, hizo una mueca musitando, “el alcohol, el ambiente alegre y el estar desinhibido, hicieron que estuviese elocuente y me diese la lora, carajo”. Hasta esa noche, estaba convencido de que con las medidas tomadas, es decir, abstenerse de todo contacto social, nadie sabría su destino era burlar la ley. Nada valió sus precauciones: ahora alguien, la chica, lo sabía. Si ella era indiscreta, no sería nada raro que muy pronto la autoridad tocase su puerta. Sintió angustia al cruzársele por la mente tal posibilidad. Algo de ceniza cayó al suelo. Se daba cuenta del riesgo que le suponía haber respondido sus preguntas. Se reprochó diciéndose, en qué mala hora se le ocurrió celebrar su primer año en la capital. Sobre todo, el haber elegido ese local. En el acto, recordó, el día antes había decidido dejar, por veinticuatro horas, de vivir a salto de mata, pues quería hacer un simple brindis por su llegada a la gran urbe. También, porque, tras un largo año de estar esquivando lugares públicos, quería estar con gente a su alrededor. Pero como estaba consciente de que era arriesgado hacerlo en algún bar cercano a su vivienda, creyó conveniente celebrarlo en uno del centro, escogido al azar. De preferencia uno concurrido por turistas nacionales y extranjeros. En medio de éstos, estaba seguro de que pasaría fácilmente inadvertido como un turista más. Sin embargo, aun cuando el inicio estuvo interesante y parecía, al fin, iba a tener su primera aventura, todo salió mal. Volvió a hacer un gesto negativo con la cabeza mientras se decía, “jamás debí, por ningún motivo, salirme de mi rutina: de mi caleta a la chamba, de la chamba a mi caleta”. Total, ¿a quién le importaba que viviese en esta en esta selva de asfalto y montañas de hormigón?, ¿quién se alegraba de que, todo aquel año, lograse pasar desapercibido? Si no hubiese ido, no la hubiese conocido. Por tanto, no se sentiría un ser miserable, un paria. Ni mucho menos, tendría la paranoia de que su libertad estaba en peligro. Una mosca se posó en la ventana. Al verla, la espantó con un movimiento brusco de la mano. Luego respiró hondo tratando de calmarse y, a la vez, apartar aquellos pensamientos negativos. Recién ahí, advirtió que el aire estaba viciado. Abrió la ventana. De inmediato sintió la brisa fresca en su rostro aún sudoroso. Tiró la colilla afuera sin importarle si a alguien le pudiese caer en la cabeza. Después, abrió los brazos de par en par, respiró profundamente. Luego sacó la cabeza. Sentir el rocío en la cara le hizo bien.

Un rato más tarde, se calmó. Además, se le esfumó la idea de que corría el riesgo de perder su libertad, mas no lo sucedido en el bar: la conversación que desencadenaría su salida presurosa. Cerró la ventana tratando de no pensar en ésta, pero no lo logró. Y así, con aire reflexivo reconstruyó cada detalle desde que la vio hasta la charla que tuvieron:

Estaba en la barra acabando su primer cóctel cuando la vio llevarse a los labios la copa de vino. Le agradó sus facciones. Durante un rato, la estuvo observando discretamente. Todo parecía indicar de que estaba sola y no esperaba a nadie. Justo, cuando pedía el tercer cóctel, sus ojos chocaron con los de ella. Él sonrió. Ella también lo hizo. Él, sin tener idea de lo que vendría más tarde, alzó la copa haciendo el gesto del brindis. A lo que ella, toda coqueta, también se unió. En ese instante, él, que ya traía de casa unas copas de más, pensó lleno de euforia, “¡al diablo con tantas precauciones, carajo!, hoy es tu noche, muchachón, hoy hace ruido tu colchón, hoy por fin dejarás en paz a manuela pajares de solano”. Tras beber un sorbo, se le acercó viéndola que se llevaba la copa a los labios.

– Hola, – le dijo con voz cordial y luego preguntó -, ¿te importa que te invite una copa?

– ¿Una copa?, preguntó sorprendida mirándole de pies a cabeza.

– Sí, sí, una de cava si quieres u otra cosa, si lo prefieres, se apresuró a contestar.

La joven sonriéndole le asintió diciendo:

– Sólo bebo cava en ocasiones especiales o cuando celebro algo importante. Entonces, ¿celebras tú algo?

Él, con aspaviento, hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y todo zalamero le dijo que festejaba su primer año en la capital. A lo que tenía que, ahora, añadir una nueva gran ocasión: el poder brindar con ella. La joven sonrió. Acto seguido, él hizo chocar suavemente su copa con la de ella. Bebieron casi al mismo tiempo, luego haciéndose el interesante le dijo:

– Me llamo Christian, con “c – hache” y no con “c”, ni con “k” y mis amigos me llaman Christian.

– Hola Christian con “c y hache”, yo soy María, y mis amigos no me llaman Magdalena, sino Mari, – le contestó con tono irónico, después, se llevó la copa a los labios, bebió.

Tras poner la copa en la mesa, le dijo que había notado que su acento no era de aquí. Sin embargo, no estaba del todo segura, si él venía de las Islas o del Sur, por lo que le preguntó de dónde era. Él tratando de no darle mucha importancia, le respondió que su procedencia no era importante, sino que estaba junto a una bella chica que acababa de conocer. La joven, coqueta, tiró sus cabellos hacia atrás con su mano libre diciendo con voz cordial:

– Estás de coña, chaval. Pero, algo me late de que tú eres del Sur, ¿no?

– Sí, lo soy, pero ya te dije: eso no es importante, – volvió a recalcar, luego señalando en dirección de la gente agregó -, toda esa gente proviene de diferentes lugares, sin embargo, se buscan y entablan conversación amena, como lo intentamos nosotros. Se juntan entre sí, sin importar la nacionalidad que tiene uno. Por esa razón, eso “¿de dónde eres?” deja de ser relevante aquí. Conclusión: si soy de Todaspartes, da igual.

La joven le miró fijamente sin comentar. Volvió a beber. Él tomó el resto. Después, a la camarera, que pasaba cerca, le pidió dos copas de cava. Estuvieron callados un rato hasta que la joven le preguntó:

– ¿Cómo es tu país?

– Mentiría si te digo que no es precioso, respondió para enseguida soltar una carcajada.

Luego con tono más serio, le dijo, como todo país, tenía sitios dignos de ser visitados, el poblador común se preciaba de ser hospitalario, en especial, con el turista extranjero.

– ¿Por qué te fuiste, si es precioso cómo me dices?

Él dudó unos instantes antes de contestar. No sabía si decir la verdad o inventarse una historia que fuese verosímil. Al final, optó por decirle la verdad.

– He dicho que mi país es precioso, pero no que fuese un país rico como el tuyo. Me fui porque allí tengo pocas posibilidades de llevar una vida con decoro como lo tengo aquí.

– Si te fuiste por eso, entonces estás currando, ¿no?, porque no creo que estudies.

– Sí, sí, tengo una chambita que…

– Pero, ¿tienes papeles?, le interrumpió.

No esperaba tal pregunta. Volvió a dudar una fracción de segundo. Suspiró.

– No, no tengo, le contestó al fin.

– ¡Jo, qué fuerte!, ¡eres migrante y de postre sin papeles!, exclamó mirándole totalmente confusa, luego se apresuró a beber el resto.

Él simplemente asintió serio. Justo en ese lapso, la camarera le dio a ella una copa que ella en el acto se lo entregó a él diciéndole:

– No puedo brindar, ni ligar con un tipo como tú que no existe pero que vive aquí, en mi ciudad.

Retrocedió mirándole fijamente a los ojos como si fuese un bicho raro, luego le dio la espalda y se alejó de prisa abriéndose paso entre la gente. Él quedó mudo, ofuscado sin saber qué hacer. Por primera vez, desde que había llegado en forma clandestina a la capital burlando controles migratorios, se sintió lo que él sabía que era: un fantasma en esta ciudad, el fantasma de este bar.